En anteriores columnas, hablando de católicos en la política, he citado entre otros nombres el de Giorgio La Pira. Popular en Italia, es apenas conocido entre nosotros y quiero por ello dedicarle las líneas que siguen.

De una familia humilde, La Pira nació en 1904 en Pozallo, un pequeño pueblo. Se licenció en Derecho y consiguió la cátedra de Derecho Romano en Florencia. La oposición al fascismo y la creación de una revista católica, I principi, acabaron con su carrera académica. Continuó con sus actividades clandestinas y, ya pasada la guerra, fue elegido en 1951 alcalde de Florencia, un cargo que desempeñaría, en dos mandatos, durante once años.

Gran creyente, profundamente espiritual, vivía con los frailes en el convento de San Marcos y daba a los pobres todo su salario. Despreocupado en absoluto de su imagen, a veces se le reprocharon detalles de su vida, como que usara siempre los calcetines blancos de los frailes o que en una ocasión, habiendo ya regalado su propio abrigo, le diese en pleno invierno el de un colega diputado a un pobre en la puerta del Parlamento. Pero su trabajo como alcalde estuvo al total servicio de la ciudad y de los pobres. Para levantar la Florencia de la posguerra emprendió un programa de costosas obras públicas: reconstruyó los puentes que habían sido volados; creó Isolotto como una ciudad satélite, donde floreció una famosa comunidad cristiana; construyó viviendas de bajo costo y nuevas escuelas; organizó una oficina de alojamiento para hacer frente a cerca de 3.000 casos urgentes; no dudó en bordear la ilegalidad requisando chalets vacíos y realojando en ellos a pobres o desahuciados (decía que todo el mundo tiene derecho a “un trabajo, una casa y música”); intervino en casos de quiebras de empresa, como en la Pignone, donde salvó 1.750 empleos encerrándose con los obreros, en una acción que se hizo legendaria. Decía: «No podemos aceptar una sociedad fundada en el mercado; el hombre no puede ser puesto en venta. Hay que dejar atrás la herencia del capitalismo individualista». Y también: “Para mí la verdadera política es ésta: defender el pan y la vivienda de los pobres, ya que tanto uno como la otra son algo sagrado y no se tocan impunemente”. De ahí que muchos, incluso en su propio partido, aun reconociendo su integridad moral y su honestidad intelectual, le tachasen de marxista clandestino.

Pero La Pira no era marxista. Su doctrina era el Evangelio; su fuerza, como él lo proclamaba, era la de la oración. De oración –y de paz y de libertad- habló con las autoridades del Kremlin en 1959, un viaje que quiso definir como un particular peregrinaje a Zagrosk, el lugar sagrado de la Rusia cristiana. Y de espiritualidad habló en Vietnam en 1965, en plena guerra, en un viaje privado (reunieron el dinero entre varios amigos) pero en el que fue recibido por Ho Chi Min, al que regaló una virgen del Giotto.

Uno y otro viaje tenían por objeto la búsqueda de la paz. La paz era su horizonte y para él la Iglesia estaba “llamada a la misión de llevar a la humanidad sobre el camino de la paz”. Siendo alcalde organizó los Coloquios por la paz y la civilización cristiana; más tarde fue presidente de la Federación mundial de ciudades hermanadas; convocó los Coloquios mediterráneos. A finales de 1967, el año de la guerra relámpago de Israel contra Egipto, Jordania y Siria, La Pira se desplaza a las zonas calientes del conflicto, primero a Israel y después a El Cairo, manteniendo largas conversaciones con Abba Eban y con Nasser.

Muere el 5 de noviembre de 1977. Su féretro es llevado por obreros por las calles de Florencia mientras la muchedumbre en las aceras aplaude a su paso.