Últimamente algunos anuncios me dejan confusa y, a falta de otros alicientes en la cuesta de enero, estoy tratando de averiguar los motivos. Me pregunto, por ejemplo, si será porque otorgo una oportunidad inicial de atención a sus eslóganes y es tal su poderío que, a la larga, me perjudica. “Lo importante está en el interior”, leo otorgando mi asentimiento a tan sabia afirmación, pero en letra más pequeña me informan enseguida (el que avisa no es traidor), de que esa ansiada interioridad reside en un microprocesador y mi interés decae. Otras veces veo que los publicistas no se toman ningún trabajo en despejar las dudas razonables que pueden surgir en la compradora virtual que soy. Por ejemplo, la marca de televisores que me promete “Un amigo en quien confiar”, no precisa si, caso de comprar su marca, ese amigo deseado llegará a mi vida a través de la persona interpuesta del fabricante, del vendedor que me lo coloca, del técnico que me lo instala o del aparato propiamente dicho, en cuyo caso queda en suspenso cómo tengo que proceder para convertir el chisme en receptor de mis problemas o en instancia susceptible de hacerme un favor. Quizá lo expliquen en el libro de instrucciones, pero hace años que he desistido de buscar información en alguno de esos manuales por incompatibilidad de lenguajes.

”Hasta que no lo tengas no sabrás lo útil que es tener la televisión en el móvil”: en principio me siento un poco reacia a abrirme a esa posible utilidad dadas mis circunstancias visuales: para leer los mensajes del móvil necesito las gafas de cerca y en cambio para la TV uso las de lejos y el anuncio no especifica si en la compra van incluidas unas progresivas. En último caso, podría arreglarme con unas bifocales, pero el problema es más de fondo: me piden que dé un salto en el vacío comprando el móvil televidente sin haber comprobado su utilidad y sin saber si voy a conseguir distinguir en la pantallita a Iñaki Gabilondo de Alfredo Urdaci, por poner un ejemplo.

Voy a cortarme el pelo y me ofrecen la demostración gratuita de un tratamiento facial de última generación, a elegir: hidratante, reparador, reafirmante, despigmentante o regenenrador. Pongo como pretexto la prisa, pero es que temo que si vuelvo a mi casa reparada, reafirmada, regenerada y despigmentada, quizá no me reconozcan las de mi comunidad.

Y ya que estamos con lo de la última generación, leo que en el futuro reinará la nanotecnología: “hogares inteligentes con sensores que detectarán la falta de alimentos en la nevera”, viviremos “permanentemente conectados a Internet” (¡qué pesadilla!) y con “experiencias holográficas en 3D y simulaciones de olores y gustos”. De momento me conformo con seguir teniendo la inteligencia corriente sin 3D que me permite darme cuenta por mí misma de que falta leche en la nevera y confiar en mi propio olfato que me avisa cuando se me queman las lentejas. De todas maneras, lejos de mí querer hacerle un feo a la tecnología nánica o nanosa, que sus ventajas tendrá.

Pero es el futuro próximo, lo confieso, lo que me tiene más desasosegada: se acerca mi cumpleaños y veo anunciadas en el dominical del periódico cosas con las que no sabría qué hacer, como “bonos de evasión de Smartbox”. Tampoco sabré qué cara poner si a alguien se le ocurre obsequiarme con el “Diesel Fuel for Life Unlimited for Woman» , con lo desagradable que es el olor a fuel y además porque se anuncia como “un perfume vestido con una media negra de rejilla”, y quedaré como una tonta al preguntar si trae recambio de la funda (por si se le hace una carrera a la media). Me tranquiliza, en cambio, la certeza de que no recibiré el “poderoso elixir con fórmula de polifenoles de los sarmientos de sauvignon de Château d’Yquem”, al carecer de amigos tan solventes como para pagar los 211,50 euros de su precio. Y afortunadamente el “Excel Therapy Premier the Cream” con un “complejo exclusivo de péptidos de arroz y obsidiana de origen volcánico”, es only for men. Menudo alivio ser mujer.