Gustavo Gutiérrez es considerado uno de los padres de la teología de la liberación. Gustavo Gutiérrez ha cumplido ya 86 años y, pese a los achaques y las limitaciones de la edad, su voz sigue siendo un referente. Se le considera el padre de la teología de la liberación e inició su andadura en los barrios empobrecidos de Lima (su ciudad natal) donde, desde su juventud, estuvo comprometido con las personas víctimas de las injusticias. Su trabajo teológico le acarreó problemas con el Vaticano y tuvo que defenderse ante la Congregación para la Doctrina de la Fe, en Roma y en Lima, de las diversas acusaciones que se le hicieron. A ellas respondió con su ensayo La verdad los hará libres, una defensa de su teología que enfatizaba su compromiso con las personas empobrecidas.

Gustavo siempre ha sido uno de los teólogos más queridos por los lectores y las lectoras alandar. Coincidimos con él en un retiro celebrado en la capital peruana, tras el cual accedió a conceder una breve entrevista para nuestra revista.

Es sabido que, durante las últimas décadas, las instituciones romanas habían vuelto la espalda a la teología de la liberación. Sin embargo, con la llegada al Vaticano de los aires de cambio, de la mano del papa Francisco, se dan pasos de fraternidad y de reconciliación. En este sentido, la visita el pasado mes de febrero de Gustavo Gutiérrez al Vaticano, donde fue recibido por Bergoglio, es un paso sumamente relevante. La oportunidad la marcó el lanzamiento del libro Iglesia pobre para los pobres, en el que el teólogo peruano escribió dos capítulos y el papa Francisco se encargó del prefacio.

Estamos a los comienzos de un nuevo año y también se diría que de un tiempo nuevo para la Iglesia, ¿lo cree así? ¿Cómo caracterizaría este tiempo nuevo?

Como un regreso a la frescura del Evangelio.

¿Cuáles son en estos momentos los desafíos principales que debe de afrontar la Iglesia?

Entiendo por desafíos las interpelaciones que vienen del curso de la historia, que llaman a un discernimiento e invitan a una mayor fidelidad al mensaje cristiano. La inmensa e inhumana pobreza de una gran parte de la humanidad es uno de ellos. La pobreza es una realidad compleja que no se limita a lo económico, por importante que sea este factor. Mencionaré otros dos retos: la secularización -en sus diferentes facetas- y la pluralidad religiosa de la humanidad que llama al diálogo.

¿Cuál es la principal aportación que la Iglesia puede hacer al mundo moderno? Aunque esa aportación admite acento, en América Latina o en Europa…

Considerarlo desde la situación de los marginados y oprimidos de la humanidad.

Usted ha estado hace poco con el papa Francisco, para sorpresa de mucha gente. Cuéntenos sus impresiones sobre este papa.

Un pastor que reflexiona teológicamente sobre el testimonio del Evangelio y lo expresa con sencillez. Y que tiene un gran sentido de humor.

¿Se siente reivindicado por Francisco?

“Reivindicado” no es la palabra. Gozoso y esperanzado, sí.

El giro de timón en la Iglesia está siendo grande. Pero los anteriores papados han marcado mucho, se diría que hemos emprendido una nueva singladura pero con la tripulación completa elegida por el capitán anterior.

Lo importante es mirar hacia delante y enriquecerse con la experiencia tenida sin volver la cabeza hacia atrás (“la memoria es el presente del pasado”, decía san Agustín) para evitar quedar petrificado.

Pasados todos estos años, ¿cuál cree que ha sido la mayor aportación de la teología de la liberación a la Iglesia y a América Latina?

Recordar que la opción preferencial por el pobre es una opción teocéntrica, centrada en el Dios del Reino.

¿Cómo ve el continente? Hay voces que hablan de un declive de lo católico en favor de ciertas sectas o grupos. ¿Qué le preocupa y qué le alegra del momento de la Iglesia latinoamericana?

Me alegra la fidelidad de muchos a la inspiración evangélica del Concilio y de Medellín, pese a las dificultades vividas, proceso en el que se inscribe la entrega martirial de tantos amigos. Un compromiso que tiene una parte importante en el momento actual de la Iglesia

¿Y del mundo político y social en general? ¿Son hoy las personas pobres más protagonistas de su historia? Se diría que parte del lenguaje de la teología, que usted ha ayudado a alumbrar, ha pasado al mundo político especialmente en América Latina, en políticos reformistas: en Brasil, en Ecuador, en Bolivia…

Considero que sí, pero es enorme lo que queda por hacer. El compromiso con el pobre apunta, finalmente, no tanto a ser la voz de los sin voz, sino a que los que hoy no tienen voz la tengan.

La relación fe-política siempre es conflictiva o dificultosa, porque la fe no se agota en la política. Pero, a la vez, el compromiso concreto pasa por implicarse en política. ¿Cómo resumiría usted las premisas de esa relación fe-política en el compromiso concreto de los católicos y católicas?

Ser testigos del reinado de Dios no es ser testigo de una utopía (que es un proyecto histórico). El Reino es un don que no acogemos y hacemos presente y fecundo si no asumimos sus valores en el curso de la historia. Participar en la construcción de una sociedad justa y fraterna es un compromiso inevitable para un seguidor de Jesús. Pero sabiendo que el Reino no se identifica con ningún logro histórico.

¿Qué pueden hacer las religiones, el catolicismo en concreto, para ser constructoras de paz y cerrar las puertas a la utilización sectaria, integrista y hasta terrorista de la religión?

Según la Biblia, no hay paz sin justicia, una justicia que va más allá de lo legal y que comprende la cercanía personal al otro. En ello puede haber una gran coincidencia entre diversas religiones.