Un cura de Madrid ya fallecido, Santiago García Díez, contaba siempre cosas muy divertidas. Decía, por ejemplo: Mi madre tiene los mismos años que el Papa pero a mí no se me ocurre sacarla al balcón. ¡Qué cosas diría mi madre!

Pues bien, una vez le escuché que, en su primera parroquia en Alcalá de Henares, le tocó como párroco un cura mayor. Recién ordenado, Santiago ideaba acciones pastorales y se las comunicaba a su superior. Invariablemente éste le contestaba: Sí, sí, está muy bien, está muy bien. No vale para nada pero tú no dejes de hacerlo. Santiago añadía que para él fue una gran escuela de iniciación.

Recordando esta anécdota he pensado si se trataría de un cura ilustrado que había leído El mito de Sísifo, la obra filosófica de Albert Camus publicada el año 1941. Como ya es sabido, en la mitología griega Sísifo había sido condenado por los dioses a subir sin cesar a lo alto de una montaña una roca que, una vez arriba, volvía a caer por su propio peso. El autor francés veía este mito como una descripción de la condición humana, abocada a proyectos que van siempre fracasando. Sin embargo, afirmaba Camus, darse cuenta de ese destino lleva a la aceptación y por tanto “hay que imaginarse a Sísifo feliz”. Así terminaba el libro.

Como un recuerdo lleva a otro y una reflexión a otra posterior, se me ha ocurrido pensar en lo siguiente:

En enero de 2006 el cardenal Rouco aprobaba las Constituciones del Tercer Sínodo Diocesano de Madrid. Muchos grupos de cristianos de parroquias o comunidades habían trabajado ilusionadamente durante dos años aportando reflexiones, sugerencias e ideas. Ninguna de ellas quedó reflejada en esas Constituciones finales, un texto conservador, plano, irrelevante, que no aportaba ninguna innovación y que carecía por tanto de cualquier interés. Redactado desde un despacho, no produjo, naturalmente, efecto alguno, salvo -quiero suponer- el del reconocimiento en las instancias romanas de su promotor. Con mucho esfuerzo, Sísifo había subido la roca a la montaña y ahora volvía a verla en el punto de partida.

Pasados más de diez años y retirado el promotor del Sínodo, en junio de 2018 concluyeron los trabajos que habían dado como resultado el Plan Diocesano de Evangelización, éste  promovido por el nuevo arzobispo Carlos Osoro. Durante tres años 769 grupos habían trabajado aportando de nuevo reflexiones, sugerencias e ideas. Han pasado ya cinco trimestres desde la aprobación del Plan sin que su texto, un conjunto de buenas intenciones, haya tenido ningún resultado constatable. Es un Plan cuya aplicación no puede valorarse porque ¿quién puede revisar las buenas intenciones? Sísifo había vuelto a subir la piedra que ahora se encontraba de nuevo a sus pies.

El año que viene Carlos Osoro cumplirá 75 años. Es de esperar que dentro de dos o tres llegue un nuevo arzobispo y los Sísifos de Madrid sean de nuevo convocados a empujar una nueva piedra que al final volverán a ver en la falda de la montaña, tras un esfuerzo igual de inútil que los anteriores.

Alguno puede pensar: pero esos cristianos madrileños, ¿son personas ilusionadas o simplemente ilusas? ¿O quizá son creyentes tan esperanzados que son inmunes a la desilusión? Lo que está claro es que, frente a lo que decía Albert Camus, los Sísifos de Madrid en modo alguno son felices.