Foto. Toby Adamson/Intermón Oxfam Pierre.2010 y 2011 pasarán a la Historia como los años en que llegó el tío Paco con la rebaja. Especialmente para los servicios sociales y la cooperación al desarrollo. Desde las elecciones de 2004, el PSOE había prometido aumentar progresivamente el porcentaje de la Renta Nacional Bruta (RNB) destinado a cooperación al desarrollo. El objetivo era llegar al compromiso internacional del 0,7% en 2012, superando la expectativa europea de hacer lo propio tres años más tarde. 2015 era el año mítico en el cual también el mundo esperaba ver reducida a la mitad la pobreza extrema y el hambre, gracias al compromiso compartido por casi 200 líderes mundiales en los Objetivos de Desarrollo del Milenio. Pero la crisis económica y financiera internacional ha acabado con las buenas intenciones y, cuando vienen mal dadas, primero se quita a quienes no pueden defenderse.
En 2011, el Gobierno español ha recortado la ayuda al desarrollo en unos 918 millones de euros, casi el 20% del presupuesto de cooperación internacional. Esto quiere decir que la ayuda al desarrollo se quedará en el 0,4% de la renta nacional bruta o, incluso, por debajo. Esto supone una vuelta atrás de cuatro años de progresos.
Ni amplitud de miras, ni propuestas innovadoras, ni objetivos del milenio, ni compromiso contra la pobreza. Ya en mayo de 2010 el Gobierno aplicó lo que los internautas llamaron “tijeretazo”, unas medidas de ajuste que recortaban en 800 millones de euros la cooperación al desarrollo. El recorte gubernamental anunciado en mayo levantó la veda para que muchas comunidades autónomas y ayuntamientos se sintieran legitimados para recortar también de forma drástica. Y con la misma tijera se han planteado los Presupuestos Generales del Estado para 2011: España es el país que más ha retrocedido en la lucha contra la pobreza. Ni siquiera Irlanda, con una situación más precaria que la nuestra y obligada a tomar medidas drásticas ante la presión de “los mercados”, ha bajado su ayuda al desarrollo por debajo del 0,5% para este año.

Los políticos, en tiempos como éstos, se escudan en que su prioridad es preocuparse por “los pobres de aquí” o “primero los nuestros”. La realidad es que resulta inconcebible abandonar a los más débiles, los de aquí y los de fuera, cuando más necesitan de la protección social. En España se recortan las prestaciones sociales y se ha eliminado la última ayuda de 426 euros que recibían los desempleados cuando se les terminaba el subsidio. Si los políticos no se preocupan siquiera de sus votantes, menos se preocuparán de los compromisos en cooperación internacional.

La demagogia está servida, por lo tanto. La cooperación ni siquiera ha sido protagonista de bonitas frases, ni elemento de transacción en la tramitación parlamentaria de los presupuestos. El PSOE, que tenía que haber defendido la gestión positiva del gobierno en la legislatura anterior (qué lejos quedaban las declaraciones del propio Presidente y del ministro Moratinos sobre el 0,7% como objetivo “irreversible” del Gobierno), no se tomó ninguna molestia en mostrar coherencia política y se encastilló en un recorte, absolutamente desproporcionado e incoherente, de otros mil millones de euros. El PP promovió algunas enmiendas aún más drásticas, que suponían recortes aún mayores, aunque en los últimos discursos recriminara al Gobierno como si sus propias enmiendas nunca hubieran existido. Sólo Uxue Barkos, de Nafarroa Bai y Gaspar Llamazares por IU-ICV exigieron en el Congreso más presupuestos para cooperación. Clamaron en el desierto.

Lo más preocupante es que se tiren por la borda sin reflexión ni criterio los avances de la cooperación en la pasada década. Quienes se planteaban en los años 80 y 90 el reto del 0,7%, con las grandes acciones de sensibilización como huelgas de hambre o acampadas multitudinarias en nuestras ciudades ven cómo, después de unos pocos años de buenas noticias, volvemos a la casilla de salida. Los Presupuestos Generales del Estado para 2011 nos ponen de nuevo en el 0,4%, y nos dejan por debajo de las cifras de 2007. Además, vuelven a abrir el campo a la caída de la ayuda descentralizada, la de comunidades autónomas y ayuntamientos.

Y lo que es más grave, los presupuestos también ponen en riesgo la reciente reforma que ha hecho desaparecer los llamados créditos FAD (créditos a la exportación de las empresas españolas que se contabilizaban dentro de la ayuda al desarrollo), una reforma que constituye otro avance innegable de la primera década del siglo XXI.
Los créditos FAD han sido sustituidos por el Fondo para la Promoción del Desarrollo (FONPRODE) y limitados a un 5% del total de la ayuda. En realidad, debido a la falta de criterio con que se recorta la cooperación, esta limitación lleva camino de incumplirse apenas al momento de aparecer. Y si no se incumple, significará un recorte adicional de la ayuda. Los Presupuestos aprobados para 2011 incluyen 645 millones de euros en ayuda reembolsable, lo que representa más del 15% del total. Esto significa que más de 431 millones de euros no serán ejecutables si se quiere cumplir con las garantías del nuevo sistema de créditos al desarrollo.
Y esto podría producir situaciones lamentables. Después de cancelar la deuda externa de Haití con motivo del terremoto de enero de 2010, ahora podríamos dedicarnos a dar préstamos a este país sin salirnos de la ley, para generar nueva deuda que no iría necesariamente vinculada al desarrollo.
España no puede permitirse renunciar a una cooperación internacional de calidad, a la altura de un país europeo. Casi mil millones de personas todavía pasan hambre en el mundo. Y mientras nuestros políticos muestran su falta de visión, de criterio y de compromiso, la sociedad española ha vuelto a dar un ejemplo de solidaridad ante el terremoto de Haití, a pesar de la crisis y de las dificultades cotidianas para salir adelante que sufren muchas familias.
España y el mundo se merecen una cooperación sólida y de calidad, con prioridades por sectores, que se concentre en los países menos adelantados de nuestro planeta. Con estrategia, con profesionalidad, con criterios claros de erradicación de la pobreza y no de negocio para determinadas empresas. Reforzando las estructuras necesarias y tratando de acercarnos a un liderazgo internacional, en lugar de escondernos bajo las socorridas alas de la Unión Europea haciendo caso omiso de los problemas más graves que sufre nuestro mundo.