En mis tiempos de estudios en Austria, Hugo Rahner, hermano de Karl, gran profesor y gran persona, me dedicó un pequeño libro suyo titulado Der spielende Mensch (El hombre que juega). La dedicatoria rezaba así: “Ite et ludite”. Desde entonces he procurado ir y jugar.

He intentado siempre que mis celebraciones fueran divertidas y cuando me han llamado para dar una charla siempre he pensado: “Ojalá aprendan algo, pero sobre todo que no se aburran, que lo pasen bien”.

He utilizado la palabra “divertidas” aplicada a las celebraciones y no estoy seguro de que sea la más apropiada. Los que estudiamos latín aprendimos que divertido viene de divertere (apartarse) y tiene, por tanto, un matiz escapista, un acento de huída de la realidad. Para mí, divertido es lo que deja espacio y ocasión a lo cambiante, a lo imprevisible, a lo insólito. La sorpresa es consustancial a lo divertido. Por el contrario es aburrido lo invariable, lo previsible, lo establecido e inmutable.

Pues bien. Este propósito lúdico parece estar en contradicción con una empresa, la Iglesia, en que el humor y el juego suelen brillar por su ausencia. Ya el vestir a sus funcionarios de viudos inconsolables es toda una declaración de principios. Pero mucho más lo es el regir toda una vida enormemente multiforme a golpe de reglamentos de valor universal.

Para muchos la Eucaristía, antes que un sacrificio, es una fiesta, la gran fiesta de los cristianos. Pero, ¿alguien se imagina una fiesta en la que todo, desde el principio hasta el final, está reglamentado? ¿No es la fiesta, por definición, el lugar de la demasía, de la exuberancia, de la creatividad? Hace más de nueve años el Vaticano dictó una instrucción sobre la celebración de la Eucaristía. Incluía sesenta o setenta prohibiciones. En aquel momento, en una misa dominical, me dirigí a los asistentes: ¿os molesta que se me vea la camisa? pues está prohibido; ¿os molesta que no lleve cíngulo? pues está prohibido… y así sucesivamente.

Por contar una historia personal, el obispo que me comunicó mi nombramiento para mi última parroquia lo hizo con la recomendación de no salirme del campo, porque “fuera del campo no se juega al fútbol”. Una metáfora poco adecuada. Pero si yo había jugado de pequeño al fútbol en el gran descampado que se extendía desde la trasera de mi casa hasta el antiguo campo del Real Madrid. Entendí, sin embargo, su sentido: “No te salgas de las reglas”.

Pero, aun actuando en esta Iglesia y como un buen funcionario, mi punto de referencia ha sido siempre un Dios siempre sorprendente, un Dios que proclamó por boca de Isaías: “Estoy haciendo algo nuevo. Ya está creciendo, ¿no lo notáis?”, un Dios que ha abierto siempre caminos en el desierto, ríos en el páramo.

Cuando recopilé en un libro cincuenta historias de seguidores de Jesús, me fascinó la variedad de sus iniciativas, la diversidad de sus empresas, lo insólito de sus proyectos. Fueron todas personas creativas y divertidas.

En cambio, qué aburridos otros muchos que, sin embargo, pertenecen a la misma confesión. Palabras repetidas una y otra vez, gestos siempre previsibles y, como último recurso, la ley contra el que quiera innovar.

Con una terminología inapropiada, siempre se ha llamado practicante al que acude a misa los domingos y no practicante a quien se abstiene de hacerlo. Sería mejor llamarles celebrante o no celebrante. Practicante es el que pone a trabajar el espíritu de Jesús, que sopla donde quiere. Practicante es el que ejercita la creatividad del amor. Practicante es quien es divertido.

Estamos a punto de comenzar el curso. Me atrevo a brindar a todos la consigna de Hugo Rahner: “Ite et ludite”.