En la cátedra de Jesús se han sentado los talibanes. No hagáis ni lo que dicen ni lo que hacen. Esta paráfrasis de las palabras del propio Jesús puede parecer impertinente. Sin duda no lo es más que la sentencia que El pronunció constatando quiénes se habían sentado en la cátedra de Moisés.

Se me ha ocurrido a medida que me iban llegando noticias de las actuaciones de esos nuevos curas vestidos de viudos inconsolables que nos van llegando de los seminarios.

La revista Golias sostiene que hay que denunciar el pecado y al pecador y ella lo hace siempre así. Yo me limitaré a lo primero pero la ficha de los aludidos está a disposición de quien tenga curiosidad.

Un cura joven de un pueblo de Madrid prohibió en una boda que la hermana del novio leyera una carta dirigida a su padre. Hacía un año que éste había muerto tras dos años en coma en hospital. Es que había que hacerlo “todo según el ritual”.

Otro párroco de una diócesis desgajada de la de Madrid ha echado este curso a una señora que llevaba quince años dando catequesis “porque no hablaba a los niños del demonio”.

Un tercero, de un pueblo de Madrid, ha expulsado del coro de la parroquia a una mujer porque fue a cantar a la boda civil de una amiga. El mismo dedicó la homilía de la misa de Navidad al tema de la retirada de los crucifijos de las escuelas (mi informante me comentaba: “yo estoy en contra de quitar los crucifijos pero el día de Navidad…”)

Otro aprovechó la lectura sobre los Reyes Magos para denunciar que los que no se arrodillan en la consagración lo hacen por orgullo, porque no quieren someterse a Dios.

Un obispo de la nueva hornada, también joven, va a hacer en una parroquia la visita pastoral. El día antes el secretario llama a la parroquia para que no olviden poner… ¡el agua para el lavabo de la misa!

Son curas regañones. Uno de un pequeño pueblo de Toledo interpela por la calle a los niños si no han asistido a misa el domingo y a los que van a misa por los que no van. Como consecuencia, gente que asistía normalmente ya ha dejado de hacerlo.

Hace poco un cura de Madrid regañó a sus feligreses tres veces en la misa: porque rezaban el gloria muy deprisa (“¿es que vienen a misa con ganas de irse pronto”?), porque a una señora le sonó el móvil y porque comulgaban trescientos y sólo iban a confesar cinco. Quien me lo cuenta se salió.

Y una historia final: en una exitosa parroquia cercana a Madrid el párroco preside la boda de una pareja tradicional. La novia viene velada. Tras el intercambio de los consentimientos el cura se dirige al novio: “Ya es tu mujer. Puedes levantarle el velo”. A mi lado una feminista comenta: “¿Ya es tu mujer?”. Y a la salida: “Si Freud oye eso de levantarle el velo…”.

A mi modo de ver, aparte de su luto riguroso, hay tres rasgos que identifican a los nuevos curas.

En primer lugar, su sujeción absoluta a la ley. Como en el caso de los escribas y fariseos del tiempo de Jesús, las reglas hay que cumplirlas a rajatabla y el ritual es una absoluta e intocable.

En segundo lugar, vuelven al viejo discurso de la dignidad y la autoridad del sacerdote. Uno cercano a mi parroquia contestó a una objeción de una feligresa con una respuesta bien evangélica: “Donde hay patrón no manda marinero”.

Finalmente, son ideológicamente conservadores cuando no de extrema derecha, con todos los tics de esa postura. Así pues, para ellos los homosexuales son enfermos, las mujeres han de estar sometidas a los maridos, el aborto es peor que el hambre, los pobres son fundamentalmente los que no tienen fe (y no, por ejemplo, los de Haití), Zapatero es la encarnación del diablo…

Eso sí, hay que decirlo a su favor: todos son muy piadosos. Como lo eran los fariseos.