Autor. Leschiera Fernando.¿Tienen algo que ver Dios, la religión, la espiritualidad y la ciencia en las sociedades laicas del siglo XXI? Después de la omnipresencia y omnipotencia de la religión en las sociedades premodernas, luego los conflictos irreconciliables de la modernidad entre pensamiento científico y religioso, para acabar en la última década del siglo XX con una cierta relación no beligerante basada en parte en el mutuo respeto, pero también en la ignorancia mutua y un “cada cual con su manía”, en el siglo XXI empezamos a plantear las cosas de otra manera. No solo desde el respeto mutuo, ni siquiera solo una posible complementariedad más allá de excluyentes dogmatismos religiosos y científicos, sino desde la necesidad de escucharse para poder conocer la realidad –el cosmos y los seres humanos- tal como es.

Porque la religión no solo no es una alienación de hombres y mujeres oprimidos, superestructura que la clase dominante usa para tener sometida a la clase dominada (Marx), o la obra de humanos inferiores que no saben realizar su natural grandeza de “super-hombres”(Nietzsche) o una ilusión infantil-paranoia universal (Freud), como enseñaron los grandes maestros de la sospecha, sino que su realidad legítima tiene incluso una base científica; tanto en los seres humanos -en los vericuetos de su cerebro y sus neuronas, como enseña la última neurociencia- como en la realidad cósmica -tal como expresan altos exponentes de la física cuántica. Ciertamente, la religión ha sido manipulada por los poderosos y utilizada en la historia humana como instrumento de opresión; ha llegado incluso a convertirse en algo perverso, manifestación de un “Dios perverso” (M. Bellet) inventado. Pero, ¿es esa su esencia genuina, o se trata de una degradación de lo que realmente es? Esta es la verdadera cuestión. Porque otro tanto ha ocurrido con todas las realidades humanas más hermosas: desde la política, el derecho y las leyes a la creación artística, todo ha sido pervertido; lo que nos ha servido para crear y para amar ha servido también para odiar y destruir, destrozar y maltratar.

En los últimos tiempos se ha multiplicado la bibliografía a este respecto, sobre todo en inglés, pero también en español y otras lenguas. Dos libros me han llamado recientemente la atención y he leído con interés, por la talla de sus autores y la calidad científica, reflexiva y honesta de los textos. El primero es un maravilloso diálogo entre el reputado físico cuántico alemán Hans Peter Dürr (director del Instituto Max Planck de Física) y un filósofo-teólogo que también sabe de ciencia, el maestro Raimon Panikkar (que fue catedrático de la Universidad de California-Los Angeles); lleva un título expresivo: L’amore fonte originaria dell’universo. Un dialogo su scienza della natura e religione (El amor, fuente originaria del universo. Un diálogo sobre la ciencia de la naturaleza y la religión). H.P. Dürr llega a decir, en magnífica sintonía con el finado Panikkar: “Todo está ligado conjuntamente de un modo invisible. La realidad tiene una forma inmaterial… Esto significa que, en el fondo, es solo relación, conexión, amor”; Dios, la divinidad o el misterio no teísta está en la base de ese amor.

El segundo libro es obra de un biólogo experto en neurología, que también sabe de filosofía, teología y pedagogía (Ramón María Nogués, emérito de la Universidad Autónoma de Barcelona). El título es llamativo: Dioses, creencias y Neuronas. Una aproximación científica a la religión. Me quiero parar un poco más en este libro, más accesible al lector hispano.

Después de la aproximación a la religión que hicieron en el pasado la filosofía, la sociología, la psicología y la ciencia, le llegó el turno a la genética y la neurología. El autor manifiesta en el prefacio que “se trata de recursos de conocimiento más duros que la filosofía o las ciencias humanas”; pero sus conclusiones llaman la atención por ser “más positivas en lo que respecta a la religión que las viejas deducciones” de la filosofía y otros campos de estudio. E, incluso, como indica más delante, “la neurociencia ha evidenciado (…) un concepto de la mente que desautoriza su visión fundamentalmente racionalista”; y es que el pensamiento es “una ínfima parte de la actuación del cerebro”, frente a la pretensión de entenderlo todo, lo cierto es que “solo entendemos lo poco que captamos”, la realidad es más amplia. Bien es cierto que, ya desde el comienzo, el autor distingue sabiamente entre lo que la neurología puede decir del hecho religioso como actividad humana y lo que pudiera afirmar de Dios, aunque algunos autores han llegado a hablar también de él (D.H. Hamer, El gen de Dios).

Hoy conviene saber distinguir entre la religión y la fe –religiosa o no-, las espiritualidades y las religiones, las creencias, los dogmas y las Iglesias, los agnosticismos y los ateismos… aunque muchas veces esos elementos confluyan en una experiencia personal donde es dificil distinguirlos. Pero la neurociencia nos da, también, una importante aportación a la posibilidad de creer en Dios/el misterio (teísta o no teísta) en el seno de una cultura que confía en la ciencia: ser creyente-religioso “sin complejos”, de una manera “tranquila, libre y liberadora, e incluso un punto provocativa (…) como llamamiento a una objetividad” .

El libro que comentamos, bien escrito, es fruto de una maravillosa combinación de conocimientos científicos y una lúcida y honesta reflexión. Está organizado en 12 grandes capítulos: un cerebro para vivir, cerebro y trascendencia, trascendencia, religión e interpretación, neurorreligión, pluralismo religioso, sexo y religión…

Hoy, en este momento de cambios inéditos en la historia, sabemos que es más fácil hablar de religión, del hecho religioso, aunque no tanto de Dios. El autor concluye con una postura que vengo repitiendo desde hace tiempo y en la que coincido con mi maestro Raimon Panikkar: la afirmación del valor de las religiones hoy como siempre, sin restarle valor a las espiritualidades, que pueden ser religiosas o no. Mas allá de su discutible institucionalización y articulación histórica, creo que las religiones seguirán existiendo mientras haya seres humanos; son una riqueza específicamente suya. A pesar del dualismo del que adolecen muchas veces, son un medio privilegiado para ahondar en el misterio de la realidad y descubrir que formamos parte no dual de ella. Sin ellas, la cultura y el espíritu humano perderían algo muy valioso, fundamental.