Olga Cebrián, terapeuta y autora de ‘Desierto’.

Olga Cebrián es muchas cosas y una sola. Si fuera terapeuta diría que es una contradicción resuelta al haber aceptado sus contradicciones. Pero la terapeuta es ella, no yo. Una terapeuta poliédrica que acaba de añadir a sus facetas la de escritora al publicar en San Pablo ‘Desierto. La aventura del silencio interior’. El libro cuenta con un epílogo de Pablo d’Ors, sacerdote, escritor y fundador del movimiento místico Amigos del desierto, del que Olga forma parte. La conversación tuvo lugar días antes de que Madrid pasase a la fase 1 del desconfinamiento.

Olga Cebrián en un momento de la entrevista. Foto: Alandar

Eres emprendedora, coach humanista, mentora, profesora de meditación y terapeuta Gestalt. Si tuvieras que quedarte solo con una Olga, ¿cuál elegirías?

Yo en las sesiones uso la meditación, técnicas de coaching, de la Gestalt… Lo llamo acompañamiento humanista y se trata, básicamente, de ponerte al servicio de la persona que tienes frente a ti.

Con tantos sombreros, o vives muy estresada o tienes una gran capacidad de concentración.

Todo va a parar a lo mismo y una Olga retroalimenta a las otras. Me gusta pensar que soy como el blanco, que es la mezcla de todos los colores. Pongo mucha energía en mi trabajo porque me encanta. Evidentemente, hay momentos en los que tengo que recentrarme y salir para volver. Yo también tengo mi terapeuta porque también tengo mis heridas.

Sacar un libro sobre el desierto en medio de esta crisis que nos ha condenado al aislamiento y la soledad es tener una capacidad visionaria increíble.

El desierto está ahí siempre, no solo ahora. No creo haber sido nada visionaria. Si acaso, oportuna. Todos hemos vivido alguna vez en el desierto. Escribir sobre el desierto es escribir sobre la vida.

El libro aspira a ser un mapa del desierto. ¿Cuáles son las coordenadas?

El desierto es un viaje de un lugar a otro de la vida. De un lugar de confusión e incertidumbre a un lugar de consciencia, verdad y plenitud. Hay un antes, un durante y un después del desierto. Podemos pasar por él en muchas ocasiones. Al menos, yo lo hecho.

¿Por qué o para qué alguien quiere ir al desierto?

Paradójicamente, algunos locos buscadores de Dios o del autoconocimiento vamos al desierto porque tenemos sed. Somos personas que nos hemos atrevido, a menudo porque no nos ha quedado otra salida, a hacer un viaje vertical hacia lo profundo, hacia las raíces. Vamos para conocernos y prepararnos para la vida.

Aseguras que desde pequeños nos van robando nuestras emociones. Así pues, podemos estar tranquilos: La culpa la tiene la sociedad.

Sí, pero tú también formas parte de la sociedad. Luego tú también eres responsable. Todos somos responsables de cambiar nuestra vida. Sartre decía que el hombre está condenado a ser libre. La Gestalt dice que lo importante es lo que yo hago con lo que hicieron conmigo. Todos estamos condicionados, todos sufrimos heridas, pero, a partir de un cierto punto, somos responsables de cambiar las cosas, de dejar de ser víctimas y culpar a nuestros padres por todo.

Eres muy crítica con la gestión de las emociones en nuestra sociedad. Dices que vivimos en un capitalismo emocional. ¿Podrías explicar esto?

Las emociones marcan nuestra existencia, desde pequeños. El problema es que nos educan desde el estrés emocional. Después llega la publicidad para crearnos necesidades y expectativas mediante las emociones. Construimos un mercado de emociones entre todos. Se crean estereotipos de cómo debemos ser en lugar de aceptar que somos como somos y que nos equivocamos.

Dices que en el desierto siempre hay sufrimiento. Por otro lado aseguras que el desierto es un lugar de transformación. Luego el sufrimiento transforma.

El sufrimiento transforma, pero no solo el sufrimiento. La luz y las cosas hermosas también. Normalmente, llegas al desierto sufriendo pero, si allí sueltas los brazos, confías y te atreves a pedir ayuda, viene la transformación. Tiene mucho que ver con la aceptación del miedo, del dolor. El dolor es parte de la vida, y huimos del dolor viviendo una vida de sucedáneos. Pero cuando llegas al desierto, el dolor adquiere una forma concreta. No tienes más remedio que mirarle a la cara y eso te transforma. La verdad transforma.

Una de las razones por las que parece que no soportamos el sufrimiento es porque no sabemos escuchar ni escucharnos. De ahí la necesidad del silencio.

Nos cuesta muchísimo escuchar. Es muy difícil sostenernos en el silencio como recipientes de lo que la otra persona nos cuenta. Entrar en el desierto, la meditación y el silencio al menos media hora al día es estar en el presente, en la presencia y la escucha. Es un entrenamiento precioso.

El silencio es compañero de la soledad. Dices que solo la soledad puede reequilibrarnos. Vale, pero… es tan aburrida.

Yo me lo paso estupendamente sola. La soledad no es aburrida, es dura, seca. Está claro que estamos aquí para relacionarnos, que nos autorregulamos con el tú, pero hay que pasar periodos de soledad. Hay que estar solo para volver a la vida. Es una ida y vuelta continua. Si estás siempre solo estás aislado, y eso lleva a la ansiedad y la desesperación. Pero esto no tiene nada que ver con una soledad consciente y fecunda. La soledad tiene muchos misterios que contarnos.

Dices que vivimos en un mundo de expectativas y máscaras que nos distancia de la vida. Te compro la idea. Ahora dime como me deshago de todo eso.

Nunca nos vamos a deshacer de las máscaras. Lo que hay que hacer es atreverse a mirarlas. El problema son las máscaras que no vemos y que se apoderan de nosotros y nos convierten en caricaturas.

Hay que sentirse nada y morir un poco para renacer, aseguras.

Morimos muchas veces desde que somos pequeñitos. Mueren nuestras identidades, nuestros personajes. Para muchos sabios, la clave de todo es no ser, llegar a ser nada o nadie, ser un vacío… Se trata de aprender a quitarnos del medio, de llegar a ser uno con la vida.

Me llamó mucho la atención la frase de que tenemos que preguntarnos qué quiere la vida de nosotros en lugar de pedirle cosas.

Hay que ponerse al servicio de la vida, del todo, de lo absoluto, de un misterio mayor que tú que te pide algo. Para ello hay que estar a la escucha y preguntarse dónde puede ser uno más útil. No se necesitan grandes iluminaciones, pero sí aceptar que la vida me ha hecho muchos préstamos que yo quiero devolverle.