Foto. Thierry Ehrmann	Perdone la provocación. Hace año y medio le expresé mis temores de que su Gobierno aspirara a una especie de “cuarto Reich”, que ahora sería un imperio “fi-nazi-ero” (La Vanguardia, 30.01.2012). Pedí perdón por ese chiste evocando al excanciller Schmidt y aclarando que no iba contra Alemania sino contra algunos alemanes. Aquel temor es hoy común. Comprendo que le duela y quisiera dialogar sobre algunas respuestas que se le han dado.

1.- Un periodista alemán responde que “los pecados cometidos hay que pagarlos”. Eso sería lo que pasa en el sur de Europa. Ese modo de argumentar es típico de la extrema derecha de mi país: acogerse a un principio evidente, sin mostrar su aplicación a la realidad discutida. ¿Qué pecado cometieron los niños de Grecia o Andalucía que se desmayan en el colegio por no haber comido? ¿O los jóvenes forzados a emigrar por no encontrar trabajo tras varios años de estudio? ¿Qué culpa tienen los trabajadores que cotizaron durante años y ahora pueden ver retrasadas y recortadas sus pensiones por un gobierno que juró no tocarlas nunca?…

Que cada cual pague su pecado. De acuerdo. Pero Alemania incumplió hace años el objetivo de déficit, impunemente, dando un mal ejemplo al resto de Europa (“si Alemania puede hacerlo, también nosotros”). Los banqueros de mi país estafaron a miles de clientes (de los que muchos no buscaban vivir por encima de sus posibilidades sino realizar el derecho de todo ser humano a una vivienda) y contribuyeron con su codicia a meternos en la crisis. Tampoco han pagado nada por ello (si acaso, han subvencionado las campañas de nuestros grandes partidos); incluso fueron rescatados con nuestro dinero para que puedan seguir estafándonos. Según los “papeles de Bárcenas” el partido que hoy nos gobierna se financió ilegalmente durante años y creo que nunca pagará por eso…

“Que cada cual pague su pecado” no significa que miles de inocentes débiles paguen el error de unos cuantos millonarios, porque la cuerda se rompe siempre por el lado más flojo. Así comienzan muchos a pensar que el pecado que pagan es simplemente el de no ser alemanes o de pertenecer a los “Pigs” (“cerdos”, acrónimo de Portugal, Italia, Grecia, Spain) como Uds nos llaman. Como los judíos pagaban el pecado de ser judíos. Pues bien: si ustedes se creen superiores, estamos dispuestos a reconocer esa superioridad; pero, por favor, sálganse de esta Europa que queda muy por debajo de su altura y no conviertan a otros países en “Lagers” de un nuevo nazismo económico.

2.- Otro argumento se lo oí a usted misma: “Hemos de estar dispuestos a ceder soberanía para construir la UE”. Prescindamos de que quien así arguye no haya cedido hasta ahora un ápice en sus pretensiones sobre las políticas europeas. Pero, aun así, creo que ese argumento comete el mismo error.

Créame: todos estamos dispuestos a ceder soberanía. Pero a Europa, no a Alemania sola. Y a una Europa democrática con gobierno elegido por nosotros; no a una Comisión no elegida. Muchos paisanos míos piensan que Europa es hoy un feto con graves malformaciones -quizá ya muerto antes de nacer- y desearían abortarlo y concebir otra Europa nueva. Esa malformación se produjo más o menos cuando los gobiernos (el alemán entre ellos) vieron que la presunta Constitución europea neoliberal iba a ser rechazada por los pueblos y decidieron votarla solo en los parlamentos, donde la injusta disciplina de partido hizo salir al “sí”. Allí murió la Europa soñada por Adenhauer y sus socios y nació la antieuropa soñada por bancos y multinacionales.

3.- Tercer argumento: “Alemania también hizo sus sacrificios y ahora nos toca hacerlos a nosotros”. Temo que Alemania como tal no hizo sacrificios sino que obligó a hacerlos a la mitad más débil de los alemanes. Ustedes ocultan el dato de que, desde que estalló la crisis, Alemania es el país en el que más han crecido las diferencias entre ricos y pobres. ¿Son esos mismos “sacrificios” los que quieren imponernos a nosotros?

Pídannos reducir el déficit, de acuerdo, pero no nos obliguen a recortar derechos sociales, porque en España sigue habiendo lujos obscenos, impávidos en medio de la crisis. (Aprovecho para felicitar al Bayern y al Borussia por las palizas infligidas al Barça y al Madrid: pues me parece inicuo que, tal como está hoy España, miles de ciudadanos crean poder permitirse viajar a München y Dortmund solo por un partido de fútbol).

Vengo de una tradición donde se reza que Dios “derriba del trono a los poderosos y ensalza a los humildes”. No quiero tener que ver con una Europa cuyo dios sostiene en sus tronos a los poderosos y pisotea a los más pobres.

Quisiera decir esto sin resentimiento aunque con mucho dolor por los espectáculos que estoy viendo y viviendo en mi entorno. No pretendo meterme con su admirable país al que tanto debo: sé que el nivel de humanidad que alcancemos depende más de nuestras libres decisiones que del pueblo al que pertenecemos.

Por eso, no quisiera excluir mi propio “mea culpa”. Sé bien que mi país tiene graves faltas que pagar y que estamos pagando, aunque de manera injusta. Una muy grave es el Gobierno, elegido por nosotros mismos. No votamos buscando al mejor sino queriendo castigar al gobierno anterior: y lo que más podía dolerles era el voto a sus enemigos más acérrimos. Eso lo estamos pagando. Se le dijo entonces al presidente Rajoy que no creyera tener un voto de confianza, que era solo un voto de castigo a los otros. Pero, como es lógico, no hizo caso. Y sigue poniéndose medallas mientras achaca todas sus injusticias a “la herencia recibida”. Si sus previsiones de decrecimiento se quedan tres veces por debajo de la realidad, es culpa de la herencia recibida. Y supongo que también dirá algún día que si su partido se financió ilegalmente y cobró sobresueldos, es culpa de la herencia recibida… Sé que nosotros somos así: debo reconocerlo y cargar con esta culpa, sin dejarme adormecer por los arrullos de un presidente que nos grita que “somos un gran país”.

Pero, reconocida mi culpa, quisiera que también ustedes reconocieran su egoísmo o, al menos, oyeran lo que se les dice, atendiendo a la ética de la convivencia y no a los malditos cálculos electorales. Porque solo entonces podremos comenzar a trabajar juntos. Solo entonces.