Pablo d’Ors en su casa del madrileño barrio de Tetuán. Pablo d’Ors es el autor de Biografía del silencio, un pequeño libro que ha vendido ya 25.000 ejemplares, un verdadero fenómeno editorial, que recoge la experiencia de meditación del autor, sacerdote católico y escritor. Hay belleza, hondura y calidad literaria en este libro de espiritualidad que contiene, también, muchas afirmaciones provocativas o chocantes.

“El arte y la meditación nacen de la entrega, nunca del esfuerzo… como el amor”, dice en el libro.

Para meditar es muy importante tener la determinada determinación de hacerlo; lo difícil no es meditar sino querer meditar. Esto significa que se trata de escuchar y de obedecer ese anhelo interior de plenitud que sentimos. Es verdad que hay algunas escuelas religiosas que han acentuado demasiado la voluntad, hacerlo todo por puños y ese no es, ciertamente, el camino. En el zen, que tuve la suerte de conocer y de practicar durante siete años, se dice que para meditar se requiere el temple del soldado. El arquetipo del meditador u hombre espiritual es para mí una mezcla entre el soldado y el loco; del soldado porque se requiere una gran disciplina, no es un camino para personas blandas; y del loco, en fin, porque meditar supone una gran capacidad de entrega generosa, sin esperar frutos a cambio. Los frutos solo comienzan a llegar en la medida en que uno deja de esperarlos.

¿Se puede meditar sin una concepción trascedente?

Por supuesto que se puede meditar sin una concepción religiosa; cabe una meditación puramente laica, aunque no hay que olvidar que la meditación tiene un origen religioso. Cualquier escuela de meditación tiene en sus orígenes algún vínculo religioso, sea en el budismo o en el cristianismo. Pero se puede meditar sin fe religiosa de ninguna clase. Meditatio, en latín, significa “estar en el centro”, de modo que meditar es algo así un peregrinaje al propio centro. Contemplar, en cambio (de contemplatio, también del latín) significa “permanecer en el templo”. Para los creyentes, nuestro centro es un templo, lo que quiere decir que es un lugar sagrado, donde habita el Espíritu, Dios, el “huésped del alma”, por decirlo en clave poética. Los no creyentes, por su parte, dirán que ahí habita el misterio del ser. Pero es indiferente el lenguaje que utilicemos porque la experiencia es la misma; se trata del encuentro con lo profundo de nosotros mismos.

Y, ¿qué va encontrando uno en ese camino?

Lo primero, la lucidez. El principal problema del mundo occidental es, en mi opinión, la complejidad mental: tenemos muchas palabras en la cabeza y el corazón. En la meditación se opera un proceso de simplificación y esto es necesario porque la simplicidad es la necesidad básica primordial. Cuando tienes la mente sencilla, el primer efecto es el de la lucidez o clarividencia, es decir, la capacidad para discernir mejor. Correlativamente, tienes más coraje en el hacer. Por fin, cuando se actúa lúcida y valientemente, el fruto que brota es el de la alegría interior. La alegría proviene de que por fin eres lo que estás llamado a ser y haces lo que estás llamado a hacer. Eso produce una alegría incomparable.

“Nada hay tan pernicioso como un ideal y nada tan liberador como la realidad”. ¿Cómo casa esa afirmación con la utopía cristiana que exige cambiar lo que está mal?

Casa así: el Reino de Dios está entre vosotros. El Reino de Dios no es tanto una conquista cuanto un descubrimiento. No está tanto en el más allá, que también, cuanto en el más acá. Creer en la encarnación supone precisamente creer que Dios está entre nosotros y que nuestra tarea consiste en abrir los ojos y descubrirlo. Recuerdo una canción que decía “con vosotros está, y no le conocéis…”, pues tal cual. Es verdad que hay en el ser humano una tensión hacia el futuro y eso es algo saludable y yo diría que conveniente; pero esa tensión no debe borrar el presente. Un ideal es constructivo y adecuado en tanto en cuanto nos enraíza en la realidad; si nos saca de la realidad, es puro idealismo o una quimera. El discurso de los ideales, así como el discurso de los valores, lo comparto poco. Creo que, más que de ideales, habría que hablar de realidades y que, más que de valores, conviene hablar de biografías. Tú puedes amar a una persona pero no puedes amar un valor; lo abstracto no se deja amar. Te podrá convencer, pero no entras en una relación personal con él. Por eso creo que mucho más importante que los valores son las biografías y que mucho más importante que los conceptos son las narraciones; una experiencia narrada es mucho más elocuente y eficaz que una experiencia conceptualmente explicada.

Otra afirmación chocante: “La ideología del altruismo nos hace daño y la alimentamos tanto desde el cristianismo como desde el humanismo ateo”.

La formación que yo recibí fue en clave ética, en clave de compromiso social. Quienes viven su compromiso cristiano desde esta perspectiva pueden sentirse desconcertados y hasta enfadados con una afirmación como la que acabas de recoger de mi Biografía del silencio. Sin embargo, la reitero. Creo que la experiencia ética o moral es secundaria, es decir, que viene después; lo primario nunca es lo ético; lo primario no es el imperativo moral sino el indicativo de la gracia, es decir, la experiencia. Solamente desde ahí puede una ética nacer de una cepa adecuada; de lo contrario, tarde o temprano, se desfondará. Creo que buena parte de nuestra actuación social nace de una mala conciencia. Tengo la convicción de que si uno está en su centro y eso es lo que produce la meditación, todo lo que hagas, mucho o poco, será adecuado y certero. Y que si uno no está en su centro, por muy generoso o altruista que sea, sus acciones servirán de muy poco.

“Ama a los demás como a ti mismo”; la segunda parte de esta afirmación se da por supuesta: el amor a uno mismo. Pondré un ejemplo. Hay gente que viene al hospital donde trabajo como capellán y que se ofrecen para acompañar a moribundos. No sé por qué este trabajo les parece maravilloso. Yo siempre les digo que llevo siete años desempeñando esta tarea y que a mí me queda muy grande. Les digo que si pudiera, no lo haría. ¿Por qué? Porque pocas veces siento que lo estoy haciendo realmente bien. Para acompañar a los enfermos hay que preguntarse desde dónde y hasta dónde estás dispuesto a acompañarles, dónde les vas a dejar… Sólo una persona que ya no tiene miedo a la muerte está en las condiciones apropiadas para acompañar a otra persona hasta ese umbral. Si tienes asignaturas personales que resolver, por el contrario, debes resolverlas primero y sólo después podrás estar en ese frente tan delicado.

Pero el criterio para juzgarnos a nosotros mismos o nuestras acciones no puede ser sólo interior, hay también un juicio exterior desde los resultados…

El criterio fundamental para evaluar la bondad o maldad de una vida humana es su fecundidad, es decir, si ha dado de comer, en el más amplio sentido de la palabra, a otras personas. Y esto sólo pueden decirlo los demás. Muchas personas en la India dirán que Vicente Ferrer ha sido una persona extraordinaria, por ejemplo, puesto que gracias a él tenemos esta determinada escuela o este hospital. El criterio por excelencia es siempre el “dar de comer al hambriento”, pero al hambriento no sólo de pan, sino también de esperanza, de fuerza, de sentido, de tantas y tantas cosas.

Has hablado antes de gracia. Es un lenguaje que se utiliza poco.

A mí me encanta la palabra gracia y yo la utilizo mucho. Nuestra generación, la que ha recibido su formación cristiana en los setenta y ochenta, ha eliminado una serie de palabras del cristianismo y ha subrayado otras. Los subrayados están muy bien, desde luego, pero las pérdidas son una verdadera lástima. Nadie habla hoy, por ejemplo, como acabas de decir, de la gracia; pero tampoco nadie habla hoy de la redención o de qué significa que Cristo sea redentor. O la palabra sacrificio, otro ejemplo, que hoy repele y, sin embargo, sin sacrificio el cristianismo resulta incomprensible. El cristianismo es un fenómeno que no se agota en nuestra compresión del mismo; cada generación tiene su manera de apalabrarlo y de experimentarlo y su manera no es necesariamente la mejor. Y, desde luego, no es la única.

Pablo d’Ors acaba de ser nombrado miembro del Pontificio Consejo para la cultura. Recuérdame, pues, qué es la gracia y qué es la redención.

La gracia es Dios mismo en este mundo. La gloria es Dios en su patria. Y la redención es sufrir con y por amor. Nosotros hemos sido redimidos por amor y eso pasa necesariamente por el sufrimiento. Lo que nos está diciendo fundamentalmente el cristianismo es que amor y dolor son las dos caras de la misma moneda, que no se puede amar sin atravesar el dolor o, dicho más claramente, que no se puede llegar a la luz sin pasar por la cruz. Esto es lo más genuino del cristianismo. No podemos quitar el Viernes Santo porque no nos guste, para así llegar directamente al Domingo de Resurrección. Eso no es cristianismo, eso es un apaño.

Para el meditador, dices también en el libro, “no hay distinción entre lo sagrado y lo profano”. Habrá a quien le resulte escandaloso.

Es posible, pero es que el escándalo es el cristianismo mismo. Que Dios se haga hombre es decir que lo sagrado se hace profano. Nunca hay que olvidar que el lugar privilegiado de manifestación de lo sagrado es lo cotidiano. Dios se hace hombre para que sea entre los hombres donde lo encontremos. Dios se hace pobre para que lo encontremos entre los pobres. Dios se hace niño para que sea entre los niños donde lo encontremos. Por tanto, los hombres, los pobres y los niños son el escenario privilegiado de su manifestación. Esto significa que no hay nada más sagrado que una persona. Ante quienes nos tendríamos que prostrar, antes que ante una custodia o ante el Santísimo, es ante cualquier ser humano, en especial ante los más vulnerables. Arrodillarse ante la custodia está muy bien en tanto en cuanto remita a que el hombre es sagrado. La aportación fundamental del cristianismo es que Dios es Padre y, en consecuencia, que entre nosotros somos hermanos… El cristianismo es eso, tan sencillo y, a la vez, tan desconocido.

La palabra «Dios» apenas aparece dos o tres veces en todo el libro.

Es que hay un mandamiento que dice: “No tomarás el nombre de Dios en vano”. El hecho de que Dios esté aquí no significa que lo podamos tratar como una moneda de cambio barata. El respeto es el primer signo del amor. El problema es que el prestigio de la espiritualidad contemporánea se está construyendo sobre el desprestigio de la religión. Muchas personas se han alejado de lo religioso porque ahí no han encontrado, pero buscan lo espiritual en otros lugares o ámbitos. Esto debe de ser una interpelación para las personas que nos sentimos religiosas para que revisemos nuestra manera de hablar y, sobre todo, de actuar y de ser. En la Iglesia -y lo digo con humildad pero también con rotundidad- hay una tremenda falta de creatividad pastoral. Estamos manteniendo las mismas estructuras que hace un siglo o dos; no se están creando plataformas de respuesta nuevas. Y donde no hay creatividad, ¡es que no hay espíritu! Porque el fruto del espíritu es, precisamente, que lo hace todo nuevo. Nosotros no estamos haciendo cosas nuevas, estamos conservando las antiguas. Y la gente no siente que lo que tenemos entre manos esté vivo.

¿Qué nos falta y nos sobra en la Iglesia?

Falta creatividad y, sobre todo, vida interior, espiritualidad. Estoy convencido de que si los cristianos tuviéramos una vida espiritual, no digo ya intensa, sino simplemente decente, esta Iglesia y este mundo serían distintos. Porque el poder de transformación de una persona habitada es extraordinario. El problema número uno es la falta de vida espiritual, de silencio. Y, ¿qué nos sobra? ¡Sobra casi todo! (risas). Rituales, estructuras… Todo eso está fenomenal siempre y cuando esté insuflado por el espíritu. Si no ayuda a contactar con la fuente, no sirve. Esa es la misión: contactar con la fuente.

Seguro que tiene algunas sugerencias de pasos que se pueden dar.

Yo convertiría los monasterios en centros de espiritualidad o de aprendizaje de la vida interior. Ahí tenemos un legado milenario que se mantiene de manera milagrosa, ahí hay un depósito de experiencia que podría ser el escenario de una renovación muy importante. Esta es una idea realmente bonita. Y hay otro camino que quizá moleste a muchos: la estructura parroquial, que es la que vertebra nuestra vida eclesial, ha dejado de responder a la realidad sociológica de Europa. Habría que inventar plataformas pastorales de otro tipo. No me quiero poner a mí mismo de ejemplo en absoluto, pues yo estoy tan desconcertado como la mayoría. Pero la asociación “Amigos del Desierto” que hemos creado para que la gente aprenda a meditar sería, sin ir más lejos, una buena idea. Lo hemos planteado como un gimnasio espiritual y quien acude lo hace con la misma actitud con que se va a un gimnasio físico: con su bolsa deportiva, su ropa para cambiarse… Allí uno va a entrenarse por dentro. Eso supone un cambio de actitud que me parece interesante. Otro tema, por seguir dando ejemplos, es el de los ritos, que no son otra cosa que acciones sagradas, algo con un gran potencial de transformación. Tal y como los estamos viviendo parecen con frecuencia incomprensibles y obsoletos. Espantan más que acercan. Esto nos exige una autentica revisión sobre cómo celebrar en la actualidad. Por mi parte tengo tres criterios para los ritos y cuando puedo los pongo en práctica. Uno es la cercanía física: que la gente no esté lejos, sino en torno al altar; entonces ya no se ve el rito como un espectáculo sino como una acción en la que tomas parte. Dos, la participación, que no es leer una prez. Se trata de participar corporalmente, todo lo que haga falta con tal de salir de esa liturgia hierática en la que nadie hace nada y en la que todos estamos como espectadores pasivos. Un tercer criterio sería para mí el de la visibilidad de los signos: que si se come pan, se coma verdadero pan; que si se bebe vino, se beba verdadero vino. Que la sagrada Forma no sea una alusión al pan tal que, al final, más que alusión es casi una mera ilusión. Se trataría, en definitiva, de revisar los ritos para que sean expresión de una acción sagrada comunitaria…

Las dificultades del mundo católico no son sólo internas. Hay un rechazo y desprestigio social de lo religioso y de lo católico, por ejemplo…

Algunas personas me han preguntado si el hecho de ser un sacerdote católico me ha ayudado para publicar en editoriales tan prestigiosas como Siruela, Pretextos o Anagrama. A eso siempre he respondido que no sólo no me ha ayudado, sino que me lo ha puesto más difícil. En contextos civiles o seculares tienes que demostrar que, a pesar de ser sacerdote, eres normal. Y esto significa que existe un prejuicio o una pre-comprensión negativa hacia la Iglesia en general y hacia el clérigo en particular. Cuando estaba de capellán en la universidad, por ejemplo, había gente que se daba la vuelta en cuanto me veía para no tener que hablar conmigo. Como es muy incómodo vivir como sacerdote a la intemperie, la mayoría de los clérigos viven hacia dentro, es decir, en sus conventos y parroquias, donde su identidad está asegurada, donde no está puesta en entredicho permanentemente. Por mi parte, he estado siempre en ámbitos civiles: en la universidad, en el hospital, en el ambiente literario. Se nos plantea el clásico dilema entre la identidad y la relevancia. Fuera, estás puesto en duda permanentemente pero puedes ser relevante socialmente; dentro, en cambio, tu identidad no está en entredicho pero eres irrelevante. Por fortuna, este papa está dando una imagen de una Iglesia mucho más cercana y mucho más metida en el meollo del mundo. Sus gestos simbólicos son de una potencia de expresividad muy grande. En occidente, a pesar del brutal estallido del materialismo, creo que va surgiendo cada vez con más fuerza también un anhelo espiritual. Confío en que la Iglesia sepamos, si no capitanear o encabezar, sí, al menos, acompañar este proceso.

Acabas de ser nombrado miembro del Pontificio Consejo para la cultura. ¿Cuál es la tarea cristiana en ese ámbito?

Ser testigos de Jesucristo. Y eso, ¿qué significa?, podríamos preguntarnos. Muchos creen que eso es ir por ahí diciendo que Jesucristo ha resucitado. No, eso quizá pueda ser, pero es secundario. Lo prioritario no es el kerigma, sino ser testigo. Y, ¿quién es un testigo? En un accidente está claro que el testigo es el que dice “pasó esto”. Pues bien, la Iglesia es testigo de que Dios pasa por el mundo; la Iglesia tiene la misión de decir: ahí está Dios y ahí también y ahí… Esto es dar a las realidades de este mundo la dignidad que realmente tienen, reconocerla. No es tanto una tarea –como, de hecho, la hemos entendido- de denuncia de todo lo que no van bien en este mundo –algo que seguramente también habrá que hacer-, sino de anuncio de la belleza que palpita en este mundo nuestro. Quizá sea esta la necesidad primordial hoy. Porque la gente piensa que el mundo está mal, que no funciona; basta leer la prensa para darse cuenta de cómo abundan las malas noticas… Pero eso no es toda la verdad y ello porque hay muchísimo más bien que mal y muchísima más hermosura que horror. El hombre de fe es aquel que ha entrenado su mirada, su oído y su corazón para ver, escuchar y sentir todo eso y, por tanto, para poder proclamarlo. Y esa es la tarea del Pontificio Consejo de la Cultura. No entiendo la cultura en clave fundamentalmente intelectual, sino sapiencial.