El año pasado me acosté la noche del cinco de enero pidiéndole a los Reyes Magos que se terminara el hambre en el mundo y me desperté el día seis con la nevera vacía, sin tele, sin la cartera, sin el ipod y una nota en mis zapatos: «Querido amigo, la generosidad de tu petición nos ha hecho entender que estabas dispuesto a colaborar para conseguir este cometido, te damos las gracias por ello».

Hay que tener cuidado con lo que se pide -pensé entonces- y este año, por si acaso, no les he pedido nada. Al despertarme el día de Reyes lo primero que he comprobado es que la tele estaba en su sitio, pero de nuevo en mis zapatos otra nota:

«Querido Raúl todavía no hemos podido acabar con el hambre, como habrás comprobado viendo las noticias en tu nueva televisión, pero estamos en ello… Una pena que este año no contemos contigo».

Al leerlo me he sentido como un felpudo un día de lluvia y he decidido reaccionar -algo muy nuestro eso de reaccionar solo cuando nos tocan la fibra, el orgullo o las narices- y estoy pensando en una idea, un plan para echarles una mano.

El plan consiste en gastarle «una broma» a Europa. Hace unos años, en 2008, ya le gastamos una, mandando a Eurovisión a un humorista en representación de nuestro país. No quiero parecer frívolo en la comparación pero pongo este ejemplo porque en aquel momento, por primera vez, se permitió al gran público elegir algo y, tras una gran campaña de marketing en las redes sociales, el humorista llegó al festival y consiguió una 16ª posición que mejoraba los resultados de los cuatro cantantes anteriores que nos habían representado. El hecho en sí fue considerado una gamberrada por muchos, pero el caso es que otra mucha gente se molestó en votarle incluso pagando por los SMS.

En el mes de mayo de este año va a haber elecciones al Parlamento Europeo. Hace cinco años, tras leer la lista de los candidatos, me decanté por un partido pequeño, que también se presenta este año, cuyo nombre me parece una declaración de intenciones: «Por un mundo más justo», así se llaman y parten de la idea de que «el fin de la pobreza es una decisión política». Me gusta este punto de partida y me parecen idóneos para el plan. No son los únicos, Equo también vale, ya que esto consiste en aunar a un gran número de personas y convertirse en un lugar habitable por aquellos que entendemos que cuando se busca un bien común las ideologías son un estorbo.

Y el plan pasa por gastar 300 calorías el día de las elecciones, que es lo que se gasta de media en acudir a las urnas y, una vez allí, votar masivamente a un partido como este; también pasa por soñar un poco: ¿qué pasaría en el Parlamento Europeo si saliera elegido aquí un partido de estos? Es difícil predecir algo tan poco probable; sin embargo, sí puedo intuir lo que pasaría en España: los dos partidos mayoritarios se pillarían un cabreo monumental, tendrían nuevas sensaciones de las que solo han oído hablar de lejos, se sentirían abandonados, desahuciados, indignados con el sistema, tal vez crearían una PAH (plataforma de afectados por su propia hipocresía) y se empezaría a desinflar la burbuja inmovilista en la que viven. Los otros partidos no mayoritarios se cabrearían también, pero los cantos de sirena que oyen al sentirse cerca del poder les impedirían crear ningún espacio común donde trabajar por algo.
Y, por último, la pregunta que habría que hacerse es: ¿qué pasaría con la pobreza, serviría esto para algo?

A priori este acontecimiento sería considerado una broma, una anécdota, una advertencia a Europa en el trasero de nuestros políticos, pero también algo tan extraordinario: actuaría de acelerador de unos acontecimientos que se van a ir sucediendo de un modo irremediable.

Tarde o temprano se va a acabar con el hambre en el mundo, en estos momentos estamos viviendo varias revoluciones con grandes posibilidades, sobre todo porque están ahí delante pero pasando desapercibidas. Las nuevas tecnologías están abriendo una ruta de dimensiones comparables con la Revolución Industrial de los siglos XVIII y XIX, la información se mueve libremente y cada vez es más difícil controlarla por los medios de comunicación tradicionales y los grupos empresariales que llevan detrás. Hoy la tecnología de la información y comunicación (TIC) está llegando a los lugares más remotos del planeta mejorando la calidad de vida de sus habitantes; los avances en ciencia, sanidad, educación o alimentación se propagan por todo el mundo en horas. Es cierto que darle a millones de personas un ordenador con forma de teléfono, está provocando algunos despropósitos por su uso irracional, como se recogía acertadamente en un artículo anterior, llegándose a situaciones de falta de comunicación -o de chiste- como el que he leído por ahí: «en las cenas de familiares… ¿el iPhone qué va, a la derecha o a la izquierda del plato?

Bromas aparte, creo que esta situación se corregirá y acabaremos por convivir con todo esto sin abrumarnos por cada nuevo avance. Ahora estamos agilipollados al igual que cuando de pequeños el día de Reyes a nuestro vecino le traían un juego para el ordenador y le dejábamos de ver durante dos semanas, pero luego siempre volvía a la calle, era más divertido jugar al futbol en persona que en el ordenador.

Otra consecuencia de vivir en este amanecer de la información en tiempo real es el hedor que está generando visualizar tantos y tantos casos de corrupción que se destapan a diario, ya que cada vez son más difíciles de ocultar, pero de nuevo todo esto será reconducido.

No somos aún del todo conscientes del poder que tiene llevar un ordenador conectado al mundo en el bolsillo. Solo hemos aprovechado la parte social, pero esto es solo el principio y se está acercando el fin del principio, para dar paso a una nueva etapa más madura, en la que podremos, entre otras cosas, darle la vuelta y recuperar las riendas de la democracia.

No será difícil crear un modelo de democracia inversa donde usemos la tecnología para condicionar de un modo oficial pública y masivamente nuestro voto a aquel partido que recoja en su programa político aquellas cláusulas que los ciudadanos consideremos imprescindibles para liberar nuestro voto, y quien las ignore será ignorado. De este modo, los partidos estarán obligados a tenernos en cuenta y resucitaremos el Contrato Social (2.0) de Rousseau. Pero hasta que esto llegue solo se me ocurre gastar bromas, que es una de esas cosas a las que se suma todo el mundo. Una broma muy seria, consumir 300 cal. para evitar que 300 millones de niños se acuesten con hambre cada noche, incluida la de Reyes.