A veces pienso que el purgatorio está aquí y que consiste en tener correo electrónico, abrirlo al llegar a casa después del trabajo y pasar una hora borrando, respondiendo, guardando y viendo vídeos con hermosos atardeceres y frases edificantes. Y así hasta que uno se muera. Pues ahora estoy convencido de que el purgatorio consiste también en tener a Martínez Camino de Secretario de la Conferencia episcopal. Estoy seguro de que, cuando lleguemos al cielo, mucho nos será perdonado porque tuvimos que soportar a Camino.

Como se sabe, nuestro obispo, en un desayuno informativo organizado por el CEU, afirmó que nadie nunca tiene derecho a quitar la vida a un ser humano desde su concepción y añadió que quien afirma que es legítimo quitarle la vida «cae en herejía». Aún más: la herejía que supone afirmar que es legítimo quitar la vida a un ser humano “lleva aparejada la excomunión”. Por tanto, “los católicos que respalden la ley del aborto estarán en situación de pecado público”.

Esas palabras me dejan perplejo porque el artículo 2266 del catecismo de la Iglesia Católica dice así: “…la enseñanza tradicional de la Iglesia ha reconocido el justo fundamento del derecho y deber de la legítima autoridad pública para aplicar penas proporcionadas a la gravedad del delito, sin excluir, en casos de extrema gravedad, el recurso a la pena de muerte”. Por tanto, según las palabras del obispo, los redactores del Catecismo, que afirman que a veces hay derecho a matar a alguien, están excomulgados.

A la vista de todo esto he decidido pensar un poco en esto de la excomunión. El citado Catecismo en su número 1463 asevera que “ciertos pecados particularmente graves están sancionados con la excomunión, la pena eclesiástica más severa, que impide la recepción de los sacramentos y el ejercicio de ciertos actos eclesiásticos”. Es decir, que la excomunión, esa palabra tan fuerte, quiere decir que no te dejan comulgar.

En una carta a todos los obispos del mundo, la Congregación de la Doctrina para la Fe (14/10/1994) dice que los divorciados vueltos a casar están excluidos del sacramento de la comunión. Es decir, están excomulgados. Y por otra parte las parejas que cohabitan sin casarse están igualmente excluidas de la comunión, sobre todo si su situación es pública.

En definitiva, que por unas cosas o por otra los excomulgados son una muchedumbre.

Se dirá que eso no importa, que los principios hay que mantenerlos siempre y que el número de los afectados no es relevante pero ciertamente eso no es tan seguro. Cuando en 1077 el excomulgado era el emperador Enrique IV y tenía que esperar el perdón tres días descalzo en la nieve (así lo cuentan) la cosa adquiría verdaderamente tintes dramáticos. Cuando los excomulgados son legión, el dramatismo se diluye y por tanto la autoridad y la eficacia de la pena.

A esto se añade que el Papa Juan Pablo II dio la comunión a Pinochet cuando era público y notorio que el general era un asesino múltiple y, por tanto, un pecador público que nunca hizo -todo lo contrario- profesión de arrepentimiento. Y la cúpula del episcopado se la daba a Jorge Videla cada 25 de mayo en la catedral. Quiero pensar que el Papa y los obispos argentinos aplicaron un criterio de misericordia. Pues ¿cómo no suponer que muchos sacerdotes aplican el mismo principio misericordioso y no niegan la comunión a tantas personas que no han matado ni hecho mal a nadie y que sólo pretenden vivir felices?
Excomunión, qué cosa tan antigua. Como el propio Martínez Camino.