Me llama la atención que en el envío de los discípulos por parte de Jesús haya tantas precisiones sobre el cómo ir (sin alforja, sin sandalias, sin dinero, sin cambiar de casa…) y en cambio el qué decir se despacha en una sola frase: «Proclamad que el reinado de Dios está cerca» (Lc 10,9), y tienen que volver a repetirlo incluso en el caso de no ser recibidos y sacudirse entonces el polvo de las sandalias. Ese remate de: “Con todo, sabed que ha llegado el reinado de Dios” suena a pequeña revancha, a un intento de tener la última palabra y quedar por encima a pesar del rechazo. Todo parece estar centrado en la proximidad y en la cercanía entre Dios y nosotros, con el aviso insólito de que se ha domiciliado en nuestro entorno y ha entrado a formar parte de nuestra vecindad. Esta decisión unilateral de instalación, residencia y asentamiento, añade a sus titulaciones de alcurnia (Altísimo, Rey, Señor, Omnipotente, Eterno…) la de Vecino, lo que supone un descenso notable de sublimidad con consecuencias impredecibles.

Y es que un vecino no puede imponerse, hacer cambios, o tomar decisiones sin contar con el resto del vecindario, y más le vale caerles bien. Los pasos de mutuo conocimiento tendrán que ir dándose de un modo gradual y sin prisas, tejiendo hilos relacionales de pequeños favores y  atenciones recíprocas que terminen por vencer los recelos y hacer caer prejuicios. Otra consecuencia es que la categoría distancia se carga de un contenido negativo, hasta el punto de convertirse en la marca diferencial de los personajes de la parábola del samaritano: acierta el que se hizo vecino del herido, mientras que la distancia que toman el sacerdote y el levita los califica desfavorablemente.

Añade a sus titulaciones la condición de Vecino, lo que supone un descenso notable de sublimidad con consecuencias impredecibles.

Un famoso periodista, simulando interesarse por lanzar una start-up de distanciamiento anti estrés, ha conseguido entrevistar a ambos personajes en exclusiva para los lectores de Alandar:  -“Hay que ir por pasos – ha recomendado el levita, sacando de su zurrón un dispositivo electrónico-. Lo primero me compré este inhibidor de proximidad que evita que cualquier dato desagradable (aquel hombre apaleado, por ejemplo…) suelte su carga de alarma y me haga pensar que tiene algo que ver conmigo, causándome inquietud. Presionando por control remoto este botón, se activa una aspersión de humo de efecto difuminador y la escena se vuelve borrosa, pierde su aspecto traumático y se ve mucho más distante de lo que en realidad está. Como además aquel día añadí este simple ecuanimizador emocional, me olvidé en seguida de lo que había visto y recuperé el estado de relax”. Interviene el sacerdote con aire de superioridad: -“¡Todo eso está ya obsoleto! Gracias al 5G, yo he conseguido ya una interconectividad absoluta aumentando radicalmente mi velocidad de transferencia. Aquel día me hubiera gustado atender al herido de la cuneta, pero me esperaba el técnico para enseñarme a descargar  y subir contenidos en Ultra HD y vídeo en 3D. Por cierto, creo que hay en Netflix una serie fantástica sobre una banda que asalta a los que se paran en las áreas de descanso de las autopistas y despellejan a los que se detienen allí. Muy cruda pero superrealista. Y yo soy de los que piensan que hay que estar informado de las cosas que están pasando”.

Al samaritano parece ser que no hubo forma de entrevistarle: dijo que lo de hacerse vecino del herido no tenía importancia y que tenía prisa por llegar a la posada y pagar los gastos: – “Encima de que le he soltado el marrón al posadero y se ha portado como un verdadero amigo sin conocerme de nada, solo faltaba que encima le costara a él un pastizal”. Y salió zumbando sin posar ni siquiera para una foto.

Quizá esté viniendo hacia nosotros. Dicen que es Navidad.