safe_image.jpgCon este sugerente y comprometido título hemos celebrado nuestra fe y vida cerca de 400 personas, llegadas de toda Andalucia y algunas de fuera, en un hotel de El Morche (Málaga), durante los días 21, 22 y 23 de noviembre. Cada año, desde hace 34, nos citamos urgidos por el mensaje atrayente y gratificante de Jesús de Nazaret, alternando las Semanas de Teología con los Encuentros de Comunidades.

La mayoría de los participantes somos ya mayores, fruto del Vaticano II, con un bagaje de vida y experiencias solidarias muy significativas, siempre inspirados en la figura y mensaje de Jesús. Pertenecemos a distintas comunidades cristianas populares y parroquiales. Hay algunos sacerdotes, muchas religiosas y el mayor número, laicos y laicas. Trabajamos en distintos proyectos solidarios con la convicción de que otro mundo es posible y otra Iglesia, necesaria. La humanidad de Jesús de Nazaret es nuestro referente de vida y acción. El objetivo, siempre el mismo: volver al mensaje humanizador de Jesús y comprometernos a ponerlo en práctica desde y junto a las víctimas de nuestra sociedad.

En estos días hemos podido comprobar que Jesús siempre nos sorprende. Su religiosidad y su Dios eran bien distintos a la Religión y al Dios de los judíos, como nos indicaba José María Castillo en la primera y clarividente ponencia. No solo es distinta sino opuesta, incompatible. De ahí la constante tensión entre los sacerdotes, escribas y fariseos contra la manera de ser, pensar y actuar de Jesús. La Religión judía estaba centrada en el templo, en sus ritos, sacrificios, normas y leyes. Exigía sometimiento a las mismas y a sus representantes. Oprimía más que liberaba.

En cambio, la religiosidad de Jesús está centrada en la relación íntima y amorosa con su Padre -al que obedece fielmente-. y su cercanía profundamente humana hacia todas las personas y, especialmente, a los excluidos de aquella sociedad: enfermos, prostitutas, pecadores públicos, campesinos sin tierra, etc. Desde ahí hace la oferta a sus seguidores: construir el Reino de Dios, es decir, trabajar por una sociedad nueva donde todos tienen cabida y nadie quede excluido del calor de la fraternidad.

Hoy, lamentablemente, aún perduran en nuestra Iglesia reminiscencias de la Religión judía. Ritos, ceremonias, mandamientos y leyes ocupan la mente, el corazón y la práctica de la mayoría de los bautizados. La misma Iglesia está ocupada y preocupada por renovar las celebraciones sacramentales pero con poco o nulo resultado. Y es que la novedad del Evangelio de Jesús, una vida al servicio de los demás, está reñida con cumplimientos y leyes. ¿Cómo presentar, en estos tiempos nuevos, la oferta salvadora de Jesús sin aditivos que la oscurezcan o anulen?. “Sean creativos, nos dice el papa Francisco. No tengan miedo a equivocarse”, “El evangelio nos invita siempre a correr el riesgo del encuentro con el rostro del otro… El Hijo de Dios, en su encarnación, nos invita a la revolución de la ternura (Nº 88 de La Alegría del Evangelio). Es el reto que tenemos sus seguidores para ser creíbles.

Todo lo anterior lo fue concretando, en la segunda ponencia, J. Antonio Pagola en la persona de Jesús y su comportamiento: Una vida al servicio del proyecto humanizador del Padre. Se identifica con los últimos de aquella sociedad, víctimas del poder político, económico y religioso. Le hace un sitio en su vida acogiéndolos, poniéndolos en camino, devolviéndoles su dignidad robada.

La primera preocupación de Jesús es el sufrimiento de los inocentes. Se indigna contra los opresores y denuncia su proceder injusto. Jesús es la Buena Noticia para todos aquellos que solo reciben malas noticias, empobrecidos, desahuciados, rechazados por la misma religión, enfermos…

Nosotros no somos de los últimos, nos decía Pagola. Necesitamos convertirnos: situarnos en el lugar de los últimos compartiendo y defendiendo su causa, que es la causa de Jesús. Romper la cultura de la indiferencia en la que estamos instalados. Pensar desde el sufrimiento de las víctimas, hacerles sitio en nuestra vida, recuperar la indignación profética ante tantos desmanes, promover la cultura de la solidaridad global y crear espacios de humanidad en un mundo y una sociedad tan deshumanizada.

La teóloga Mari Enrique, tercera ponencia, visualiza la situación de las mujeres: las más pobres de las pobres y en tiempo de Jesús doblemente víctimas: por ser mujeres y por ser pobres. La postura de Jesús respecto a las mujeres es bien clara y ejemplar: las atiende, escucha y defiende, devolviéndoles la dignidad de personas, en los encuentros frecuentes, a pesar de la prohibición legal establecida. Entran a formar parte de las preferidas de Jesús junto a enfermos y pobres. Ellas, por su parte, lo admiran y siguen y son las más fieles y valientes a la hora de la dificultad. Serán las primeras en recibir la noticia de su resurrección y quienes la comuniquen a los demás. En cierto sentido, resucitan a Jesús.

Mari Enrique insiste en que la experiencia de la mujer a través de la historia es la de no poder, no tener, no valer, no contar, no saber… Una discriminación generalizada que aún perdura en nuestra sociedad y en nuestra Iglesia. Luchar contra este desequilibrio mundial nos obliga a hacer una decidida defensa de los derechos humanos, que coincide bastante con el mensaje de Jesús. Hay que seguir propugnando un mundo diferente, de iguales, con capacidades constructivas complementarias. Nos hace una llamada a vivir una espiritualidad liberadora e integradora.

Finalmente, Pepe Godoy, el Pope, con su habitual pedagogía, nos presenta en la pantalla, en primer lugar, una síntesis de la situación social de Galilea en tiempo de Jesús. Dos grupos sociales: uno bien reducido, de terratenientes que viven en Tiberíades, capital de Galilea o en Jerusalen. El otro, mayoría de la población, formada por pequeños propietarios agrícolas, pescadores, jornaleros sin tierra y artesanos. No existe clase media. Se sienten indefensos y desheredados sociales ante el poder religioso, político y económico. En esa situación de pobreza y marginación se esperaba al Mesías para instaurar el Reinado de Dios y acabar así con toda injusticia y opresión.

Jesús pertenecía a la sociedad oprimida y, además, se sitúa deliberadamente en el lugar de las víctimas de la exclusión, en los márgenes, fuera de la religión y la sociedad.

No podremos captar el alcance y hondura de la fe en el Dios de Jesús, si no lo vivimos desde las víctimas de la exclusión. Si Dios existe tiene que ser como Jesús lo experimentó y trasmitió: Dios Padre-Madre, lleno de ternura ante las personas que sufren por cualquier causa. Jesús nos muestra el verdadero rostro de Dios y profundiza en la fraternidad como la realización más gozosa de la felicidad humana.

La fraternidad humana es la gran riqueza que Jesús de Nazaret ha aportado a la humanidad. Dos objetivos en este empeño: a) liberar a las personas de la opresión religiosa (pureza legal, sábado, sacrificios rituales, templo, pecado..), es decir, desmontar todo un sistema religioso opresor, le llevaría a la muerte y b) sugerir pistas de comportamiento para facilitar la convivencia entre las personas y, a través de ella, conseguir la felicidad personal y colectiva.

En este sentido, Pope ofrece una relación de comportamientos sacados de la vida y práctica de Jesús que resume de esta manera:

. No os consideréis superiores ni inferiores a los demás. Nadie padre ni superior, todos sois hermanos…

. Sed flexibles, aprended a ceder. No al ojo por ojo … no hagáis frente al mal…

. Evitad los desplantes, las ofensas. Tratad a los demás como queréis ser tratados…

. Tened el coraje y la generosidad de pedir perdón y perdonad. Hasta siete veces siete…

. Compartid y que nadie quede excluido de la mesa común. Cuando se comparte, se multiplica…

. Acoged y prestad ayuda especialmente a los que más lo necesitan. He venido a buscar a los pecadores…

“Jesús dejó sentado que el camino hacia Dios no pasa por el poder, ni por el templo, ni por el sacerdocio, ni por la ley… Pasa por los excluidos de a historia”, nos dice González Faus.

En las reuniones de grupos, después de cada ponencia, compartimos opiniones, experiencias y nuevas maneras de vivir la fe, no individual sino comunitaria. Riqueza que brota de la generosidad bien probada de los participantes en estos encuentros, que, a través de tantos años, vividos a la intemperie, la mayoría sin la cobertura de instituciones oficiales, viven y vivimos en una resistencia activa frente a toda clase de poder que, generalmente, oprime.

En la Eucaristía celebrada, acción de gracias, fraternal, compartida con Jesús y los hermanos y hermanas, de nuevo renovamos nuestro compromiso de seguir a Jesús desde las víctimas de esta sociedad que, desgraciadamente, aumentan y se diversifican en estos momentos críticos que vivimos. Recordamos a los grupos más vulnerables de nuestro entorno: inmigrantes, familias desahuciadas, mujeres maltratadas, hermanos de Melilla, las pateras, nuestros jóvenes sin futuro, los miles de parados en nuestra Andalucía… A pesar de todo, la alegría, el entusiasmo, personal y comunitario, nos contagió para seguir en el compromiso, extraordinario y gratificante de hacer un mundo más humano, fraterno y solidario, que fue y es el sueño de Jesús y también el nuestro.