Me sorprende el desasosiego episcopal ante un Gobierno cuyo programa, como mucho, es socialdemócrata, sacudiendo vetustos espantajos (¡qué vienen los comunistas!). Pero lo que me alarma no son las palabras, sino su clamoroso silencio sobre el «cristianismo» de Vox.

El arzobispo cardenal de Valencia y vicepresidente de la Conferencia Episcopal dedicó al preacuerdo «entre socialistas y socialcomunistas» su carta semanal, preocupado por “la imposición de un pensamiento único”. «Nos encontramos ante una grave emergencia, la emergencia de España» que necesita una «sanación urgente», alertaba a sus fieles. El de Oviedo llegó a pedir a la Santina en Twitter “sálvanos y salva a España” el día en que Pedro Sánchez prometía el cargo como presidente del Ejecutivo. A modo de ejemplos.

A las elecciones de las que salió este Parlamento concurrió Vox, un partido que se presenta como adalid de los principios cristianos. Formalmente es laico pero, como titulaba la revista Vida Nueva, va “a la caza del voto católico” con argumentos tan cristianos como que “defiende, sin lugar a dudas, la tradición cristiana de Europa, porque creemos que hay civilizaciones buenas y civilizaciones malas.”

Los dirigentes eclesiásticos no han desmentido ni criticado esas pretensiones. “La inmensa mayoría de los obispos no suscribe los postulados de Vox”, declaró un obispo -no se cita su nombre- a Vida Nueva. Es posible, pero lo que hecho de menos -lo que me escandaliza- es el silencio ante un partido que se postula como cristiano; precisamente un partido xenófobo, machista, homófobo, aporofóbico, etc.

Que un partido se califique de cristiano parece cosa de otros tiempos, pero estas huestes están resucitando bastantes zombis que creíamos extinguidos. Confesionalidades caducas aparte, ¿de verdad puede admitirse como defensa de valores cristianos negar la violencia de género, odiar a los pobres, señalar centros de menores desprotegidos, condenar a quienes considera fuera de norma y sacar la patria a relucir como único argumento? Todo ello sustentado por mentiras, como los porcentajes de denuncias falsas de violencia machista, tan abultados como inventados, contradiciendo los datos de la propia Guardia Civil, manipulando, cuando no creando, noticias falsas (las violaciones son obra de los inmigrantes) y calumnias. En un tono bronco, vociferante, mamporrero, descalificando, amenazando y jamás escuchando al otro.

Silencio de los obispos, no de la iglesia.

No todo ha sido silencio. Muchas voces se han alzado en la Iglesia para denunciar y alertar contra la normalización de lo insoportable. Tras los penúltimos comicios, cuando el PSOE lanzaba el anzuelo hacia su derecha (con tan poco éxito que hubo que repetir elecciones), y ante la posibilidad de un pacto de Ciudadanos y PP con Vox (el “trifachito”, copyright Gerardo Tecé), se publicó el manifiesto ”Salvemos la hospitalidad, otra vez” firmado por más de 40 colectivos, muchos de ellos de cristianos y cristianas, como la Conferencia de Religiosos de España, el Colectivo de Profesores Cristianos por la Escuela Pública, Pueblos Unidos-Servicio Jesuita a Migrantes y las parroquias Nuestra Señora de Belén de Fuenlabrada o San Carlos Borromeo de Entrevías, entre otros. En él denuncian las políticas que promueve Vox racistas y xenófobas, como “las identificaciones con perfil étnico” o identificar “el comportamiento altruista” con la “promoción de la inmigración”, que pone “en situación de ilicitud a miles de personas que acompañan, hospedan en sus casas y apoyan a personas sin papeles”. “La hospitalidad – defiende- no se puede perseguir ni criminalizar”.

Javier Baeza, de San Carlos Borromeo, ante la llamada de los obispos a orar por España, respondió: «Yo sí que rezaré: para que se acaben los desahucios, no haya devoluciones en caliente, todos podamos acceder a una educación pública de calidad, se acabe la privatización médica, los refugiados sean acogidos, el odio no habite en los corazones… ¡claro que rezo!».

Otro cura, Joaquín Sánchez, miembro de la plataforma de la PAH y de la Cumbre Social de Murcia, oyendo cómo dirigentes de Vox alardean de ser un partido de inspiración cristiana, se animó a “aportar mi reflexión personal porque veo en las propuestas de este partido unos valores, unas actitudes y un espíritu que van en contra del Evangelio y de la doctrina social de la Iglesia. (…) En la política podemos ser Caín o Abel. ¿Dónde está tu hermano refugiado o inmigrante? ¿Dónde está tu hermano que sufre la injusticia social y la falta de libertad? ¿Dónde está tu hermana que sufre la violencia machista? ¿Dónde están tus hermanos que no tienen la misma orientación sexual? ¿Dónde están tus hermanos que piensan distinto a ti?”

¿Por qué esta discrepancia entre las bases y la cúpula? ¿Por qué despierta tanta inquietud la llegada al poder -al Gobierno, al menos- de un partido que, curiosamente, fue el único que en campaña electoral habló de los problemas de la gente: vivienda, sanidad, etc.? ¿Tendrá que ver con lo diferente que se ven las cosas desde arriba o desde abajo? eldiario.es citaba a un obispo -de nuevo sin nombre- (“de la línea moderada”, según el medio) que atribuía estas susceptibilidades a “que en pocos meses, el nuevo Gobierno podría abordar algunos de los privilegios de la Iglesia, desde las inmatriculaciones al pago del IBI, pasando por el futuro de la clase de Religión o la regulación de los conciertos educativos”.

¿Será que cuando se tiene algo que conservar -poder, influencia, privilegios,…- se vuelve uno conservador? Pero entonces la pregunta es: ¿Se trata del mensaje de Jesús o de blindar privilegios?