Hace relativamente poco tiempo, antes de tomar posesión de su cargo de arzobispo de Madrid, Carlos Osoro intervino en una charla en el Instituto de Pastoral. El motivo era un acto académico que se cerraba, precisamente, con su intervención. Mi sorpresa fue ver cómo el público asistente, puesto en pie, recibía con una larga ovación al recién nominado pastor de la diócesis madrileña.

Reconozco que tuve un mal pensamiento. Me acordé de la llegada a España de Fernando VII, “el deseado”, en la que los pueblos por donde pasó su comitiva «no cesaron de manifestar con repetidas aclamaciones el júbilo y alegría que le causaba la presencia de Su Majestad”.

Claro está que, después de los veinte años de plomo del cardenal Rouco, cualquiera con una trayectoria medianamente aceptable habría suscitado probablemente las mismas muestras de adhesión, incluso antes de comenzar a actuar.

Y las mismas razones, ahora en otro contexto y con otras connotaciones, me hacen entender que millón y medio de personas tomasen para votar una papeleta encabezada con el retrato de una persona cuyo programa ni siquiera habían leído.

Mi comprensión, sin embargo, no sirve para proporcionarme tranquilidad. No me resulta alentador pensar que las situaciones de tropiezo, de agobio, los momentos de dificultad o de riesgo, las largas temporadas de desánimo hagan que se despierte esa confianza en la llegada de un líder libertador o salvador. Es decir, que se dispare el mesianismo. Ni siquiera nuestra época moderna e ilustrada se ha librado de ese reflejo.

Ahora que la figura de Jesús está en el aire, es bueno recordar que la palabra “mesías” se ha adjudicado preferentemente a él. Fue una figura carismática que llegó precisamente en un momento de gran desazón y esperanza. Hemos hallado al Mesías, dice uno de sus primeros seguidores. Y cuando hace el gesto de dar de comer a la muchedumbre, ésta ya no tiene duda: quiere apoderarse de él para hacerlo rey. Jesús, sin embargo, se escapa (Jn 6,15). En la parábola del gran inquisidor, éste reprocha a Jesús la equivocación de no haber convertido las piedras en pan. Era eso lo que la gente estaba esperando y no la libertad que se empeñó en ofrecerles.

Como era de prever, esa actitud le llevó al abandono de muchos que habían confiado en él. ¿También vosotros queréis marcharos?, así interpela a los pocos que aguantan a su lado.

No estoy seguro de que la crisis económica y moral que estamos sufriendo haya sido un acicate para nuevas empresas, para gestos de empuje, para invenciones creativas. ni en la sociedad ni, tampoco, en la Iglesia. Son bastantes los que reprochan a Francisco que no tome decisiones. Yo opino que está haciendo una siembra de libertad pero acaso estamos esperando, como ocurre en la sociedad, que sea el mesías que nos saque de la atonía convirtiendo las piedras en pan.

Claro está que alguien tiene que liderar los cambios, pero las ideas y el empuje tienen que surgir de cada uno, de lo que piense, comunique y construya. Yo creo que en la Iglesia, incluso en los peores tiempos, ese espíritu no se ha apagado. Temo que en la sociedad civil esperemos siempre a alguien que nos redima. De Jesús, el hombre de la libertad y la confianza, nos dice Juan que “no confiaba en ellos porque conocía todo acerca de las personas. No hacía falta que nadie le dijera sobre la naturaleza humana, pues él sabía lo que había en el corazón de cada persona” (2,24-25). Ya se ha repetido abundantemente el aforismo del marxista Ernst Bloch: “Debajo del citoyen se escondía el bourgeois; ¿qué se esconderá debajo del camarada?”.

Recibamos a Carlos Osoro o a quien nos haya de gobernar pero no les entreguemos nuestra alma. Nosotros creemos en un Mesías que, gracias a Dios (y nunca mejor dicho), llegó hasta la muerte por no serlo.