Si no fuera porque ya sabemos que la Biblia está escrita por varones, lo descubriríamos al instante solo con leer cómo hablan del parto. El profeta Jeremías tiene como una fijación con el tema y es una de sus imágenes favoritas cuando quiere presentar situaciones terroríficas y espeluznantes: solo asocia el parto con el ansia, los dolores, los espasmos, los sollozos, los temblores, la cobardía, el miedo y la huída (6,24, 13,21; 22,23). Jerusalén es como una mujer que da a luz por primera vez y que se retuerce gritando por la angustia (Jer 4,31), las parturientas “gritan y sollozan” (y eso que las disculpa por ser primerizas). Es una realidad que provoca el deseo de huir y la reacción que predomina es acobardarse: por eso, para hablar de soldados asustados, los compara con una mujer en parto (48,41). A los enemigos (Damasco, el rey de Moab, el rey de Edom…), para desearles lo peor, se les auguran temblor, dolores y espasmos como de parturienta (49,24; 54, 43) y en una visión sorprendente y genial Jeremías (soltero, al parecer) ve a varones, como parturientas, las manos a las caderas, los rostros demudados y lívidos (30,6).

Isaías tampoco se queda atrás y compara los desfallecimientos, desmayos, espasmos y angustias con los de las parturientas que se retuercen (Is 13,21) y en el colmo de la frustración reconoce: “Concebimos, nos retorcimos ¡y dimos a luz… viento!” (26,17). Tampoco se corta un pelo a la hora de hablar de Dios y pone en su boca esta declaración sorprendente: “Desde antiguo guardé silencio, me callaba, aguantaba; como parturienta grito, jadeo y resuello” (42,16). Imagino cómo se hubiera lanzado la censura eclesiástica (quiero pensar que con Francisco se van a moderar) contra cualquier biblista que hubiera osado hablar de un Dios jadeando, gritando, empujando y resollando.

Pero, frente a esta visión teñida de miedo y aprensión, para el Nuevo Testamento el parto se convierte en una clave de desvelamiento del misterio pascual, rompiendo con la tradición de maldición que lo envolvía. En sus palabras de despedida a los suyos, Jesús se sitúa desde otra perspectiva: «La mujer, cuando da a luz, está triste porque le ha llegado su hora; pero cuando le nace el niño, ya no se acuerda del aprieto por el gozo de que haya nacido una nueva criatura en el mundo»…( Jn 16,21). Solo una mujer que ha parido o alguien muy cercano a ella puede saber por experiencia lo que se siente cuando nace el niño y cesan los dolores. Preciosa esta perspectiva femenina capaz de percibir cómo el dolor y la angustia de la madre se transforman en alegría.

Siempre me he preguntado por qué apenas se alude en la teología y en la liturgia a esta preciosa parábola y, en cambio, seguimos dale que dale con “el ungüento que baja por la barba, la barba de Aarón” (Sal 133,4) y, para reparar tanto descuido, cuento esta sugerente interpretación de las bodas de Caná que hace Françoise Dolto, una psicoanalista católica francesa: en esa escena María vive un nuevo parto en el que “da a luz” a su hijo para la vida pública. Cuando él se resiste alegando que “no ha llegado su hora”, ella no le hace caso y dice a los sirvientes que hagan lo que él les diga: al fin y al cabo es ella la que va a parir y la que conoce en su propio cuerpo los signos de que “la hora” ha llegado.

La Pascua pone ante nosotros a un Jesús partido, que sufre el desgarro de su propio cuerpo para alumbrar la vida a costa de su muerte. Me viene a la memoria la escena en que Raquel, la mujer a la que Jacob amaba tanto, muere en el momento de un parto muy penoso:

”En medio de las angustias del parto le decía la partera: -Ánimo, no tengas miedo, que tienes un niño. En su último suspiro, cuando estaba para expirar, lo llamó Benoní -es decir, Hijo de mi desdicha-, pero su padre lo llamó Benjamín -es decir, Hijo de mi buena fortuna-“. (Gen 35, 17-19).

Creo que este año, ante Jesús en la cruz, me atreveré a repetirle las palabras de ánimo de la partera:

 “Ánimo, no tengas miedo, el dolor de esta hora va a pasar pronto. Deja que en tu corazón se anticipe ya la alegría de sentir que estás alumbrándonos a la Vida. A nosotros, los hijos de tu Buena Fortuna”.