miriammerlo.jpgCon 28 años, Myriam se ha sentido preparada para recibir el bautismo. Este pasado verano decidió dar este paso de fe que la compromete como cristiana en el seguimiento de Jesús, en la búsqueda de Dios, en la entrega a los demás, dentro y fuera de su comunidad. Seguramente era el destino del camino iniciado desde pequeña cuando sus padres, en casa, le leían la biblia explicándole la historia de personas que confiaban y creían en Dios. Ha sido un proceso de muchos años y “una decisión voluntaria cuando comprendí lo que significa”, afirma esta joven bilbaína, que de esta manera pasa a formar parte de la Iglesia bautista, que en la actualidad cuenta con unos 25.000 miembros en todo el territorio español.

Myriam Merlo habla de sus padres, inmigrantes de La Mancha y de Galicia en tierras vascas, con admiración, como un “verdadero ejemplo de amor incondicional”, ya que siempre han trabajado y se han sacrificado por ella y sus dos hermanas. Educada en valores cristianos, resalta también la influencia de sus abuelos en su vida, con los que aprendió desde muy pequeña la importancia del cuidar todo lo que nos rodea, tanto las personas como las cosas. Quizá esto le llevó a estudiar Enfermería y cuando terminó, como tenía ganas de seguir estudiando, se matriculó en Odontología, carrera que terminará este curso. Durante los seis últimos años ha compaginando la formación académica con el trabajo de enfermera en uno de los grandes hospitales de la capital vizcaína. Y “todo gracias a mis padres”, repite una vez más.

El largo proceso de maduración en la fe ha llevado a Myriam a la seguridad y a la convicción de que el amor es la clave en la vida y para interiorizar lo que ello significa se fija en la figura de Jesús, en su familia, en su Iglesia, en su pareja…”. Su pareja es un joven católico, de los que llamamos ‘comprometidos’ por su fe y que en estos momentos trabaja para un organismo de las Naciones Unidas. Recuerda que le conoció en un contexto ecuménico, en Silos, durante una Pascua, y se le iluminan los ojos detrás de sus lentes al decir que “los dos buscamos cada día conocer más a Dios y compartimos la pasión por la cooperación. Él es un regalo de Dios para mi”.

Esta pasión le ha llevado en las vacaciones de los dos últimos veranos a Guinea Ecuatorial como colaboradora de la Misión Bautista y de la ONG cristiana + Que Salud. Durante estos períodos de tiempo, en la antigua colonia española ha trabajado en la escuela Talita Cum, en Evinayong, en un proyecto sanitario en Bolondo y en la misión bautista de Bata, con una campaña evangélica dirigida a niños y adultos. Para Myriam fueron días de intensa actividad para operar hernias, lipomas, hacer curas, consultas ginecológicas y odontológicas…pero también “para la escucha, para conocer su difícil realidad, para orar por ellos. He conocido a personas con un verdadero cariño y preocupación por el prójimo”.

No sabe lo que le puede deparar el futuro, pero sí tiene claro que le gustaría seguir el ejemplo de vida de estas personas y trabajar ayudando para cubrir las necesidades básicas –salud, educación, salubridad, agua- que en muchos países aún están lejos de conseguir.
Esta es una experiencia más para dar gracias a Dios. “Cada día, dice Myriam, me siento agradecida por el regalo de vivir: por el sol, la lluvia, la salud, por cada pequeño detalle que te encuentras en el quehacer diario. Aunque a veces suponga un pequeño esfuerzo no hay nada más importante que el cuidado de las personas que nos rodean”.

Reflexión entre católicos y protestantes

Esas personas que en muchas ocasiones han sido como pequeñas luces en su vida, como los miembros de su comunidad de Basauri o como Martin Luther King, un ejemplo de creyente bautista y de ser humano. Myriam asegura que nunca se ha sentido rechazada o discriminada por ser bautista ni en el colegio, ni en la universidad ni en los círculos en los que se mueve, “o al menos no lo he percibido”. Es más, comparte que en su búsqueda de Dios un pilar importante lo ha encontrado en la Universidad de Bilbao a través de un grupo de reflexión –Grupos Bíblicos Universitarios-, donde cristianos, católicos y protestantes, se reúnen para compartir la fe. “Ha sido uno de los lugares donde mejores amigos he hecho, afirma Myriam. Escuchar distintas maneras de pensar y de vivir la fe es necesario para replantearte en qué crees”.

Cuando se le pregunta si alguna vez se ha planteado entrar en la Iglesia católica, Myriam responde que “no”, porque “me siento libre para vivir la fe en mi comunidad de Basauri”. Asegura que le resulta complicado ver a Dios en la conformación de la Iglesia católica, porque “la organización es necesaria para que las estructuras se mantengan a lo largo del tiempo, pero no la jerarquía, no la superioridad espiritual de unos sobre otros. Todos estamos en igualdad de condiciones y así el mayor se hará pequeño para servir, como vemos en el ejemplo de Jesús”.

A Myriam le ‘extraña’ la separación que existe entre los cristianos y piensa que sería algo que debería corregirse, entre otras cosas porque Jesús dice claramente que seamos uno. No cree que el ecumenismo avance demasiado, quizá algo más entre pequeñas comunidades, como en la universidad. Lo que sí tiene muy claro es que para ella “Dios es todo lo bueno y lo justo. A través de Jesús, Dios se muestra y nos muestra lo que nos ama y lo que realmente es importante. Nos enseña a amar, a perdonar, a ser humildes, a tener hambre y sed de justicia, a ser compasivos, de corazón limpio y a trabajar por la paz”.