Esa es la previsión del crecimiento poblacional en España para los próximos años, atisbando ya que el boom de la población inmigrante va a ir a menos en los próximos años, por supuesto, a causa de la omnipresente crisis. Acto seguido, se activan todas las alarmas ¿Quién pagará las pensiones?, ¿Quién sostendrá este país cuando la población activa sea mucho menor que la pasiva? Vivimos esclavos de la obsesión por el crecimiento, también en lo que tiene que ver con la población y no sólo por las repercusiones económicas que pueda tener un decrecimiento, sino también por cierto mecanismo mental que asocia «menos gente» con «este país es un desastre».

Pero, ¿Por qué en vez de 45 o 49 no podemos ser 10?, ¿Porque pasaríamos unos años en los que la población activa sería inferior a la pasiva? Pues no creo que fuera el fin del mundo dedicar parte de los presupuestos generales, y no sólo de las cotizaciones a la Seguridad Social, para cubrir ese desfase. En la península ibérica tenemos zonas hiperpobladas y otras en las que apenas vive nadie. A mayor concentración humana, mayor insostenibilidad. Los entornos de Madrid y de Barcelona son pozos sin fondo en cuanto a consumo de energía, de infraestructuras sin fin, de ocupación salvaje del territorio, de residuos, de contaminación atmosférica, etc., etc.

¿Tiene sentido mantener esos gigantes tal y como están o, lo que es peor, sin dejar de crecer? Creo que va siendo hora de plantear políticas para una redistribución poblacional más equilibrada en toda la península (y en todos los rincones del mundo). El indicador de la huella ecológica tiene una gran potencialidad para dar pistas del número de personas que puede habitar una región de manera segura para sus habitantes y para el territorio en sí (asegurando la preservación de éste en las mejores condiciones posibles para las generaciones venideras).