Después de haber dedicado esta columna en diciembre del año pasado a ensalzar la proximidad como valor por excelencia del Evangelio y poner como hoja de perejil la categoría distancia, me da la sensación de que esta última ha decidido vengarse y se ha plantado ante nosotros en plan chulo  diciendo: – “Con que indeseable, ¿eh? Pues aquí me tenéis entre vosotros,  y además para rato”. Me la imagino como si fuera Celia Gámez cantando aquel chotis de después de la guerra: “¡Ya hemos pasao! decimos, los facciosos! ¡Ya hemos pasao! gritamos, los rebeldes! ¡Ya hemos pasao! y estamos en el Prado mirando frente a frente a la señá Cibeles!”

Inútil discutir o darle vueltas: la distancia ha venido y punto, y no nos queda otro remedio que tomar medidas para aprender a manejarla y a incorporarla a nuestra vida de la manera menos dañina posible.

Sus peligros son evidentes: al distanciamiento físico (“que solo se me acerquen a un metro”), puede seguir el social (“que no me vengan con más problemas que yo ya tengo los míos”) y después el emocional (“miro a mi alrededor y siento a la gente como una amenaza”…). Escribía hace poco Martín Caparrós en El País: “Cualquiera puede estar infectado, leproso sin saberlo, sin signos distintivos y entonces lo que siempre fue una forma de discriminación se convierte en puro miedo indiscriminado. Por lo tanto no hay que acercarse a nadie. Hay una forma nueva de sociabilidad que, hace dos meses, habríamos calificado de asocial”.

Por si a alguien le sirve, les propongo dos remedios a los que me voy agarrando en este momento. El primero es la recomendación de Alberto Cortez (hoy tengo un punto filarmónico) en ‘Distancia’ (https://www.youtube.com/watch?v=CwjDnnqvtYs,  gentileza de la autora): “¿Dónde estarán los amigos, distancia, mis compañeros de juegos? ¿Quién sabe dónde se han ido, distancia, lo que habrá sido de ellos? Regresaré a mis estrellas, distancia, les contaré mi secreto, que sigo amando a mi tierra, distancia, aunque me encuentre tan lejos. Un corazón de guitarra quisiera para cantar lo que siento”.

Me he permitido modificar un poco la letra dejándola así: “…Que sigo amando a la gente, distancia, aunque sea desde lejos… Un corazón sin distancia, quisiera, para contar lo que siento…” Por ahí va la cosa, me parece: cuidar “un corazón sin distancia”, para que supla la expresión del afecto y la cordialidad por vía táctil.

El otro remedio es desplazar el tacto hacia la mirada para hacerla ardiente: Jesús, cuando vio al leproso aún lejos,  “se conmovió” (Mc 2, 41)  y, aunque después “extendió la mano y le tocó”(hoy le hubieran puesto una multa), aquella mirada cálida había ido por delante y casi le había curado sola. Y a aquel chaval inquieto y buscador que se le acercó, (economista por  Harvard, startups de alto impacto…) Jesús “le miró con cariño” y le invitó a seguirle.  (Mc 10,21). La cosa no acabó bien porque el chico le sonó el móvil (“perdona, es un zoom importante con gente de Silicon Valley…”) y luego ya se lio con otras cosas y no volvió. Pero estoy segura de que la mirada de Jesús se quedó en stand by esperándole por si acaso se arrepentía.

En fin, que estamos en un cuerpo a cuerpo con la distancia y hay que unir recursos. Quien disponga de alguno, que lo comparta.