Noto en muchos síntomas que voy envejeciendo. Hace unos años, sin duda hubiera escrito una columna sobre el piso de Rouco. Hoy, en cambio, se me ocurren cuestiones más trascendentales: la multiculturalidad y su gestión, una ética para todos, el papel de la religión… Son temas que exigen una reflexión urgente pero que trascienden los límites de una columna. Me limitaré, pues, a un tema más casero.

Hoy se oye mucho la expresión “educar en valores” como algo novedoso, como si en otros tiempos se hubiese educado en contravalores, en el odio o la violencia. Creo que lo que se quiere decir es que hay que suscitar valores prescindiendo de toda fundamentación religiosa. La cosa tiene sus dificultades, sobre todo porque, como ya se ha puesto bien de manifiesto, al caducar el principio de autoridad, no queda otra posibilidad que la de suscitar el convencimiento. Toda educación habrá de ser seductora porque ya no puede ser impositiva y en esa capacidad de seducción ha de jugar un papel importante la ejemplaridad.

Como es sabido, Javier Gomá ha acuñado y puesto en circulación este concepto de ejemplaridad. Su argumentación se resume de este modo: la sociedad occidental ha separado el ámbito público del privado. El primero es el espacio de la ley, quien la cumple ha hecho lo que debía. El privado es propio y personal, inmune a las miradas ajenas. Y, sin embargo, hay conductas privadas que, sin ser delictivas, producen reacciones negativas. Ahí es donde es importante el concepto de ejemplaridad. Por hacer referencia a un caso sonado, viajar a Botsuana para matar un elefante es un asunto privado. Sin embargo, Juan Carlos tuvo que pedir disculpas por ello.

Estoy convencido de que uno de los obstáculos para esa educación en valores, -que, repito, ha de ser seductora y no impositiva- es la falta de conductas públicas ejemplares. Quienes asisten al espectáculo de la corrupción generalizada no se dejarán convencer fácilmente de la necesidad de ser honrado. Los educandos que asisten a la falta de diálogo entre los políticos y los partidos difícilmente se convencerán de la importancia del respeto, el diálogo y la concordia. Lo mismo ocurrirá si abren Youtube y encuentran un vídeo en que uno de los nuevos dirigentes políticos afirma: “Pido disculpas por no romper la cara a todos los fachas con los que discuto en televisión”.

Hay, no obstante, ejemplos distintos. Por ejemplo, pocos saben cuáles han sido las medidas de gobierno que el presidente Mújica ha tomado en Uruguay. Sin embargo, muchos han quedado seducidos por sus actitudes, por su manera de encarar la vida, incluso por su forma de reconocer sus propios límites. En definitiva, por su ejemplaridad.

Al papa Francisco muchos le reprochan que haya tomado pocas decisiones. Todos, sin embargo, reconocen en él su ejemplaridad, esa capacidad de seducción de sus palabras y sus actitudes.

La Iglesia ha promovido desde siempre la memoria de los santos. En la celebración de la Pascua los hemos invocado como acompañantes. Todos tenemos algunos a cuyo recuerdo y modelo nos acogemos. Leemos el Cántico de las criaturas, nos asomamos al Cántico espiritual y sentimos su poder de atracción, su fuerza curativa. Lo mismo nos pasa con nuestros santos familiares, con aquellas figuras que han configurado en parte nuestra vida. Y lamentamos que al mirar alrededor encontremos tantas que nos defraudan y desmotivan.

Y ahora era el momento para hablar del piso de Rouco, pero una columna da poco de sí.