Dedicado a las valientes de Lastesis.

El patriarcado es un juez que nos juzga por nacer, y nuestro castigo es la violencia que no ves. El patriarcado es un juez que nos juzga por nacer, y nuestro castigo es la violencia que ya ves. Es feminicidio. Impunidad para mi asesino. Es la desaparición. Es la violación. Y la culpa no era mía, ni dónde estaba ni cómo vestía….

por Christina Moreira, presbítera católica romana.

¿Quién no se acuerda de José, el varón que siempre sabía lo que Dios quería, porque lo soñaba y hacía su parte del trabajo de la familia de Nazaret, consistente en salvarle la vida a María que habría podido perecer por un embarazo poco reglamentario y a su hijito amenazado, ya, por furias del poder político, procurando una huida a tiempo?

Yo sueño con varones como José, que vean dónde Dios esconde sus bazas, que huelan a tiempo las lagrimas y las criaturas en gestación, servidores de la ternura y del amor, capaces de incorporar de pleno lo que algunos llaman el «genio femenino». Me sorprendo a veces visualizando un grupo de discípulos de todos los sexos (sí, hay más de dos) y condiciones riéndose y dialogando con franca camaradería por los caminos de Galilea, el Galileo los mira de reojo y sonríe…

Largo es mi historial de exclusión, con el que se me paga mi adhesión incondicional y radical a esa sonrisa. Seguramente se deba a que la realizo como ellos, mis compañeros de discipulado, convocando a la mesa del Galileo, predicando la Buena Noticia a su pueblo, buscando sanar y consolar…

EnQuerida Amazonia’, Francisco echa tierra encima de mí, nuestro sueño, el sueño de muchas bautizadas de servir radicalmente y realizar ese maravilloso papel del presbítero que tan bien describe. Declara que nuestro lugar es otro. No ha soñado lo que nosotras. ¿En serio, alguien puede describir ese actuar como intermediario de Cristo de esa manera tan espléndida e imaginarse que las mujeres, que no lo amamos menos ni de distinta manera, no lo vamos a desear? ¿Alguien todavía se imagina que vamos a orar por las vocaciones y ponerle al Espíritu condiciones para que llame conforme al derecho canónico solo a varones célibes y heterosexuales? Yo soñaba con que esto fuera obvio… El velo patriarcal todavía cubre ciertas obviedades.

Desde que soy presbítera ordenada (14 de marzo de 2015) he vivido episodios personales y comunitarios que incluyen insultos públicos y privados de conocidos y desconocidos. Me han prohibido hablar en una parroquia católica donde suelen expresarse con libertad las más controvertidas posturas mediante un comunicado enviado a agencia que esparció la noticia a los cuatro vientos. Mi obispo local se apresuró a mandar otro comunicado a medios en cuando salió mi historia en la prensa igualmente local. Un conocido jesuita de mi ciudad escribió una misiva dictaminando que mi discernimiento no había sido correcto, sin cruzar ni media palabra conmigo, y la compartió a los cuatro vientos (omitiendo remitirme a mí, la interesada, una copia). En los foros sobre mujeres y ordenación, o temas afines, no solo no se me invita a hablar, de un tema que conozco a fondo, sino que se llega a presionarme para que me calle si asisto… y no solo varones.

Es justicia reseñar también los fuertes y poderosos apoyos que recibo, también de muchos lugares, hasta los más insospechados. Hasta el punto de que se me pide repetidamente que me identifique por la calle con alzacuellos, desde otros países. Esto es España, ¿cómo se lo explico?

Realmente, lo que hago debe ser muy grave cuando concita tanta pasión de una parte y de otra. La imagen de una mujer con vestiduras (litúrgicas o de calle) llamadas sacerdotales en mi tradición católica romana provoca revulsión, el concepto impacta. Impacta contra el cristal del techo, las ventanas del club de caballeros que es la institución romana, como mosca que no encuentra salida. El patriarcado, con su funcionamiento vertical fluyendo en relaciones de imposición-sumisión sucesivas hasta el piso, está inscrito en el ADN colectivo e individual de nuestra civilización ahora ampliamente extendida por el planeta, al que, de hecho, está queriendo matar. Habita también y duraderamente en la institución eclesial con su bien engrasada teología mariana perversa, su espiritualidad del “sacerdote héroe-superior-otro Cristo” sabiamente instilada en los seminarios para lograr que pase la píldora del “no amarás”… a mujeres, o cuando menos no te casarás con ellas.

La imagen de una mujer con vestiduras llamadas sacerdotales en mi tradición católica romana provoca revulsión, el concepto impacta.

Cuando estos días no ceso de escuchar que el tema de “la mujer” (apestosamente esencialista, las mujeres somos muchas y diversas) no interesa tanto como los sueños (hermosos y que también comparto) del papa, contesto invariablemente: ninguno de esos sueños de justicia y paz se hará realidad sin la otra ala de la humanidad, sin la carne de su carne, la mitad de la prole de Dios y dignificada en un “solo bautismo para el perdón de los pecados”.

Las mujeres violadas, asesinadas y consideradas como objetos aquí y doquier necesitan que alguien valiente sea capaz de dar un paso para corroborar su dignidad igual e indiscutible. Alejar a mis congéneres del altar, del servidor del altar y hasta alejar a la gente homosexual o no binaria del espacio donde se media la gracia es declarar abiertamente que no gozamos de igual dignidad, es declarar abierta la caza, la venta de carne hembra. Es complicidad con los feminicidios, y a gran escala dada la influencia de la Iglesia católica en el mundo… es suicidio. Matan a una, nos matan a todas y todos.

No queremos que nadie nos salve del clericalismo, ni de nada. Todo es nuestro en esta casa dos veces milenaria, todo se hizo en nuestro nombre y gracias a nosotras que, entre otras cosas, parimos a quien se bautiza y a quien bautizará, es decir, a la mano de obra.

Si María de Nazaret se presentara en el altar algún día y dijera “esto es mi cuerpo, esto es mi sangre”, ¿qué le dirías Francisco? ¿Volverías a repetir que me tengo que parecer a ella? Entonces sí te obedecería. Este es mi sueño… El que cumplo con mi vida. Por lo de ahora, obediencia, al Espíritu y a mi comunidad que me ha instituido como lo que soy para servir.