pag8_iglesia_web-2.jpgMientras que Cristo reconoció el genio de las mujeres, los Apóstoles no lo comprendieron y las relegaron muy pronto. Según la historiadora Élisabeth Dufourcq, permanecer fiel a este esquema antiguo conduce a la Iglesia a un riesgo de esclerosis.

Dice usted: “Quería comprender por qué, como mujer, me asfixiaba en la Iglesia Católica”. Haber escrito este libro, ¿le ha servido de aclaración?

Si soy cristiana desde niña, es gracias a Cristo. Jesús de Nazaret dialoga con las mujeres, las escucha y reconoce en ellas la acción del Espíritu Santo. En muchas ocasiones subraya la importancia de su visión profética y hace que sus discípulos reconozcan el genio con que ellas abordan la vida y lo sobrenatural. Como mujer encantada de serlo y acostumbrada a trabajar en medios masculinos, reconozco que me fastidian los privilegios de función o de misión que se reservan “naturalmente” para ellos. Erigir casi en dogma estas formas de predestinación sexual me parece un signo de miedo y de debilidad.

¿No hay machismo en los Evangelios?

En absoluto. Jesús está rodeado de mujeres que le ayudan en su misión. Mientras que muchos varones tratan de perderle, no aparece en los Evangelios ninguna mujer que desconfíe de él y a través de ellas pasa una parte esencial de la Revelación. Desde la Visitación, la acogida profética de Isabel y luego de María, inaugura la era cristiana (Lc 1,39). Por medio de la samaritana Jesús revela por primera vez que es el Mesías (Jn 4). Es a María Magdalena a quien se muestra por primera vez resucitado y eso significa que el acontecimiento central del cristianismo fue comprendido en primer lugar por una mujer. De ahí que San Hipólito de Roma (s.II) llame a las mujeres que fueron al sepulcro “apóstoles de los apóstoles”. Más aún: numerosos pasajes del Evangelio muestran que el Señor tomó en cuenta lo que le decían las mujeres y cambió de parecer. Por eso, después de la audaz respuesta de la cananea (Mt 15,21), admite que, incluso viniendo de una mujer que no es “oveja de Israel”, una palabra de fe intensa puede vencer el mal. En otro lugar Jesús reconoce que la mujer que tenía un flujo de sangre es curada, no porque le ha tocado el manto, sino a causa de su fe (Lc 8,43). Jesús no reduce nunca a la mujer a su sola función biológica: cuando una de ellas bendice el vientre que le llevó y los pechos que le alimentaron, él responde: “Feliz más bien quien escucha y cumple la palabra de Dios” (Lc 11,27). Para él lo genérico de la humanidad es la pareja y por eso rechaza el acto unilateral de repudio. Y todo eso los apóstoles no lo entienden.

¿Conservan los evangelios algún diálogo entre un apóstol y una mujer?

Sí, uno solo: el Jueves Santo, cuando Pedro es interpelado por una sirvienta, tiene miedo y responde renegando de Cristo (Lc 22,56). Las mujeres, en cambio, permanecen fieles a él hasta el Calvario: ellas no están incluidas en la frase de Juan: “ los suyos no le recibieron” (Jn 1,11). Sin embargo, curiosamente, en los Hechos de los Apóstoles las amigas de Cristo (María Magdalena, Marta, Juana, mujer del intendente de Herodes, etc.) no vuelven a aparecer. Todo ocurre como si antes de la conversión de Pablo con los apóstoles, por una cuestión de responsabilidad, hubieran hecho del cristianismo un asunto de hombres. Reprochárselo sería un anacronismo, ¡pero imitarlos es otra cosa! De la misma manera, en los Hechos, la separación entre el ministerio de la palabra y el de “las mesas”, es decir, la caridad (He 6,11), trae consigo una escisión entre esas dos vertientes de la misión que Cristo no había separado.

¿Y Pablo?

San Pablo confiaba en las mujeres que conocía y les confió tareas importantes. Febe, diaconisa de la iglesia de Cencreas, presidía asambleas (Rom 16,1-2). Pero a Pablo le preocupaba también la decencia antigua y cuando pide a las corintias que se callen en las asambleas (1 Cor 14,34), se dirige a las mujeres, más numerosas que los hombres entre los bautizados. A partir de entonces, aquellas siervas liberadas de las primeras comunidades y más tarde las patricias, no ejercieron nunca un rol proporcionado ni a su número ni a su ayuda financiera. En lo que se refiere a la moral doméstica, las cartas de Pablo no deben ser interpretadas de manera restrictiva. En el famoso versículo: “Mujeres, someteos a vuestros maridos” (Ef 5,22) la palabra griega hypostasseomenoi puede traducirse como sostener, en el sentido de un soporte que sirve de apoyo.

¿Y qué ocurre hoy?

A partir de la realidad del descenso de sacerdotes en occidente, las mujeres, se quiera o no, toman el relevo. Desde hace ya tres decenios son ellas las que catequizan, las que con frecuencia organizan los funerales, las que animan las capellanías en liceos y hospitales… Es importante que puedan acceder a estudios teológicos sólidos. Y si algunas se sienten llamadas a un ministerio, ¿por qué no puede la Iglesia cambiar de opinión, lo mismo que cambió Cristo al escuchar a las mujeres? Quedándose monolítica, creo que la Iglesia se priva de talentos y gracias. El siervo fiel no es el que entierra los talentos, sino el que los hace fructificar (Mt 25,14). Sin embargo esta cuestión no debe plantearse en términos de poder ni de reivindicaciones, sino de carisma.

Y si un día las mujeres accedieran al ministerio ordenado en la Iglesia católica romana ¿qué harían?

Lo mismo que ocurre con los varones: unas los vivirían como un servicio y otras, quizá, como un poder. Cuando los sacerdotes o los obispos invitan a pastoras protestantes notables, parecen estar a gusto: sólo cuenta su valor pastoral y teológico. Entonces, ¿por qué el bloqueo con respecto a las mujeres católicas? Personalmente, yo rezo para que un día las mujeres puedan presidir la Eucaristía en la Iglesia Católica. Esto llegará, si Dios quiere. Y creo que Dios va a quererlo.

Entrevista publicada en el diario La Croix el 15 de enero 2010, traducción para alandar realizada por Dolores Aleixandre.