pag24_personal_web-7.jpgCuenta Eduardo Galeano que en los años 70, en una asamblea de mineros, los hombres debatían sus luchas clandestinas. Una mujer levantó la voz y, mirando a los mineros a los ojos, preguntó: “¿Cuál es nuestro peor enemigo, compañeros?”. Las respuestas clásicas de la época -“el capitalismo”, “la patronal”, “la burguesía”, “el imperialismo”- no la convencieron. Sin bajar la mirada, contestó: “No, compañeros, nuestro peor enemigo es el miedo y lo tenemos dentro”.

Esa mujer era Domitila Barrios Cuenca (Pulacayo/Potosí, 1937- Cochabamba, 2012). Si hubiera sido norteamericana, sería tan reconocida como Rosa Parks o Martin Luther King. Pero era boliviana y, en sus 75 años de vida, tuvo que pelear cada uno de los derechos contra el miedo, el dolor, la muerte y el exilio. Protagoniza estos versos de Eduardo Galeano en Memoria del Fuego: “…grita contra los asesinos desde lo alto del muro. Ella vive en dos piezas sin letrina ni agua, con su marido minero y siete hijos. El octavo hijo anda queriendo salir de la barriga. Cada día Domitila lava, barre, teje, cose, enseña lo que sabe y cura lo que puede y además prepara cien empanadas y recorre las calles buscando quien compre. Por insultar al ejército boliviano se la llevan presa. Un militar le escupe a la cara.”
Desde sus primeros pasos en la región minera de Oruro había mamado la injusticia extrema. «Las minas siempre están en las cordilleras más altas donde no hay ni siquiera mercado. El patrón hacía llevar alimentos y los vendía a los obreros. Pero nunca lo necesario, siempre muy poco. Si les había prometido que les iba a pagar diez pesos por día, les daba cinco. Y, encima, los obreros le debían el transporte, las botas que le dieron y alguna otra cosita más. Desde el principio estaban deudores. Allí se casó con mi madre. Yo nací en siglo XX, en la mina».

Su madre murió en su quinto parto, dejándola con diez años y cuatro hermanitas, pero, frente a la incomprensión general, su padre insistió en la necesidad de que estudiara: “Las mujeres no mandaban a sus hijas a la escuela. Así era como se discriminaba. Pero mi padre siempre decía que había que estudiar, que había que leer. Mi madrina, no. Ella decía que la escuela era para mandar cartas a los novios. Mi papá habló con el gerente y le suplicó que nos diera permiso para ir a la escuela. De cien alumnos ochenta eran varones y veinte, chicas. Ninguna era hija de obreros”.

El padre de Domitila participó en la revolución popular del 9 de abril de 1952 del Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR). Un gran momento para el pueblo boliviano que, por primera vez, tenía perspectivas de derecho al voto, alfabetización, reforma agraria, reparto justo de la tierra y de la nacionalización de las minas. “’Hemos ganado, hijita, nunca más ahora los niños van a andar descalzos’. Y empezaron las medidas económicas para los obreros: bonos de producción, subsidio familiar, cajas seguro social. Ya todos podíamos ir al hospital…».

Pero ésa no fue la revolución de Domitila. Su historia personal estuvo amarrada a las luchas de los mineros en su país. En 1963 “el gobierno se había entregado completamente al Fondo Monetario Internacional. Hubo una asamblea de la Federación de Mineros para decidir si rompía con el MNR. Hubo una emboscada y apresaron a varios dirigentes, entre ellos a Federico Escobar.” A cambio, los mineros retuvieron a varios ciudadanos norteamericanos y las mujeres hicieron turnos para resguardar su vida y poder realizar un canje. Consiguieron también evitar una acción de rescate del ejército estadounidense, tras poner en riesgo sus vidas.

En 1967 la dictadura de Barrientos intervino militarmente los distritos mineros para combatir una huelga y en la noche de San Juan mataron a decenas de personas en las minas de Catavi y Siglo XX. A Domitila la detuvieron en esta última, donde vivía, por insultar a los militares. Detenida y víctima de torturas, parió en la celda un hijo que falleció allí también. Durante el régimen de Hugo Banzer se encerró con otros dirigentes en la mina ante una nueva ocupación militar y tuvo que salir obligada para dar a luz de nuevo: uno de los mellizos que traía había muerto en su vientre a causa de los gases tóxicos.

Carne de una paradoja que discriminaba a las mujeres en derechos pero permitía que trabajaran en lo más duro, desde pequeña trabajó como palliri (minero no cualificado que rescata mineral entre los restos). Sintió que las mujeres debían luchar conjuntamente con los varones en contra de la injusticia y la explotación. Su discurso agitó la celebración del Año Internacional de las Mujeres en 1975. Veía la lucha de las mujeres como un movimiento contra el sistema de dominación económica, política y cultural, no contra los hombres. Creía que el cambio debía darse mediante la igualdad en derechos, en acceso a la educación y al trabajo.

Junto con otras cuatro amas de casa y en compañía de Lucho Espinal comenzó en 1977 la huelga de hambre por la amnistía de los presos que acabó por derribar la sangrienta dictadura de Hugo Banzer en su país. Con la caída del dictador quedaban atrás años de tortura y represión, además del siniestro Plan Cóndor, que eliminó a numerosos dirigentes y activistas políticos y sindicales. Pero aún quedaban por vivir durísimos momentos para los mineros bolivianos. La llamada “relocalización”, un violento destierro organizado por Víctor Paz Estenssoro, obligaba a las familias mineras a desocupar sus casas en 90 días. «Los mismos que hicieron la Revolución volvieron en el ’85 y aprobaron el decreto 21.060 con el que nos botan a todos. Y otra vez sin trabajo, sin casa, sin escuela. Me vine a Cochabamba», explica Domitila.

El abandono de su marido, los exilios en México y Suecia en los ochenta, el hambre y las penalidades no pudieron con ella. “Me di cuenta de que en el país hacía falta la formación política. Los mineros estaban solos: los campesinos también. Empecé a dar charlas, me di cuenta de que era necesario seguir la lucha. Entonces creamos un pequeño grupo que al principio llamamos Escuela Móvil, porque íbamos a un lado y otro”.

Murió de cáncer el pasado mes de marzo. Su último y más provechoso legado es una formación política necesaria para las y los jóvenes desfavorecidos de Bolivia. Su legado, también, es invitarnos a mirar de frente al miedo que todos y todas llevamos dentro.