Me cuenta un amigo sobre una boda en la que el celebrante, del Opus Dei, terminó su sermón, muy ideológico, con la consigna: “Hijos, los que Dios quiera”. Y añade que, en ese punto, se salió de la iglesia.

No hace tantos años hubiéramos aceptado esa frase sin reserva alguna. Hoy vemos que hacerlo supone admitir que Dios determina el número de hijos que debe tener una pareja, que ese decreto es absoluto como Dios mismo y que hay gente que sabe interpretarlo, también de modo absoluto. Ciertamente ya no estamos dispuestos a aceptar todo eso. Más bien pensamos que tener hijos y cuántos es algo muy relativo, condicionado por múltiples circunstancias (personales, ambientales, económicas…) y dejado en definitiva a la autonomía, siempre relativa, de las personas.

Dicho esto, se me ocurre pensar que lo que diferencia a las dos Iglesias realmente existentes es que una ha relativizado realidades que se le presentaron como absolutas y la otra sigue dotando de carácter absoluto a cosas que no lo tienen.

En mi intento de comprender las razones de esta postura no encuentro otra que el miedo al nihilismo que tanto ha denunciado el Papa actual. Parece que si todo es relativo, nada vale verdaderamente y por tanto los valores carecen de relevancia. Es una razón pero no me parece convincente. Por el contrario, pienso que la originalidad del cristianismo consiste en proclamar que el absoluto de Dios ha revestido nuestra relatividad. Dios, el que habita en una luz inaccesible, se ha atrevido a mostrarse en las formas relativas de lo humano.

Leemos la Biblia y añadimos: “palabra de Dios” y, en efecto, lo es. Pero ya sabemos que se trata de una palabra humana, condicionada como todas por su tiempo y sus circunstancias. Es “palabra de Dios” relativa. Quienes digan otra cosa deberán, por ejemplo, dejar de comer morcilla o animales sofocados, porque así lo decidieron el Espíritu Santo y los apóstoles (Hechos 15,29).

Verdaderamente no logro entender por qué ese precepto se ha relativizado y en cambio no son igual de relativas las oraciones eucarísticas, los ritos de los sacramentos o las múltiples normas del Derecho Canónico (por ejemplo, las relativas al matrimonio). Durante ocho siglos pareció tener un valor absoluto la confesión pública realizada una vez en la vida pero cuando se hicieron demasiado patentes sus desventajas, se sustituyó por la confesión privada que hemos conocido ¿por qué ahora se tiene ésta por absoluta y se prohíben fórmulas que se revelan mejores?

El mandamiento segundo -”no tomarás el nombre de Dios en vano”- prohíbe aplicar el absoluto de Dios a realidades relativas, revestirlas con una cualidad que sólo a Dios pertenece y es bien evidente que el cristianismo ha caído demasiado en la tentación de hacerlo. Es urgente, pues, una terapia de relativización: “tomarse en serio a Dios y reírse de uno mismo” y también de las formas, los ritos y las palabras. Reírse más fuerte cuanto más se hayan disfrazado de absolutos.

Llegados a este punto hay que decir que el que todo sea relativo no quiere decir que todo valga igual. Siendo todas relativas, hay palabras, acciones, normas mejores o peores y en consecuencia hace falta siempre una labor de discernimiento. “Probadlo todo y quedaos con lo bueno” (1 Tes 5,21) es una sabia norma de san Pablo. Y, junto a eso, una labor de diálogo; las cosas son también relativas porque se ven desde perspectivas diversas.

No cabe ocultar que este planteamiento suscita numerosas preguntas: ¿no se caerá en el peligro de banalizarlo todo? ¿qué queda que sea absoluto? ¿cómo se manifiesta el absoluto de Dios en la realidad relativa?… Queden todas para un próximo artículo.