Foto. alandar.En septiembre de 1957 llegábamos a Salamanca -uno viniendo del norte, el otro del sur- Julio Lois y yo mismo. Ambos acabábamos de terminar la carrera de derecho y nos incorporábamos a un seminario peculiar, que entonces se llamaba de “vocaciones tardías”. Su nombre oficial era el de Colegio Mayor del Salvador y se ubicaba en una sencilla casa de vecinos de un barrio popular de la ciudad castellano leonesa. Teníamos por delante un año de “latinos” -en el propio colegio- tres de filosofía y cuatro de teología.

Mirando hacia atrás, hay una circunstancia que siempre me ha dado que pensar. En 1956 habían tenido lugar en Madrid los primeros levantamientos de estudiantes, acallados por la censura franquista pero vividos con pasión y a veces con cierto riesgo. Algo se empezaba a mover en aquella universidad liderada oficialmente por el SEU. Pues bien, las nuevas “vocaciones tardías” olvidábamos todo aquello al pisar el umbral del Colegio. Allí la política dejaba de existir. La consigna era “oración, pobreza y obediencia” y a ella nos sometíamos sin ningún espíritu crítico.

Hay que añadir que, aunque lo aceptásemos sin rechistar -nos explicaban que todo ello era la “voluntad de Dios”- en aquel momento la facultad de filosofía de la Universidad Pontificia tenía un nivel miserable y la de teología no había alcanzado a pasar del concilio de Trento. Pues bien, en esa universidad estudió Julio durante siete años, sacando un sobresaliente tras otro. En definitiva, Julio se formó como perteneciente a una generación sin maestros.

Y, sin embargo, pese a todo, algo se movía por debajo: el Colegio Hispanoamericano traía ecos del otro lado del Atlántico, algunos seminaristas se reunían en los grupos de Jesús Obrero… pero aún hubo que esperar unos años para que se produjera la rebelión de los estudiantes, la retirada de los añejos profesores y la llegada de una nueva hornada progresista (al menos así parecía entonces): Antonio María Rouco, Fernando Sebastián, Olegario González.

Una nueva teología

Ordenado en 1964, Julio Lois pasó dos años en Roma diplomándose en teología pastoral. Pero, como la de muchos otros sacerdotes en aquel momento, su mirada estaba puesta en Latinoamérica. Y, en efecto, desde 1966 a 1970 trabajó como formador y profesor en el Seminario de Cochabamba, asesor del Movimiento Obrero Cristiano, colaborando a la vez en una parroquia de suburbio. Hay que recordar que en 1968 tuvo lugar la Conferencia de Medellín, que significó el viraje de la Iglesia latinoamericana a una opción real por los pobres. Fue el catalizador de lo que tantos en aquella iglesia estaban ya viviendo y ciertamente fue el caldo de cultivo para la orientación del pensamiento y la vida de Julio.

Vuelto a España, y hasta su jubilación, enseñó en el Instituto de Pastoral de la Universidad Pontificia de Salamanca. No pudo pasar de encargado de cátedra a profesor titular porque Roma nunca le concedió el “nihil obstat” reglamentario. Sin embargo, esta circunstancia no constituyó para él nunca un problema. Jamás se había propuesto hacer carrera ni académica ni eclesiástica. Encargado de cátedra en la Universidad, vicario en una parroquia de Vallecas, con eso tenía suficiente plataforma para lo que deseaba hacer en su vida.

En las antípodas de un Herr Doktor Professor de una facultad teológica alemana, su figura fue siempre la de uno de aquellos que en un artículo de alandar califiqué de pequeños teólogos: teólogos a pie de calle, sencillos, con escasos medios materiales, pero en los que no sólo la teología era importante porque en ellos esa teología iba siempre al compás de su propia vida comprometida. Y, en efecto, Julio no sólo escribía libros e impartía clases sino que proponía iniciativas comunitarias, animaba grupos, daba charlas, acudía donde se requería su presencia. Muchos de los lectores y lectoras de alandar lo recordarán así.

Animador de la Iglesia de Base de Madrid, miembro y presidente durante años de la Asociación de Teólogos Juan XXIII, promotor de asambleas de barrio, su horizonte estuvo siempre en la reforma de la sociedad y de la Iglesia. Siempre luchó por una “Iglesia pobre y de los pobres” pero lo hizo, en todo caso, en un tono radical pero mesurado, huyendo de crispaciones y de enfrentamientos, con una actitud permanente de escucha y de diálogo.?

En 1997 nuestra revista le concedió uno de los premios alandar. Premiaba “su fidelidad a la labor pastoral y teológica de manera callada pero eficaz y permanente, a la vez que comprometido con la realidad social”. El encagado de hacer una pequeña laudatio fue Jesús Burgaleta, hoy también desaparecido. Curiosamente, con aquel estilo suyo tan propio, lo que Jesús alabó no fue sobre todo su obra teológica sino su bondad. De este modo hemos vivido muchos su figura: como un hombre bueno, un buen profesor, un buen creyente, un buen testigo, un buen seguidor de Jesús. Por eso, sin duda el volumen de homenaje que sus amigos y compañeros le dedicaron en 2006 se titulaba “Seguimiento de Jesús y teología”.

En ese título se escondía una palabra -y una realidad- que fue central en el quehacer teológico de Julio. La palabra “pobres”. En efecto, el seguimiento de Jesús no puede hacerse sin una identificación con los pobres y él lo explicó de mil maneras. Su tesis doctoral llevaba por título “Teología de la liberación: la opción por los pobres” y su último libro, del año 2006, el de “El Dios de los pobres”. Este Dios habrá acogido ahora a quien creyó en él y quiso ser, de modo coherente, testigo suyo en la tierra.

Nosotros seguiremos leyendo su teología pero le echaremos mucho de menos. Adiós, Julio, compañero.