Escribo estas líneas bajo el impacto de la convocatoria de otras elecciones, mientras escucho con enfado cómo cada grupo político construye su propio relato, amaña su postura, huye de cualquier responsabilidad, ofrece explicaciones insufribles y aprovecha para volcar culpas a diestro y siniestro. Y me encuentro de repente repitiendo internamente, esta vez en plural, aquel celebrado exabrupto de nuestro rey emérito a Chávez en 2007: “¿Por qué no te callas?”. En aquel momento me pareció de una chulería imperdonable, pero, dado el comportamiento de nuestra clase política, me resulta ahora bastante “ajustado a derecho”.

Pero la cosa va más allá de la verborrea de sus señorías: creo que somos muchos los que sentimos una urgencia imperiosa de silencio y una mayor consciencia del alto nivel de contaminación sonora del discurso en el que estamos inmersos, no solo en lo político:  bajo promesas de información sin límites y entretenimiento sin fin, lo que ha llegado a nuestras vidas ha sido una barahúnda cacofónica que nos ha dejado dispersos y atrofiados. Caemos en la cuenta de la indeseable frecuencia con que las palabras se interponen entre el silencio de las cosas y el silencio de nuestro propio ser y cada vez confiamos menos en que el lenguaje contenga toda la realidad. Nos hemos acostumbrado a vivir zambullidos y aturdidos a partes iguales por una cultura ruidosa, canturreando por lo bajo con Atahualpa Yupanqui: “No necesito silencio, ya no tengo en qué pensar…”. Quizá durante demasiado tiempo hemos dejado que chirriaran los ejes de la carreta y nos hemos amigado con sus chirridos y sus sucedáneos urbanos: el móvil y sus reclamos han tomado el mando y nos han sometido a la tiranía de sus interrupciones; tertulianos y comentaristas se han apoltronado en los sillones de nuestro laberinto auditivo y nos han impuesto sus visiones del pensamiento dominante en política, deporte, cultura o sucesos; torbellinos de imágenes han colonizado nuestro imaginario a una velocidad parecida a la de la luz. Y ya en la cumbre de esa escalada sonora, nos hemos comprado un asistente virtual al que dar órdenes ya desde la puerta: «Alexa ¡conecta el hilo musical!», asegurando así la expulsión de ese okupa aburrido e insípido que nos resulta el silencio.

No necesitamos solamente reflexión la víspera de las elecciones, nos hace falta una etapa más larga de sanación.

No necesitamos solamente reflexión la víspera de las elecciones, nos hace falta una etapa más larga de sanación y quizá sea para los creyentes la ocasión de aceptar la propuesta de Jesús a sus discípulos: “Venid aparte a un lugar apartado a descansar un poco” (Mc 6,31). Con la sagacidad de un experto en marketing que en un lugar atascado de tráfico anuncia una playa desierta, él sabía “vender su producto” y nos sigue invitando a cambiar el ruido y la apariencia de “las esquinas de las plazas”, por el secreto último del propio corazón, donde es posible dejarse mirar en silencio por el Padre y escuchar la autenticidad de una palabra “otra”. 

En ocasiones, su modo de apartar a alguien del barullo rozaba la coacción: “Le presentaron a un ciego pidiéndole que lo tocara. Agarrando al ciego de la mano, le sacó fuera…” (Mc 8,23) “Le presentaron a un sordo que además hablaba con dificultad. Él, apartándole de la gente a solas…” (Mc 7,32).

Quizá lo que estemos necesitando sea precisamente ese “ser agarrados” y “apartados”, con espacio y tiempo para entrenar junto a él nuevas formas de jugar ese partido complicado que es la vida. Los que le conocieron afirman que no había otro manager mejor que él.