Participaba el pasado 25 de marzo, en una conversación virtual organizada por la Red Española para el Desarrollo Sostenible (REDS), el Centro de Innovación en Tecnología para el Desarrollo Humano de la Universidad Politécnica de Madrid (itdUPM) y Instituto de Salud Global de Barcelona (ISGlobal), sobre cómo debe ser el día después de conseguir doblegar la pandemia del COV-19. Un diálogo que concitó a más de 1.000 personas conectadas para tratar de imaginar el mundo que debe aflorar después del miedo y la incertidumbre, alejado de la posiciones autárquicas, totalitarias y de atropello de las libertades civiles e instituciones democráticas.

El presente está revelando, que ante el confinamiento, la gente ha recuperado el mapa de los afectos. Queremos ver y oír a amigos y familia, aunque sea a través de tecnología. Nos acordamos y recontactamos con personas que han sido importantes en distintos momentos de nuestras vidas profesionales o personales. Tratamos de empatizar y consolar a amistades que han perdido a familiares directos sin poder velarlos ni despedirse. Salimos al balcón cada día como una cita ineludible de relación de covecindad, unidos por la misión del aplauso social. Socializamos el temor y ritualizamos momentos para la cooperación: compras para la cuarentena, información sobre mercados y farmacias… Es la necesidad de terapia grupal diaria como una válvula psicológica efectiva. En mi edificio además los vecinos del patio, que apenas cruzábamos palabras de cortesía antes, cada sábado, tomamos el vermú (cada uno desde su balcón o ventana ni que decir tiene).

Por eso que es interesante el ejercicio que esas organizaciones de la sociedad civil nos planteaban de poder imaginar el mañana, el día después, que firmaban en una tribuna en El País, Gonzalo Fanjul, Leire Pajín y Carlos Mataix. En lo que coinciden es en que si queremos construir un futuro común y sostenible debemos sacar de estas duras lecciones una oportunidad. No podemos dejar de ser una ciudadanía exigente que permita la pandemia como coartada y que el “estado de alerta y excepción” se convierta en lo normal, en lo socialmente aceptado. El miedo no puede ser más abono para la desafección democrática ya acumulada tras la Gran Recesión. Esta prolongada depresión emocional y material, como lo denomina Mª Antonia Sánchez-Vallejo, no puede servir para impudicia de los totalitarios.

Es la hora de sumar fuerzas para demandar el día después que se aleje la tormenta perfecta del autoritarismo, como lo denomina el profesor de Sociología de la UCM, César Renduelles. El sociólogo inquiere en su reflexión algo que me parece muy oportuno plantearse en pleno pico de la curva de contagios (ya que el Estado social, democrático y de derecho, tiene que ser de máximos en situaciones de excepcionalidad), ¿qué ocurrirá cuando se levante el confinamiento y la catástrofe económica y social reactive las protestas sociales? ¿Continuarán las metáforas bélicas para exhortarnos a acatar decisiones gubernamentales?

Aprovechemos la cohesión social que ha aflorado pero sin caer en la coacción social. Esta sociedad civil que debe reactivar la alerta para conseguir que nadie se quede atrás, sin renunciar a más transparencias, más verdadera democracia, más contrapesos y redistribuciones, más prensa encargada del contrapoder desde la honestidad y alejada del sensacionalismo y las noticias falsas. Es momento para un cambio verdadero de paradigma pero que refuerza el papel de la ciudadanía global, de instrumentos de participación y control a los poderosos, los derechos humanos y civiles como tesoro, la cohesión, la sostenibilidad y equilibrio de todos los sistemas y la economía la servicio del ser humano. Veamos si no cómo la naturaleza se ha restaurado en las pocas semanas, que obligados, redujimos las emisiones al calentamiento global y la mortífera contaminación. Para conseguir reactivar y que perdure la solidaridad humana es imprescindible confiar en la ciencia, en las instituciones y en la prensa libre. Precisamente el inmediato objeto de crítica y socavamiento por los fascismos.

El riesgo a aprovechar esas oportunidades, es formidable, y como dice Harari, en una crisis de esta dimensión, hay poderes y corporaciones que tratarán de legitimar la vigilancia y el control para hacer realidad distopías recogidas obras de Orwel, Huxley o Bradbury. No es de recibo que algunos anhelen y propongan el modelo chino como el más efectivo, con tecnología de vigilancia masiva, como los smartphones en los que recogían datos de temperatura y seguimiento, escáneres biométricos y toda suerte de datos al servicio de poderes fácticos (empresas y dictaduras), para los que la democracia es un estorbo.

Las muertes por coronavirus ahora generan duelo y son muy procupantes, pero como dice mi amigo José Mª Medina, director de la ONGD Prosalus, ¿acaso las 400.000 muertes por Malaria en África el pasado año no nos conmueven? Oportunidad es presionar para el que día después no deje a nadie atrás. Que invirtamos en servicios esenciales públicos como la Sanidad, Educación, Dependencia, Mayores, sin criterios economicistas que desprecian a las personas. Que los desplazados, migrantes, asilados no sean discriminados por su origen, nacionalidad o nivel de renta, aprovechemos esas movilidades para regularizar a gente con grandes capacidades y formación. Que logremos impulsar lo procesos de paz, justicia y gobernanza, teniendo en cuenta a los marginados, empoderando a las mujeres y las niñas, las minorías, los pueblos, las personas con discapacidad y los LGTBQ+.