Este verano he leído, releído y anotado un libro importante. Se titula Memoria passionis y su autor es Johann Baptist Metz, uno de los pocos grandes teólogos aún vivos.

Ciertamente no se trata de un libro fácil y no se lo recomiendo sino a quienes estén muy interesados en la teología. Si lo cito aquí es porque quiero compartir en esta columna una idea que me ha resultado clarificadora.

Sostiene Metz, sin duda con razón, que en la vida de Jesús hay dos principales líneas de comportamiento. La primera se centra en la atención al sufrimiento, es una actitud atenta al dolor y la menesterosidad de quienes sufren. La segunda se dirige a la denuncia del pecado. Pero “la primera mirada de Jesús no se dirige al pecado sino al sufrimiento de los otros”.

Cuando la teología comenzó a tomar cuerpo privilegió, sin embargo, la segunda línea y tomó la forma de una soteriología, es decir, de una doctrina sobre la liberación del pecado. En esa perspectiva la muerte en cruz de Jesús se convirtió en uno de sus ejes centrales. Por el contrario la atención al sufrimiento y la reflexión sobre él no alcanzaron la altura que hubiera sido necesaria. La vida de Jesús -y no sólo su muerte- que aquí hubiera sido crucial, no llegó a adquirir verdadera relevancia.

Han tenido que pasar veinte siglos para que se invirtiera esa perspectiva, un cambio que cada uno de los lectores habrá sin duda podido percibir.

En primer lugar, contrariamente a los optimismos ilustrados, el sufrimiento ha alcanzado los primeros puestos de las noticias, de las preocupaciones, de los cuestionamientos. El nuestro es un mundo en que muchas personas sufren de muchos modos.

Por otra parte la propia palabra “pecado” ha casi desaparecido del lenguaje coloquial. La herencia genética, las vivencias infantiles, el medio cultural, la influencia social han ido diluyendo aquella culpa personal consecuencia del pecado. Ya no hay pecadores, hay poseedores de una mala herencia genética, hay personas desatendidas en su infancia, hay víctimas de familias desestructuradas, hay productos de una sociedad violenta…

No es que el pecado no exista. Metz se enfrenta decididamente a esa especie de absolución general, a esa comprensión tolerante de las sociedades avanzadas en las que se ha eclipsado la noción de culpa. Y, sin embargo, a la hora de decidir la actitud fundamental del seguimiento de Jesús, el teólogo alemán la encuentra en la compassio, una expresión latina con la que Metz quiere obviar el regusto sentimental de la palabra compasión.

La mejor teología, la más atenta a los signos de los tiempos, ha respondido a este cambio de sensibilidad. Así, por ejemplo, en su libro Víctimas del pecado, José María Castillo defiende que la preocupación fundamental de Jesús se centró en la felicidad de los seres humanos y, por ende, en liberarlos de sus sufrimientos.

Es fácil ver que, desde esta perspectiva, aparece un nuevo panorama teológico: la vida de Jesús -y no sólo su muerte- como modelo primero; las víctimas como referente irrenunciable; la autoridad de los que sufren frente a la autoridad de los que mandan; el valor de una teología narrativa, en la que el relato no se pierda en conceptos teológicos abstractos; la renuncia al yo no como sacrificio sino por compasión hacia los que sufren; el concepto de Iglesia como oferente al mundo de la compasión; un ecumenismo no de doctrina, de relaciones de compasión…

Parece que, después de las grandes teologías en el siglo XX, ya no quedan sino epígonos y divulgadores. Como si ya sólo fuera posible matizar los temas que ellos hicieron aflorar. No es así. Ya se ha visto que los nuevos tiempos aportan temas nuevos. ¿Habrá teólogos capaces de recogerlos? ¿Y habrá creyentes que los pongan en práctica?