Ya se lo decía el zorro al Principito: “Nada es perfecto”. Lo demuestra el hecho de que hasta la palabra “rescate”, que suena a héroes y a hazañas, tiene también su lado sombrío. Porque si eres un minero chileno atrapado en la mina, esperas con ansia que te rescaten, pero como seas de un país periférico y en Bruselas decidan tu rescate, se te avecina la catástrofe y te echas a la calle a dar voces.

A Jesús tuvieron que rescatarle -lo cuenta San Lucas- porque el sistema económico del templo de Jerusalén, mayormente gestionado por los sacerdotes residentes, se sostenía gracias a tarifas establecidas: el primogénito varoncito de cada familia debía quedarse de plantilla en el templo pero, si la familia no estaba por la labor, tenía que rescatarlo entregando a cambio un cordero (adivinen quiénes se lo comían). Si la familia era de pocos posibles, se le aplicaba la tarifa B: un par de tórtolas o dos pichones (sigan adivinando adónde iban a parar los pichoncitos…).

Llegaron José y María con su jaulita para pagar el rescate de su niño, porque ellos eran de pueblo y con pocas pretensiones y les hacía poca gracia lo de dejarlo como pupilo entre un personal cuyo fondo de armario, para que nos hagamos una idea, incluía “efod, pectoral, manto, túnica ajedrezada, turbante y banda, todo en oro, púrpura violácea, roja y escarlata y lino”. En comparación con lo que prescribe Ex 28, el atuendo cardenalicio de hoy es ropa de sport, casual fashion que le dicen ahora.

Así que, gracias a los dos pichones del rescate, pudieron criarle sano y libre entre los vecinos de Nazaret, que eran gente corriente. Lo llevaban a la sinagoga los sábados y fue allí donde debió escuchar por primera vez lo del go’el , una figura clave de la institución familiar de Israel: cuando la vida de alguien estaba en juego, ahí tenía que estar su pariente más próximo para hacerse cargo de su rescate; cuando un hombre era sometido a la esclavitud, redimirle era misión de su go’el (Lv 25, 47); si alguien se arruinaba y tenía que vender la tierra de sus antepasados, correspondía a su go’el rescatar esa tierra (Lv 25,25); y si un hombre moría sin descendencia y el hermano del difunto no quería casarse con la viuda, otro pariente podía convertirse en su go’el e impedir que se perdiera un nombre para siempre (lo cuenta preciosamente la historia de Rut).

En tiempos del exilio, Israel dio un paso de gigante y se atrevió a pensar en Dios como en su familiar más próximo. Y, en vez de subrayar su trascendencia, majestad o lejanía, le reconocieron como su go’el, que era como decirle: “Tú eres nuestro pariente más cercano y tú sabrás por qué, pero has contraído para con nosotros una responsabilidad gravísima: a ti te corresponde sacarnos de la opresión, arrancarnos de la muerte y darnos un futuro”.

Cuando Jesús escuchó lo del go’el debió parecerle que era eso lo que mejor encajaba con lo que él quería ser y un día confesó a los suyos que había descubierto el sentido de su vida: “servir y dar la vida en rescate por muchos” (Mc 10,45). Muy pronto empezó a intuir que rescatar a esa “familia” que somos y a la que se había vinculado iba a tener un precio mayor del que creía al principio. Pero ya no podía volverse atrás, ya no podía dejar de querernos y de sentirse irremediablemente vinculado a nuestro destino. Se sentía marcado para siempre como go’el de esta humanidad nuestra, terrible y maravillosa.

Quería estar junto a nosotros cuando nuestra vida estuviera en juego, cuando peligrara nuestra libertad, cuando nos amenazaran la ruina y el olvido. Estábamos tatuados en la palma de sus manos y lo supo definitivamente cuando las extendió para que se las clavaran al madero. Se había comprometido a entregar la vida por nosotros y él era un hombre de palabra. Pero su go’el también tenía palabra y acudió en su rescate resucitándolo de entre los muertos. Lo proclamamos radiantes cada año con el Alleluya pascual.