Los sabios de Israel decían cosas cargadas de razón -que para eso eran sabios- y al tema de los amigos le dedican sentencias fantásticas: “Al amigo fiel tenlo por amigo; el que lo encuentra, encuentra un tesoro; un amigo fiel no tiene precio ni se puede pagar su valor; un amigo fiel es un talismán…” (Eclo 6,16); “Amigo nuevo es vino nuevo: deja que envejezca y lo beberás” (Eclo 9, 10); “En toda ocasión ama el amigo, el hermano nace para el peligro” (Pr 17,17)…

A la hora de contar historias de amistades, ahí están Rut y Noemí, nuera y suegra, que lo tenían difícil para ser amigas: no coincidían ni en edad, ni en patria, ni en lengua, ni en cultura, ni en religión. Pero eran viudas sin hijos y emigrantes sin un céntimo y se las apañaron para establecer entre ellas un precioso vínculo de complicidad y cooperación. Tejieron entre las dos una sagaz trama en torno a Booz, un soltero ya madurito y con posibles; él terminó por enamorarse de Rut, la cosa acabó en boda y nació un niño que iba a ser nada menos que abuelo de David.

Otros amigos de renombre fueron David y Jonatán, una amistad que surgió de manera fulminante: “Jonatán se encariñó con David y lo quería como a sí mismo; se quitó el manto que llevaba y se lo dio a David y también su ropa, la espada, el arco y el cinto”. (1 Sam 18, 5-7). También David lo quería muchísimo, tanto que, cuando se enteró de su muerte en combate se puso a llorar y gemía: “¡Jonatán, herido en tus alturas! ¡Cómo sufro por ti, Jonatán, hermano mío! ¡Ay, cómo te quería! Tu amor era para mí más maravilloso que el amor de mujeres…” (2 Sam 1, 27). Y que nadie piense lo que no era: David tenía concubinas por un tubo, además de aquel affaire con Betsabé que pueden leer en 2 Sam 11.

Pero todo esto es nada en comparación con la amistad entre Jesús y sus discípulos. Es verdad que él tenía inmensa compasión y ternura con las personas machacadas que se iba encontrando y por eso los sanaba y se acercaba a ellos y les decía palabras de ánimo, pero amistad, lo que se dice amistad, con quienes la tuvo fue con los Betania’s brother and sisters y con el grupo de amigos y discípulos que iban con él (mujeres incluidas): pasaron mucho tiempo caminando, descansando y comiendo juntos, compartiendo alegrías y rechazos, hablando de las cosas del Reino. Él buscaba su compañía, excepto cuando se marchaba solo a orar: había en él una atracción poderosa hacia la soledad y a la vez una necesidad irresistible de contar con los suyos como amigos y confidentes. Al principio ellos creyeron merecerlo: al fin y al cabo, lo habían dejado todo para seguirle y se sentían orgullosos de haber dado aquel paso. Les parecía natural que el Maestro tomara partido por ellos, como cuando los acusaron de coger espigas en sábado y él los defendió (Mc 2,23-27); o cuando el mar en tempestad casi hundía su barca y él le ordenó enmudecer (Mc 4,35-41); o cuando volvieron exhaustos de recorrer las aldeas y se los llevó a un lugar solitario para que descansaran (Mc 6,30-31). En la escena de la transfiguración, en medio de resplandores, blancuras refulgentes, visitantes ilustres, nube y voz del Padre, Jesús no pierde de vista ni un momento a sus tres amigos, acobardados y encogidos en medio de semejante apoteosis. Se acerca a ellos, los toca para tranquilizarlos y es casi como si le dijera al Padre: “Hablamos luego, Abba. Ahora llévate a la nube, que se me están asustando estos chicos…” (Me van a echar de la asociación de biblistas por hacer este tipo de exégesis…).

En los preparativos de la última cena, ni una referencia por parte de Jesús a ritos, ázimos, cordero, oraciones o lecturas: quiere cenar con sus amigos y para eso necesitan encontrar una sala en la que haya espacio para estar juntos esa noche, sólo con lo necesario para celebrar entre amigos. “Iré delante de vosotros a Galilea” -les dijo- y será allí donde se reencuentren gozosamente junto al lago.

La Pascua ha ensanchado el círculo y ahora esa experiencia de amistad con el Viviente está abierta para todos nosotros. Un sufí decía: “Viendo las huellas dejadas por la brisa, mido lo que será el Huracán de la alegría”. Esa alegría única que posee el Amigo que nos espera en Galilea.