pag3_puntodevista-2.jpg“No podéis servir a Dios y al dinero” (Lc 16,13), “el que tiene bienes del mundo y ve a su hermano que tiene necesidad y le cierra sus entrañas, ¿cómo podrá estar el amor de Dios en él?” (1 Jn.3,17), “tuve hambre y me disteis de comer…(Mt 25,35…)” por citar unos pocos textos del Nuevo Testamento.

Estamos de acuerdo con ellos –¡en teoría!– y con los demás que condenan la riqueza, la avaricia, la acumulación, pero lo importante es actualizarlos y vivirlos en las situaciones que nos está tocando vivir. Voy a intentarlo con unas cuantas sugerencias relativas a nuestra presente situación social, económica, financiera, política… y cristiana.
La crisis que estamos atravesando y que, por mejor decir, nos atraviesa, ofrece, según el conocido principio de que no hay mal que por bien no venga, una buena ocasión para examinar individual y eclesialmente la calidad de nuestra reflexión y práctica cristianas. Ocasión de traducir a la actualidad principios evangélicos. Quizá no sea tan evidente a primera vista la relación entre Lehman Brothers, mercados, entidades financieras y bancarias, reforma laboral, etc. con esa doctrina y con la presencia evangelizadora de la Iglesia como institución, especialmente con esta última. Hay una tendencia real a considerar estas realidades como, de alguna forma, lejanas al mensaje de Jesús, autónomas y sujetas sólo a consideraciones técnicas, a las leyes del mercado, de la oferta y la demanda… Aunque de sobra sabemos que no es así.

El hecho de la crisis, sin embargo, como en realidad cualquier otro componente de la vida, es susceptible de ser vivido desde el enfoque cristiano y no sólo desde el periodístico, mediático, político, financiero, que es lo normal y frecuente. Tan normal y frecuente que llega a producir hastío y aburrimiento.

Hay muchos motivos para hacer esto. Uno de ellos es el caer en la cuenta de que la actual situación no es algo puramente técnico o abstracto. Detrás, delante, al lado y en el medio de la crisis hay sufrimiento humano. Crisis y recortes, recortes que llevan, mediante las inevitables mediaciones europeas y empresariales, a la actual reforma laboral -¡enésima en la democracia, pero la peor en opinión de quienes entienden de reformas laborales! Reforma que trae consigo dificultades y penalidades, cuya superación es una de las actualizaciones del Reino.

Por otro lado ya no resulta tan fácil, pero todavía sería posible, pensar que la tarea de la Iglesia y, sobre todo, de sus dirigentes, es de índole espiritual. Y hay ciertos miembros de la comunidad -y grupos enteros- que producen esa impresión. Es obvio que desde el Vaticano II y, concretamente, desde la Constitución Pastoral Gaudium et Spes, sabemos que ninguna actividad humana está fuera del campo cristiano, aunque ello no conlleve “orientar” las realidades temporales desde una óptica confesional católica, como a veces se ha hecho a propósito, por ejemplo, de consultas electorales. Quitados esos excesos, es indudable que toda la realidad de todo tipo puede y debe enfocarse cristianamente. Y no sólo enfocarse en teoría, sino actuar sobre ella, al modo de Jesús sanando a los enfermos y no sólo predicando. Naturalmente es toda la Iglesia la que tiene que actuar, no sólo los dirigentes.

Lo más complicado es compaginar lo que comúnmente se entiende –no siempre con acierto– como misión específica de la Iglesia, sobre todo la institucional, con el compromiso relativo a lo temporal. Pero de una forma semejante a como se ha visto perfectamente compatible lo asistencial o lo científico con tal misión, también puede verse con otros campos.

Viniendo a lo concreto, al “con que”, se me ofrecen estas conclusiones o aplicaciones de lo dicho, inspiradas en buena medida en un documento elaborado y publicado por la Asociación de Teólogos Juan XXIII, con la que tengo no pequeños vínculos.

Hay que estar de acuerdo con el documento de la JOC y la HOAC sobre la reforma laboral. De acuerdo por motivos cristianos y eclesiales. Y, por tanto, hay que distanciarse un tanto de la postura de la jerarquía eclesiástica que no lo ha apoyado tanto.

Hay que pedir a todos los miembros de la comunidad eclesial sensibilidad primero y ayuda después ante las personas afectadas por la crisis. Eso es algo obvio que puede considerarse, en términos tradicionales, un ejercicio de “caridad cristiana”. Pero se puede matizar y añadir algo. En primer lugar no se puede olvidar que esa “caridad” no es sólo ni principalmente un factor puramente individual. De la misma manera que hoy en día la limosna callejera no se considera la mejor respuesta al “¡hágame una caridad, señorito!”, sino que pensamos que Caritas es más efectiva, así las respuestas al paro o a los despidos no puede ser sólo la colecta a favor de las personas paradas durante las misas dominicales, lo que sin duda es loable, sino otras acciones que, a primera vista pueden parecer poco caritativas como, por ejemplo, la huelga o las críticas a las instituciones financieras, el apoyo a los impuestos a las grandes fortunas o a los beneficios desmesurados y otras parecidas.

Por otro lado, se puede reconocer que la jerarquía no ha dado especiales muestras de solidaridad con la situación, que era una buena oportunidad de denuncia profética y de desvelar a quienes tenían auténtica responsabilidad en ella. La situación no sólo es el paro sino las medidas de recortes que repercuten, entre otras cosas, en el deterioro de los sistemas de salud y educación. ¿O es que la crítica ante ellas sólo es cosa de estudiantes o del 15-M?

Otra oportunidad es la contribución por parte de la Iglesia institucional renunciando a algunos de sus privilegios y subvenciones en el campo económico. Por ejemplo, pagar el IBI, como algunas personas, aun católicas practicantes, han sugerido y se va a hacer en Italia, con una Iglesia que, en ningún modo, es menos poderosa que la española, sino más. No es que ello fuera a solucionar la crisis, pero sería un gesto en la línea evangélica y que haría más creíble a la propia institución, cosa muy necesaria en los tiempos que corren.

Hacer estas cosas (o alguna de ellas) es simplemente celebrar la Pascua de Jesús intentando anunciar su mensaje en nuestra realidad.