Foto. Dennis Jarvis.Cuando era joven y tenía cuarenta y siete años menos que ahora, conocí a Joseph Ratzinger, un prometedor teólogo de la Universidad de Münster. Él tenía también -¡por supuesto!- cuarenta y siete años menos. Frisaba en los treinta y seis.

Mientras estudiaba en Munich, en Roma se estaba celebrando el concilio más importante de la Iglesia católica: el Vaticano Segundo.

Decir concilio Vaticano II es decir Juan XXIII, el inestimable papa que lo convocó y que, después de organizarlo y darle una sabia orientación, falleció ante el estupor y el dolor del mundo entero. Su muerte dio paso al papa Pablo VI, que presidió el concilio hasta su clausura en 1965, cambiando la intencionalidad de su antecesor en algunos aspectos importantes.

Entretanto, en Munich, el alumnado de diferentes facultades de la Universidad de esta ciudad, participaba en las conferencias que eminentes profesores de esta y de otras universidades daban por las tardes.

Joseph Ratzinger fue el orador de una de esas charlas a las que asistí. Al escuchar sus palabras, me sorprendieron sus ideas claras y precisas, su gran capacidad y agudeza para adaptarlas a la mentalidad de los jóvenes estudiantes y para renovarlas si fuera preciso. A todos nos pareció que era un gran intelectual, capaz de romper moldes y de revolucionar esquemas tradicionales.

Así que no nos asombraron sus rápidos nombramientos: asesor del cardenal Josef Frings de Colonia en el Concilio Vaticano; arzobispo de Munich y Frising en 1977 y luego cardenal. Nos parecieron cargos adecuados a su personalidad y a su visión de futuro. Herzlichen Glückwunsch Monseñore!

Le seguí el rastro algún tiempo, leyendo parte de sus obras. Descubrí conclusiones concretas de temas muy interesantes sobre “la revelación, que impulsa el acercamiento entre la iglesia y el mundo”, sobre la “fe, el mensaje liberador del Evangelio”, sobre el “cristianismo no como una religiosidad basada en la búsqueda de una recompensa, ni como un legalismo ético a cumplir para ganarse la salvación”, sobre la “unión carnal entre hombre y mujer, concebida como sacramento y manifestación del amor de Dios”, sobre la “Iglesia católica, llamada a superar las diferencias que la separan de otras”.

También disfruté leyendo algo que escribió sobre la “era neopagana” que vive el hombre occidental, marcada por la idolatría al dinero, al prestigio, al placer y al poder y desprovista de valores humanos.

Empecé a desilusionarme al descubrir una especie de frenazo cuando manifestó su gran escepticismo ante la posible eficacia de una reforma estructural de la Iglesia. Creo que esto sucedió cuando Juan Pablo II lo nombró Prefecto para la Congregación de la Doctrina de la Fe en 1981.

En 1982, monseñor Ratzinger abandonó Munich. Más tarde vinieron otros nombramientos; cardenal de Vellet-Segui en 1993, vicedecano del Colegio Cardenalicio en 1998 y decano del mismo en 2002, uniendo a su sede cardenalicia la de Ostia.

Poco a poco su pensamiento fue aferrándose a la lucha contra lo que algunos llamaron disidencias: rechazó la teología de la liberación, mantuvo y mantiene hasta el día de hoy una lucha encarnizada contra el aborto controlado, contra el sacerdocio femenino y contra la desaparición del celibato obligatorio. Incluso suspendió a varios conocidos teólogos, entre otros a Jon Sobrino, Hans Küng y Leonardo Boff.

En 2005, Joseph Ratzinger fue nombrado papa con el nombre de Benedicto XVI. Debería sentirme orgullosa al descubrir que el papa de Roma fue, hace 47 años, el orador que escuché en la Universidad de Munich y al que planteé un par de preguntas. Pero no es así.

Él era más joven y audaz y hablaba a gente más joven aún.

La responsabilidad crece y la madurez y las canas obligan a sopesar las palabras y las decisiones, aunque todo eso cause desilusión en los que esperaban algo distinto.

Teníamos la ilusión de alcanzar a ver una Iglesia pobre, sin grandes palacetes cargados de oro y pedrerías, sin un “Estado” Vaticano con sus edificios, su enorme plaza de Pedro (¿el pescador?), sin papas revestidos cual príncipes medievales.

Habíamos soñado que ese mundo de ostentación y de poderío desaparecería, transformándose en dinero con el que ayudar a los niños desvalidos, mujeres, parados y ancianos que hay en el mundo.

Imaginé que solo Joseph Ratzinger sería capaz de llevar a cabo esos cambios radicales en la imagen externa e interna de la Iglesia.

¿Fue una utopía pensar en la anulación del celibato? Creo que si el celibato obligatorio se hubiese transformado en una opción personal después del Vaticano II, como esperábamos, se habrían evitado dos problemas relativos al sacerdocio católico: primero, la deserción de decenas de miles de sacerdotes, religiosos y religiosas de todo el mundo; y segundo, no habría aparecido esa mancha vergonzosa de la pederastia que, de repente, y aunque ya existía desde tiempos lejanos, la prensa actual ha convertido en la vedette tanto en los me medios de comunicación de papel como en los digitales, de forma bochornosa. ¿Tendrá algo que ver la crisis económica? No lo sé.

Lo que es seguro es que han perdido validez los sacrificios, las penitencias con cilicios y flagelaciones para inhibir la libido. Es inútil. Hemos sido creados con ella en activo y con el deseo sexual como fuente de los impulsos de la conducta. Apagar esa fuente es abrir la puerta a comportamientos anormales, incluso delictivos.

Todo obliga a actuar. Es muy simple. Basta con una frase: el celibato no desaparecerá de la Iglesia católica pero no será obligatorio ni para los nuevos ni para los antiguos sacerdotes, monjes o monjas.

Comprendería que la actual curia romana considere muy difícil este cambio. ¿Habrá que esperar a que se renueve con gente más joven y audaz?

Con fe he acudido a Roma muchas veces, la última fue cuando recibí en Munich la missio canonica, firmada por Juan XXIII.

Creo que volveré cuando recupere la fe en la Iglesia católica. Es decir, cuando haya renunciado a sus riquezas y a todo lo que está de más.