Vamos a quitar las capas de pintura que la historia ha ido pegando sobre Santiago. Aunque este artículo se dedica habitualmente a comentar los evangelios de los domingos, me van a permitir que este mes me centre en su fiesta principal: Santiago Apóstol.

El 25 de julio se celebra el apóstol Santiago. Es fiesta en toda España, fiesta patria.
Dice la tradición que en un momento de desánimo de las mesnadas cristianas en su lucha de reconquista contra los musulmanes y musulmanas que habían ocupado España (o lo que fuese este territorio en aquella época), fueron ayudados por el apóstol Santiago que, como un caballero en su caballo, se lanzó hacia las filas moras haciéndolas retroceder. Y luego está la otra tradición, la de que Santiago llegó en sus rutas evangelizadoras hasta España, que tuvo mala suerte al principio pero que, después de la aparición de la Virgen (el Pilar), conquistó el alma y el corazón de quienes habitaban aquellas tierras, hoy nuestras. Y todavía la otra tradición, la de que milagrosamente el cuerpo de Santiago llegó en una barquilla desde la lejana Judea hasta las costas de Galicia (¡vaya viaje!), que se perdió su huella, pero que se reencontró también milagrosamente en el Campus Stellae, la actual Compostela.

Son muchas tradiciones. No hay pruebas. A veces han sido utilizadas políticamente. Eso hace que algunas personas rechacen esta fiesta. Pero hay que volver a los orígenes. Santiago fue un apóstol. La realidad es que, salvo un poco de Pedro y un poco más de Pablo, sabemos poco de lo que pasó con el grupo inicial de los discípulos de Jesús. Sí sabemos que fueron enviados a predicar el Evangelio. Y que luego cada país pretendió ser descendiente directo de uno de ellos. La prueba: tener su sepultura.

Pero vamos a dejarnos de esas cosas. Basta con que escuchemos, sin prejuicios de ningún tipo, el texto del Evangelio que nos propone la liturgia para este día. Sobre todo el final: “Sabéis que los jefes de los pueblos los tiranizan y que los grandes los oprimen. No será así entre vosotros: el que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor y el que quiera ser primero entre vosotros, que sea vuestro esclavo. Igual que el Hijo del hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por muchos”. Son palabras de Jesús. Nos dice cómo tenemos que estar entre los hermanos y hermanas. Y se pone de modelo: no ha venido para que le sirvan sino para servir. Hasta entregar la vida.

Así que vamos a quitar las capas de pintura que la historia ha ido pegando sobre Santiago. Y vamos a reconocer que no es modelo en lo de “matamoros” sino en ser servidor de la fraternidad y transmisor del mensaje del Reino. Para la comunidad cristiana que vive en España es un buen modelo. Si lo hubiésemos tenido más presente en este sentido, quizá nos habría ido mejor en nuestra historia.