Andaba dándole vueltas a otra columna sobre San Pablo para seguir colaborando con los fastos del año paulino cuando, de manera imprevista, otro Pablo se ha cruzado en mi camino desviándome de mi intención primera y dándole la razón al Duque de Mantua cuando canta en Rigoletto: “La donna è mobile qual piuma al vento, muta d’accento e di pensiero”…

A este otro Pablo me lo he encontrado en Isla Negra (Chile), descansando en su tumba delante de la casa en la que vivió y escribió, frente a las olas que veía romper en el acantilado. Me estoy refiriendo, ya se lo imaginan, a Pablo Neruda, que ha sido uno de los mayores impactos vividos en el mes que he pasado en Chile. Y es que no es lo mismo leer su poesía que estar dentro de su casa y respirar allí dentro la presencia de una personalidad descomunal que deslumbra, sobre todo, por su capacidad asombrosa de contactar con la vida.

Él mismo dirigió la construcción de su casa de techos bajos, pisos de madera crujientes y pasillos estrechos, llena de mil objetos de los que podía decir: “Como todas las cosas están llenas de mi alma…” Porque se siente su alma en cada mascarón de proa de formas femeninas, cada una con su carácter y sus caprichos, y en cada máscara africana, cada brújula o cada concha marina que parecen contar una historia diferente. Las maderas que escogió para las paredes o el suelo tenían la misión de recordarle el olor de los bosques chilenos, y al caballo de cartón de tamaño natural que acariciaba de niño y consiguió rescatar de un derribo le construyó una cuadra para seguir en contacto con su infancia.

Pero es sobre todo con el mar con quien Neruda mantenía una relación viva: lo sentía, lo conocía, lo admiraba, se dejaba desafiar y sorprender por él. “Matilde, hoy el mar me trae algo”, dijo un día cuando miraba a través de los prismáticos, y estuvo toda la mañana al acecho, hasta que las olas dejaron en la playa una madera que resultó ser resto de un navío y que convirtió en su escritorio.

Qué maravilla la existencia de un ser humano con una sensibilidad tan extremada, capaz de vibrar ante el menor roce de lo humano y ante la palabra mágica de las cosas. Frente a ciertas corrientes de religiosidad enlutada y constreñida, entretenida en puntillas, códigos y rúbricas, el corazón se inclina hacia este agnosticón vitalista y cordial, re-ligado a la vida y apasionado por la justicia, que no sólo sabía descifrar los mensajes de la piel de las uvas y de la madera, sino que consiguió traer a Chile en barco a dos mil refugiados españoles después de la guerra civil. Él mismo lo cuenta: “Venían de campos de concentración, de inhóspitas regiones del desierto. Venían de la angustia, de la derrota y este barco debía llenarse con ellos para traerlos a las costas de Chile, a mi propio mundo que los acogía. Eran los combatientes españoles que cruzaron la frontera de Francia hacia un exilio que dura más de 30 años. Recoger a estos seres desperdigados, escogerlos en los más remotos campamentos y llevarlos hasta aquel día azul, frente al mar de Francia, donde suavemente se mecía el barco Winnipeg, fue cosa grave, fue asunto enredado, fue trabajo de devoción y desesperación. Yo decretaba el último Sí o el último No. Pero yo soy más Sí que No, de modo que dije siempre Sí. Que la crítica borre toda mi poesía, si le parece. Pero este poema, que hoy recuerdo, no podrá borrarlo nadie”.

Y como el lenguaje poético es el más cercano al religioso, cuando le escuchamos decir: “Quiero hacer contigo lo que la primavera hace con los cerezos”, sentimos que es precisamente eso lo que la Pascua quiere hacer con nosotros.

Muchas gracias, Don Pablo.