Llevo tiempo dándole vueltas a esto de la ley natural porque quienes escriben contra la del aborto la esgrimen como fundamento último de su negativa a aceptarla: un gobierno no puede dictar leyes que vayan contra la ley natural.

No hace tanto que hablaba sobre esto con dos curas, negando yo la existencia de la ley natural. Mi argumento era el siguiente: si tal ley existe, debe haber sido conocida y defendida en todos los tiempos por los mejores pensadores y las personas mejores. Pero lo cierto es que no encuentro ninguna regla moral que haya tenido ese destino. Ni la de no matarás, porque muchas religiones han matado y han permitido hacerlo; ni la igualdad de las personas, porque la esclavitud se ha defendido hasta ayer mismo; ni el matrimonio de un hombre con una mujer porque tanto Moisés como Mahoma aceptaron la poligamia, que sigue vigente hoy día… ¿Qué queda, pues, de esa pretendida ley natural? A la vista de mis posiciones, mis interlocutores me tildaron de positivista.

Por una parte no quiero ir por ahí cargando con ese título infamante y por otra me ha dado qué pensar que santo Tomás diga que “dado que la ley natural se fundamenta en la naturaleza humana, y ésta en Dios, la ley natural no es convencional, es inmutable y la misma para todos”. Así pues, me he pasado algunas horas abriendo archivos de internet para llegar al fin a las conclusiones siguientes: acepto de buena gana que haya unos principios morales que están, como dice san Pablo, en el corazón de todos. Uno sobre todo: haz el bien y evita el mal. Si a eso se le quiere llamar ley natural, nada tengo que oponer. Sin embargo esos principios son tan generales que no sirven de nada si no se va haciendo en cada momento una interpretación que los concrete.

En el Catecismo católico, citando la Humani Generis de Pío XII, se dice que “en la situación actual, la gracia y la revelación son necesarias al hombre pecador para que las verdades religiosas y morales puedan ser conocidas de todos y sin dificultad, con una firme certeza y sin mezcla de error”. Para decirlo lisa y llanamente, es la Iglesia –depositaria de la gracia y la revelación- quien en definitiva tiene que hacer esa interpretación.

Puesto que solamente soy un teólogo aficionado, no me atrevo a hacer afirmaciones muy tajantes. Sin embargo de entrada se me ocurren al menos dos consideraciones. La primera, que una ojeada histórica muestra que en muchas ocasiones no ha sido la Iglesia la que ha hecho mejores propuestas morales. La segunda tiene más calado teológico: no hay una separación tajante entre los que tienen la gracia y la revelación y los que no la tienen. Dice Karl Rahner: “Actos sobrenaturales, impulsados por la gracia, no se encuentran sólo en los justificados. Existen ciertamente estímulos de gracia que preceden a la acogida de la justificación… Hay también gracia fuera de la Iglesia y de los sacramentos”. Y añade: “la trascendencia sobrenatural es algo que viene siempre dado para cada hombre que va madurando para utilizar la razón moral”.

Para decirlo sencillamente: la razón moral necesaria para ir interpretando la ley natural está en todo ser humano que se pone seriamente a utilizarla, no es monopolio de la Iglesia. Y por tanto las decisiones morales que afectan a todos deben ser meditadas por todos. No para acabar aprobándolas por referéndum sino para ir llegando a acuerdos que profundicen cada vez más en la esencia moral de la persona humana.

Espero que después de decir estas cosas -cierto que de una manera demasiado condensada- mis amigos curas ya no me llamen positivista.