Hace dos meses me propuse hablar de la experiencia de Dios, una empresa quizá excesiva para el alcance de estas columnas. Y, sin embargo, una cuestión tan actual y urgente ha de estar abierta a todos y todos podemos y debemos aportar nuestras reflexiones.
Quiero aclarar al comienzo lo que allí ya señalaba: que no me refiero a la experiencia “mística”, a ese contacto directo e inefable con Dios, sino a una experiencia cotidiana, “normal”, enraizada en la vida, al alcance de todos. Karl Rahner argumentó repetidamente que todo ser humano está –lo sepa o no- en la presencia de Dios. Cada uno puede por tanto experimentar en su vida esta presencia.

La historia del pueblo judío no es distinta de la de otros pueblos contemporáneos a él: liderazgos personales, conquistas de territorio, emigraciones, esclavitudes, luchas de liberación, batallas ganadas y perdidas. Pero -y es su rasgo distintivo- los judíos fueron haciendo a lo largo de sus avatares una lectura creyente -una experiencia colectiva de Dios- y la fueron contando a la posteridad. Nosotros venimos de esa tradición, que tiene una estructura esencialmente narrativa, que consta sobre todo de relatos. Al igual que las de los judíos, nuestras experiencias de Dios han de poder contarse, de modo que no hablemos tanto de Dios, el inefable, sino de cómo lo vivimos. “Lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado, lo que hemos tocado con nuestras manos… eso os lo anunciamos… para que vuestra alegría sea perfecta” (1 Jo 1, 1-4).

“El acontecimiento será nuestro maestro interior”, escribió una vez Mounier. El acontecimiento será el lugar de nuestra experiencia de Dios. ¿Y cómo hemos de hacerla? Si Dios es amor, las huellas de su presencia han de ser necesariamente amorosas. Se trata, pues, de rastrearlas y de asombrarnos de que allá donde miremos podamos encontrar señales de amor.

Ya es clásica la distinción entre eros y ágape, entre el amor posesivo, egocéntrico y el amor entregado, generoso. De este segundo amor está el mundo lleno. Los biógrafos de Wittgenstein cuentan que solía exclamar: ”¡Qué extraordinario es que alguna cosa exista!”. De igual modo, el creyente ha de poder decir: “¡Qué extraordinario es que haya amor en el mundo!”.

Dos objeciones saltan fácilmente. La primera dice: lo normal no es la experiencia del amor sino la del desamor, del conflicto, de la violencia. No es así. Resumiéndolo en una frase, Leibnitz decía que hay más viviendas que hospitales. Hay más gozo que sufrimiento, hay más frutos del amor que de su contrario.

La segunda opone: no es amor todo lo que reluce. Es tantas veces únicamente instinto maternal, necesidad de calor humano, deseo de dominación camuflado, moral heredada, presión social, exigencia del superyó… Sin duda es así y, por eso, nuestra experiencia de Dios, como experiencia humana, velada por tantos condicionantes, es siempre oscura. La tradición cristiana ha visto en la cruz de Jesús -ese acto de amor radical, incondicionado-, el lugar por excelencia de la experiencia de Dios. A su lado todos los hechos humanos son ambiguos y requieren, al contemplarlos, la ayuda del Espíritu, que todo lo escudriña. Pero, como expresó, Teilhard de Chardin, para quien mira con ojos de fe el mundo es una “maravillosa diafanía”. “Ella hace posible objetivamente que en la profundidad de todo acontecimiento y de todo elemento transparentemos el calor luminoso de un mismo camino”. “Dios, que hizo al hombre para que éste lo encuentre… este Dios se encuentra tan extendido y tan tangible como una atmósfera que nos bañase. Por todas partes nos envuelve a nosotros como al propio mundo: ¿qué os falta, pues, para que lo podáis abrazar? Tan sólo una cosa: verlo”.