Foto. Librería PasajesLa tengo encima de mi mesa. Tiene una portada sobria. Sobre un fondo de color azul oscuro casi negro se lee en grandes letras de color oro “Sagrada Biblia”. Más pequeño, en la parte de abajo, se lee “Versión Oficial de la Conferencia Episcopal Española”. Estas tres últimas palabras en negrita para que resalten bien. Por en medio, una ilustración del “Agnus Dei”, un detalle de la Teofanía del Apocalipsis del Beato Facundo (1047). Un cierto sabor a clasicismo en la portada. No podía ser menos lo que pretende ser una “versión oficial” de la Conferencia Episcopal de este país. Está editada por la Biblioteca de Autores Cristianos, editorial propiedad de la misma Conferencia Episcopal.

No es nuevo lo de tener una traducción oficial de la Biblia. Durante años hemos leído en nuestras iglesias la Palabra de Dios de los leccionarios publicados con la autorización de la Conferencia Episcopal. Es lo que se llamaba la traducción litúrgica. Sus expresiones, su estilo, ya nos resulta familiar. Parece que se ha querido renovar esa traducción –los años pasan hasta para las traducciones– pero con un añadido más: publicar la traducción como una Biblia en sí, al igual que hay otras en el mercado.

De esta manera se ha roto con una forma de hacer las cosas que no venía determinada por ningún canon ni ley eclesiástica pero que era como se habían hecho las cosas hasta ahora. Cuando allá a finales de los 60 y primeros de los 70, después del Vaticano II, los obispos españoles se vieron en la obligación de traducir todos los materiales litúrgicos (misales, sacramentarios, leccionarios, liturgia de las horas…) al castellano y adaptarlos de paso a las nuevas normas, decidieron poner su publicación en manos de las editoriales católicas que entonces había en España. Invitaron a todos a participar en lo que se llamó desde entonces los Coeditores Litúrgicos. Ese grupo se encargo de hacer ese servicio.

La Biblia es un best-seller

Era algo más que un servicio. Lo cierto es que era un negocio, un buen negocio. La venta de todos esos materiales litúrgicos estaba asegurada. Solo la venta de la liturgia de las horas, de la que los sacerdotes se veían obligados a comprar los cuatro tomos, significa una edición de un mínimo de 30.000 ejemplares. Podemos pensar en los misales que fueron comprados por parroquias, iglesias, capillas, etc. Solo parroquias había en aquel momento más de 25.000. Y lo mismo se puede decir de los leccionarios que para el fiel son apenas un libro de donde se leen las lecturas de la misa pero que en la realidad son ocho volúmenes de gran formato y que, como es normal, tienen la misma difusión que el misal.

Además, son libros de uso diario, es decir, se deben renovar periódicamente. La reimpresión está asegurada. Más todavía si periódicamente, como suele suceder, se les ocurre a los obispos o al Vaticano hacer una revisión de la liturgia. Así sucedió hace unos años cuando se decidió que todas las iglesias hispanas debían usar el mismo misal. Eso significó la impresión de una nueva versión y que todas las parroquias, iglesias, capillas, etc. se vieron obligadas a comprar un nuevo misal.

Un buen negocio. Ciertamente. Pero era un buen negocio para unas editoriales que no solían tener buenos negocios. Porque la venta de libros religiosos, de espiritualidad y de teología nunca ha sido lo que se dice un best-seller, salvo gloriosas excepciones que no han sido más que eso: puras excepciones.

Las editoriales católicas habían vivido antes del Concilio de la publicación de materiales muy sencillos para el pueblo. Uno de esos materiales habían sido los “misales”. Puesto que la misa era en latín, casi todos los que iban a misa llevaban un misal o bilingüe o en castellano, que les permitía seguir la misa. En todas las familias había uno o varios de esos misales. Pero con el Concilio eso se acabó. Las editoriales católicas malvivían y lo que hizo la Conferencia Episcopal fue ayudarlas, echarles una mano. Facilitar su existencia ya que, con sus publicaciones hacían un servicio a la Iglesia.

De compañeros de equipo a competencia mercantil

El ser Coeditores Litúrgicos fue un invento que permitió a muchas editoriales sobrevivir holgadamente y poder seguir publicando libros interesantes de teología y espiritualidad que promovían el aggiornamento lanzado por el Concilio Vaticano II. Eran tiempos en los que la Conferencia Episcopal veía a las editoriales católicas como compañeros de equipo y no como peligros potenciales. Fue uno de los milagros del Concilio.

Pero los tiempos han ido cambiando. Para empezar, la Conferencia Episcopal está muy preocupada por la economía. No sobran los recursos. Las iglesias ya no están tan llenas como antes. Y los cepillos reciben menos limosnas como consecuencia. La aportación del Estado es socialmente discutida y no hay una garantía total de que vaya a durar eternamente. Eso les está haciendo pensar que no pueden ser tan “generosos”.

Hay más razones. Quizá no sea la menor que desde la Conferencia Episcopal ha cambiado la manera de ver a las editoriales católicas. Ya no son compañeros al servicio del Evangelio. Ahora son gente a la que hay que controlar porque se mueven peligrosamente en la frontera de la heterodoxia. La Conferencia Episcopal, ya lo dije en un artículo hace tiempo, no gusta de la música polifónica. Les encanta el canto gregoriano, sin voces, todos con el mismo tono y la misma melodía –o soniquete, según se mire. Estamos en tiempos de “pensamiento único” y la Iglesia pretende imponer ese pensamiento único de arriba abajo. La disidencia está mal vista. El pensamiento crítico es considerado como traición. Y al que se atreve a decir algo de una forma o de otra se le termina expulsando de los circuitos oficiales. No hay sitio para él en las universidades eclesiásticas, ni en los seminarios, ni en las parroquias. A las editoriales católicas dependientes de congregaciones religiosas les han llovido las presiones desde la Conferencia Episcopal de muchas maneras.
Quizá sea esta la verdadera razón por la que han desaparecido los Coeditores Litúrgicos. Ahora las editoriales son más bien vistas como enemigos a los que hay que combatir. Está claro que en una situación de peligro no se va a regalar gasolina al potencial enemigo. Ni municiones. ¡Guerra es guerra! Es necesario defender el castillo con todas las fuerzas. En eso estamos.

Conclusión: que por primera vez tenemos una Biblia publicada con el marchamo de “versión oficial” (y en la portada para que se vea). A las editoriales no solo se les ha quitado aquello de los coeditores, además se entra en el mercado de la Biblia, que era también una fuente clave de ingresos para esas editoriales. La Conferencia Episcopal irrumpe en ese mercado con la ventaja de ser la versión “oficial”: eso es competencia desleal. No tiene otro nombre. Pero esto es lo que hay. Y para mucho tiempo. Solo nos queda ejercer nuestro derecho como consumidores y comprar la Biblia que nos dé la gana. No vaya a ser que olvidemos que con la Palabra de Dios no se juega ni se hace negocio.