Ningún ser humano es una islaAgosto, en España, es un mes tradicional de vacaciones, de relajo y descanso. Un poco vacío. Nada sucede. Pero los liturgistas de este ciclo A en que estamos, los que organizan las lecturas debieron pensar que no debía ser así. Pensaron, y con razón, que la Palabra de Dios tiende siempre a complicarnos un poco la vida.

Todo empieza muy tranquilo. El primer domingo (18º Tiempo Ordinario, 3 de agosto) comienza con la multiplicación de los panes y los peces. Jesús que ve el gentío, le da lástima y les da de comer. ¡Magnifica imagen del Reino! Hay comida para todos. Todos la comparten en paz. Todos comen hasta quedar satisfechos. Los dos siguientes domingos (19º Tiempo Ordinario, 10 de agosto, y 20º Tiempo Ordinario, 17 de agosto) se mueven en una tesitura parecida. Si los discípulos deciden irse solos pero la barca se ve envuelta en una tempestad, Jesús se acerca a ellos, ¡caminando sobre las aguas!, para ayudarlos y que se sientan tranquilos. El encuentro con la cananea nos asegura que la buena nueva del Reino no es solo para un grupeto. Salta sobre las fronteras de todo tipo y, mediante la fe, todos tienen acceso al amor de Dios que cuida de nosotros y nos salva de nuestras pobrezas.

Pero hete aquí que los dos últimos domingos (21º Tiempo Ordinario, 24 de agosto, y 22º Tiempo Ordinario, 31 de agosto) cambian radicalmente el tono. Mejor dicho, es Jesús el que cambia el tono y habla con radicalizad a sus discípulos: “Vosotros, ¿quién decís que soy yo?”. Jesús nos invita a cada uno a definirnos frente a él. El Reino no es sólo celebrar comidas juntos y pasarlo bien con los hermanos y hermanas de la comunidad, con los amigos de siempre. El Reino es esfuerzo, es compromiso, es lucha. Hay que ponerse del lado de la justicia, de los abandonados. Todo eso es peligroso. Confesar que Jesús es el Mesías no es una pura afirmación teórica y luego la vida sigue como siempre. Implica, involucra, compromete, complicar, envuelve. En definitiva, lía la vida del creyente.

Está claro que Simón Pedro no se había enterado de que iba todo. Quería confesar a Jesús como Mesías pero luego que todo siguiese como siempre: los paseos por Galilea, las comidas en grupo, el jijiji-ajaja habitual. Es el momento en que se escuchan unas de las palabras más fuertes de Jesús en el Evangelio: “Apártate de mí, Satanás.” Seguir a Jesús no es fácil. Hay que estar dispuesto a dejar la tranquilidad del sofá habitual, hay que cargar con la cruz de la injusticia, de los que sufren. Y llevarla hasta dar la vida por el Reino.

Así que el mes termina regular. Empezaba muy bonito y muy romántico y termina trágico. Es que el Reino es para los esforzados y los que creen, con todas las consecuencias, que Jesús es el Mesías.