No hace tanto, comiendo con un clérigo madrileño, este se lamentó en un momento determinado: “Mira que volver ahora a sacar la memoria de la Guerra Civil”. Como en otras ocasiones, me resultó muy curioso que dos personas de buena voluntad, de formación semejante y profesando la misma fe, pudieran llegar, al ver la realidad, a conclusiones tan distintas. Y más tarde, dándole vueltas a esa frase, se me han ido ocurrido cosas como las que siguen.

Desde su comienzo, la Iglesia ha presidido sus celebraciones no con una imagen de Jesús resucitado sino con una cruz; es decir, con la figura de un ajusticiado. Es un hecho que no deja de ser asombroso. Una organización que cuelga en sus paredes la foto del cadáver de su fundador y no cualquier otra de algún momento triunfal contradice las más elementales reglas del sentido común.

Y, sin embargo, se encierra ahí un sentido profundo. Frente a la historia profana, redactada y protagonizada por los vencedores, el judaísmo primero y después el cristianismo han querido ser la religión de los vencidos: dichosos los pobres, los que lloran, los que son víctimas de la injusticia. Pero esta declaración sería sólo un bonito brindis al sol si no comenzara por rescatarlos del olvido. Precisamente, la desmemoria es el arma primera de los vencedores, de los que redactan la historia como el recuento de sus triunfos. Frente al inmortalizado Napoleón, ¿quién recuerda los cuatro millones de muertos que causaron sus guerras? ¿Quién se acuerda de los miles de inválidos frente al glorioso monumento que se ha apropiado de su nombre?

Por el contrario, un cristianismo digno de su origen ha guardado siempre la memoria de los vencidos porque ha interpretado la historia como un largo acontecer de sufrimientos. No piensa que los que padecieron y fueron olvidados son sólo la prehistoria sobre la que construimos el futuro. En su horizonte está la resurrección de los muertos. Jesús no “bajó a los infiernos”, sino que “descendit ad inferos”, bajó a lo inferior, a lo profundo, a los sótanos de la historia humana, al rescate de los humillados y ofendidos.

Pero si esto es así, el punto de mira de los cristianos ha de estar centrado en el sufrimiento y su mirada compasiva ha de ser reflejo de la de Dios. El dolor y el sufrimiento no sólo de los míos, de los de mi grupo, sino también el de los otros, el de los extraños e, incluso, el de los enemigos.

Todo esto me conduce a justificar mi sentimiento de sorpresa de que la Iglesia no haya apoyado masivamente los intentos de rescatar a las víctimas de la contienda civil, sintiéndose concernida por el dolor de los familiares. También para ella, contagiándose de las actitudes mundanas, la historia ha sido durante años la historia de los vencedores. Salvo contadas excepciones, ahora ha perdido la ocasión de acercarse a los vencidos. ¿Volver a sacar la memoria de la guerra civil? No se trata de eso. Se trata, sí, de rescatar los sufrimientos de aquella guerra. Precisamente en la compasión por el sufrimiento de los otros muestra el cristianismo una imagen, como la de Jesús mismo, a la vez cercana y subversiva.

Si sólo os compadecéis de los amigos, ¿qué merito tenéis? Y si sólo os ocupáis de los sufrimientos de los vuestros, ¿qué hacéis que no hagan los gentiles? Vosotros sed como vuestro Padre celestial que quiere enjugar las lágrimas de todos, buenos o malos, justos o injustos.