Mi anterior columna de alandar -un pequeño panfleto, lo reconozco-, titulada “Católicos en la vida pública”-, me ha reportado críticas y sugerencias. Por ejemplo, la de tener en cuenta a Federico Mayor Zaragoza, cristiano y dueño de una impecable trayectoria política, en la que la fe y las acciones han ido siempre de la mano. Pues que así conste.

Ya sé que muchísimos católicos participan en tareas de la vida pública, personalmente o como partícipes de asociaciones y por eso puede que el título no fuese el adecuado, ya que mi artículo se refería concretamente a católicos en la vida política propiamente dicha. Sobre esto me atrevo a esbozar una reflexión que ha de ser, sin duda, mucho más matizada que el artículo anterior.

Comienzo con una duda, acaso inmotivada. Jesús recomendó con su palabra y su vida la renuncia al poder. Quien ganará su vida es el que la pierda y quien se despoje de lo suyo habrá emprendido el buen camino. Y, sin embargo, la política activa consiste precisamente en la conquista del poder. ¿No parece haber una oposición radical entre el esquema de Jesús y la racionalidad política?

Me viene a la cabeza, quizá como tentación, el caso de Nicaragua. La primera revolución, en la que la influencia de los cristianos fue patente, en la que acaso por eso no hubo represalias ni venganzas, terminó con el afianzamiento de un corrupto con tintes dictatoriales -eso sí, vuelto ahora a la religión- y con la dimisión de todos los cristianos de primera hora. ¿Será que quien llega al poder tiene que jugar con las reglas del poder, someterse a las presiones del poder, recorrer sus caminos, so pena en caso contrario de ser eliminado tarde o temprano? ¿No asistimos ahora mismo a un discurso en que los gobernantes confiesan que han de hacer -incluso contra sus convicciones- lo que toca, es decir, lo que mandan los poderes fácticos, bien poderosos?

En alguno de sus escritos, Emmanuel Mounier afirma: “Ayudaremos a los revolucionarios a hacer la revolución pero, cuando lleguen al poder, criticaremos a los revolucionarios”. Parece, pues, que el papel de los cristianos es estar en la oposición, como parece que lo hizo el mismo Jesús.

No quiero, sin embargo, quedarme en esta conclusión que parece pesimista. Hablando del personalismo, frente a quienes querían uncirlo a una u otra de las corrientes y los partidos de su tiempo, escribía el mismo Mounier: “Para algunos, el personalismo parece inalcanzable, la razón radica en que éstos buscan en la acción personalista un sistema, cuando en realidad es perspectiva, método y exigencia”. Traduciendo estas tres palabras al momento presente, un político católico debería tener una perspectiva de unidad, en la que bienestar y espiritualidad fueran de la mano; un método según el cual cada momento es momento de hacer historia, de construir futuro; y un compromiso con los que sufren, cuya autoridad debería ser explícitamente reconocida.

¿Es esto posible? Sí, lo es y en mi artículo anterior citaba los casos de Adenauer, Robert Schuman, Giorgio La Pira. Por desgracia, se trata de casos excepcionales. Mientras los políticos se sientan deudores a las reglas del partido (“el que se mueva no sale en la foto”), mientras las encuestas determinen los programas, mientras el número de escaños condicione las declaraciones y las decisiones políticas, los políticos católicos serán, en el mejor caso, honrados (y ya es mucho en este país) pero poca cosa más. Y ya se sabe que si la sal se vuelve sosa no sirve sino para tirarla fuera y que la pise la gente. O que la abuchee ante el Parlamento.