Ilustración Pepe Estudio JA

En  los miles de videos, comentarios, reflexiones, entrevistas que recorren estos días los medios de comunicación de que cada uno dispone, aparece directa o sobreentendida la pregunta de si la pandemia mundial que sufrimos va a producir cambios en nuestra manera de pensar y de vivir. Confiada como ha sido siempre la humanidad, las respuestas tienden a ser positivas: hemos conocido nuestra vulnerabilidad, nuestra interdependencia, la finitud de nuestra existencia. Nos hemos dado cuenta de la amenaza de la soledad, de la necesidad de la ayuda de otros… Una serie de valores dejados de lado de repente se nos antojan fundamentales. Y a la vez hemos caído en la cuenta de que no es aceptable que haya personas que duermen en la calle o familias sin recursos que al ser confinadas se morían literalmente de hambre.

Confiamos en que será posible otra manera de vivir, más sencilla, más solidaria, más abierta a lo humano.

Todo esto se refiere fundamentalmente a las actitudes personales. En una visión más global se habla de otros modos de cooperación entre las naciones, de una organización mundial distinta. El pensador disidente chino Ai Weiwei se ha atrevido a decir que con esta crisis al capitalismo le ha llegado su fin.

Ciertamente mi opinión no vale más que la de cualquier otro. Tengo sin embargo el privilegio de tener a mi disposición una columna y poder ponerla negro sobre blanco. Lo que pienso es que todo lo dicho sería posible si no existieran los salvajes. Con este adjetivo no me quiero referir a personajes que maniobran para acumular poder, como Orban en Hungría o Erdogan en Turquía. No; me refiero a los verdaderos salvajes. A Vladimir Putin, asentado en el poder para décadas y cuyos oponentes han muerto todos asesinados. Me refiero a Trump, que no ha tomado una decisión que no haya provocado enfrentamientos, convulsiones, sufrimientos de muchos. Pienso en Xi Jinping, presidente del partido comunista chino, que mantiene a 1.400 millones de personas fuera de cualquier derecho y amenazadas siempre con la represión en caso de disidencia, con la ejecución de miles de penas de muerte cada año. Pienso en Mohamed bin Salmán, el heredero saudí, capaz según todos los indicios de organizar la muerte, el descuartizamiento y la posterior desaparición del periodista Jamal Kashoggi en el consulado saudí de Estambul. Pienso en Basar al-Asad, dictador de Siria, que enfrentó unas revueltas estudiantiles con una guerra que ha producido más de 4 millones de refugiados. O en Kim Jong-un, que somete a sus cerca de treinta millones de súbditos al hambre y a la humillación más absoluta. Por no hablar de Netanyahu, ladrón de territorios que no son suyos, perseguidor de palestinos, inmisericorde con la población civil.

Hay más pero cuando pase la pandemia los salvajes seguirán ahí, con su dinero, su petróleo, sus armas y sus sicarios.