Entrevista a Raquel Pérez Sanjuán, profesora asociada de Derecho Canónico y directora del Secretariado de la Subcomisión de Universidades de la Conferencia Episcopal Española.

Resulta llamativo encontrar a una mujer al frente del secretariado de un departamento de la Conferencia Episcopal Española. ¿Cómo te sientes en medio de un mundo tan marcado por el liderazgo clerical y masculino?

Bueno, lo primero decir que no somos tan pocas; ya desde hace varios años hay mujeres al frente de varios de los secretariados y oficinas de la CEE. La verdad, es una suerte poder trabajar en un lugar que permite una mirada amplia de la Iglesia en España. En cuanto al liderazgo, no creo que sea muy distinto a lo que se vive en otros ámbitos laborales, donde también es predominantemente masculino en este tipo de tareas. Respecto al carácter clerical, tratándose de la Conferencia Episcopal, es lógico que así sea, en cuanto que quien ha de tomar en última instancia las decisiones son los obispos. Sin embargo, al menos es mi experiencia, sí que hay una escucha de las propuestas que se hacen desde los secretariados, y se tienen en cuenta.

¿Cuáles son las principales resistencias que debe vencer la mujer hoy para poder ejercer un papel de pleno derecho en la vida de la Iglesia?

Tal vez la mujer se encuentre ante las mismas resistencias que cualquier laico, resistencias que provienen de lo que el papa Francisco ha venido a denunciar como “clericalismo”. Desde el Concilio Vaticano II la Iglesia tiene clara conciencia de los derechos de los laicos, los cuales están incluso recogidos en un elenco, junto a los correlativos deberes, en el derecho universal (al inicio del libro II del Código de Derecho Canónico 1983). Sin embargo, es el ejercicio real lo que plantea más problema. Aparte del ya mencionado “clericalismo” que, en algún caso puede estar de fondo, me parece que concurren también otro tipo de factores que pueden dificultar el que laicos sean llamados a realizar determinadas tareas intraeclesiales, como el derecho a una retribución conveniente o la falta de la formación específica exigible para determinados oficios eclesiásticos. Aun así, no me parece que se deba priorizar el encomendar a los laicos el desarrollo de su labor profesional al interior de la Iglesia. Y, a la vez, sí creo que debería invitarse más a menudo a ejercer ciertos oficios eclesiásticos a laicos que están preparados para ello: jueces eclesiásticos, docentes en Facultades de Teología e Institutos de Ciencias Religiosas, etc.

Se ha destacado recientemente la participación de mujeres como consultoras de la Secretaría General en la última reunión del Sínodo de los Obispos. El documento final de este afirma que «es necesario que la mujer asuma con mayor fuerza su liderazgo en el seno de la Iglesia, y que esta lo reconozca y promueva reforzando su participación en los consejos pastorales de parroquias y diócesis, o incluso en instancias de gobierno». ¿Qué pasos se están dando en ese sentido?

Ya en varias asambleas generales del Sínodo de los Obispos han participado con anterioridad mujeres como invitadas, bien en virtud de su competencia específica o representando a otras Iglesias o Comunidades eclesiales. En los últimos años se ha incrementado significativamente la presencia de mujeres, fundamentalmente en los dicasterios de la Curia Romana, e incluso en el propio gobierno de la Ciudad del Vaticano. No podemos sin embargo olvidar que, desde hace siglos, las mujeres ejercen verdadero gobierno en el seno de las Órdenes y Congregaciones religiosas y, más recientemente, en las asociaciones de fieles y en instituciones académicas de educación superior. Me parece significativo que, por segundo mandato consecutivo, sea una mujer la Rectora de la Universidad Pontificia de Salamanca, una institución de titularidad de la CEE. Pero sí, al margen de estas presencias significativas, posiblemente por su excepcionalidad, ciertamente hay todo un camino de participación que las mujeres tenemos por hacer en la Iglesia. En este sentido, me viene a la memoria una expresión de San Pedro Poveda: “Aquí no hay uno solo y los demás son comparsa, sino que cada cual tiene su sitio, su deber, su responsabilidad”.

Has afirmado recientemente que la cuestión de fondo no es si las mujeres acceden o no al gobierno de la Iglesia, sino que el problema radica en que el ejercicio del poder en ella se ha configurado asumiendo el modelo de una época como inmutable.

El problema me parece que no es de acceso al gobierno. El problema es “cómo” se ejerce el gobierno y, en última instancia, si ese modelo responde a lo que decimos que queremos vivir. Para perpetuar estilos centrados en el “carrerismo” (como denuncia el papa Francisco) y el poder… no sé si tenemos que empeñarnos mucho las mujeres, ni en la Iglesia ni en la sociedad. Tal vez tendríamos que preguntarnos si hay una continuidad, una coherencia, entre el “qué” y el “cómo” una institución se entiende a sí misma, y por consiguiente, su gobierno. Un modelo jerárquico no tiene por qué ser contradictorio con la participación, con el diálogo, con la descentralización… pero habrá que crear o recrear estructuras que la propicien, foros de participación real que permitan a quienes han de tomar las decisiones tener en cuenta el parecer de todos. Tenemos los instrumentos para avanzar hacia nuevos modelos, creo que es más bien cuestión de ponerse a ello con cierta audacia y creatividad.

¿Cómo se puede vivir la tensión entre un modo de gobernar caracterizado por la dirección jerárquica de los Pastores y la llamada a caminar hacia una Iglesia cada vez más «sinodal» (palabra muy de Francisco), es decir, participativa y corresponsable?

El documento de la Comisión Teológica Internacional sobre la sinodalidad distingue entre el proceso de toma de una decisión –en el que todos estamos llamados a participar-, y la toma de decisión en sí misma, que corresponde a los Pastores, y que habrá de tener en cuenta el proceso recorrido y sus frutos. Además, podemos hacer uso de los diversos modos que existen para la toma de decisiones: desde la consulta, exigible para que la posterior toma de decisión sea válida, a la deliberación o consentimiento con el que debe contar quien ha de tomar la decisión (y que de no tenerlo no puede tomar), a la decisión colegial en la que el voto de todos los miembros del “colegio” (asamblea, consejo, etc.) tiene idéntico valor. Son mecanismos que ya recoge la normativa eclesial en algunos campos, y que se podrían extender a otros. Participar en el proceso de toma de decisiones, en cualquiera de estas formas, corresponsabiliza a todos. En el fondo, me parece, se trata de articular medios para ponernos todos en el proceso de escucha del Espíritu, y que llevará a la toma de una decisión.

¿En qué medida los movimientos laicales de la Iglesia más conectados con la sociedad civil pueden ilustrar buenas prácticas en este sentido?

Contar con grupos de laicos asociados en torno a un carisma me parece que permite una cierta sistematización en la consulta, así como la representatividad en algunos órganos eclesiales, algo que resulta más complejo de hacer si es a nivel individual. Ciertamente no puede dejarse fuera en los procesos participativos a quienes no pertenecen a movimientos o asociaciones pero, sin duda, un cauce que facilita la participación es la convocatoria de entidades que pueden a su vez abrir procesos internos de participación. Una praxis ya seguida en algunos casos por dicasterios de la Curia Romana, las Conferencias Episcopales y las diócesis es invitar a estos movimientos para recabar el parecer y/o la representación de los laicos. De todas formas, sí que quedaría pendiente buscar o crear esos espacios donde quienes no están asociados puedan también hacer oír su voz. Por ejemplo, la reciente normativa del Sínodo de los Obispos prevé una participación directa cuando, en relación a los temas que aborda cada Sínodo, establece que “permanece íntegro el derecho de los fieles, singularmente o asociados, de enviar directamente su aportación a la Secretaría General del Sínodo” ¡Es algo realmente novedoso!

¿Qué claves caracterizan, a tu juicio, el estilo propio de liderazgo que la mujer está llamada a desempeñar en la Iglesia?

Me parece que las mujeres tienen largos siglos de experiencia de gestión de los denominados «espacios privados», como la familia y/o el hogar, que han exigido desarrollar habilidades colaborativas más que competitivas, y aprender a buscar soluciones prácticas y concretas a situaciones muchas veces difíciles y complejas. Esto, que se ha traducido en una mayor facilidad para generar redes y establecer diversos tipos de vínculos de apoyo y de cooperación, puede ser un gran potencial en el ejercicio del liderazgo. Pero bueno, no creo que debamos empeñarnos en definir ese «genio femenino». Se trata, más bien, de que varones y mujeres aprendamos a ejercer en la Iglesia nuevos liderazgos -como propone la Const. Ap. Veritatis gaudium– que sean significativos para el hoy de la Iglesia y de la sociedad.