“Viene la Magdalena, por el sendero,
hay una tumba abierta y un jardinero.
Alguien dice su nombre, la Magdalena
Siente que se terminan todas sus penas.”

Por Teresa Casillas

Es domingo por la mañana en Jerusalén. Todos acababan de celebrar la fiesta grande de la Pascua. Podríamos decir que estaban de “resaca”. ¿Qué hacías tú allí, María Magdalena, en el sepulcro? Ocuparte de un amigo necesitado… Tan necesitado que estaba muerto. Fuiste a arreglar su cuerpo sin vida, a arreglar su tumba. El texto describe algunas de tus preocupaciones: ¿quién nos quitará la piedra de la puerta? ¿podremos solas? ¿seremos suficientemente fuertes para moverla? Pero yo también imagino otras: ¿como embellecer el lugar donde yace mi amigo? El mejor perfume para su cuerpo, para llenar este lugar de muerte con aromas de Vida, de alegría, de plenitud. Las mejores flores para la entrada del sepulcro, para que la primavera que llega se haga presente en este lugar y lo llene de belleza, para que sepa lo que lo amaste y le recuerde que la esperanza todavía brilla en tu corazón.

María Magdalena entrando al sepulcro dibujada por el ilustrador argentino Gustavo Daguerre
María Magdalena entrando al sepulcro dibujada por el ilustrador argentino Gustavo Daguerre

Cuidar de la vida, y también de la muerte… Tarea de mujeres en tu tiempo y hoy. Por eso la vida te encontró a ti la primera. Por eso se te anunció a ti, y no a otro, que la muerte no tiene la única palabra. Porque estabas allí a primera hora de la mañana, para cuidar con ternura. Que fácil es hacerte presente hoy en tantas médicos, enfermeras, auxiliares, limpiadoras de hospitales, cuidadoras de ancianos… mujeres, y también hombres, que entregan su ternura y su solidaridad para cuidar, para regar la vida que a veces se apaga en estos tiempos difíciles. En ellas y ellos se está haciendo presente Jesús, anunciando que la vida no termina, que la muerte no es la vencedora.

Allí, al sepulcro, llegaron, según nos cuenta la Palabra de hoy, Pedro y Juan avisados por ti. Llegaron corriendo. No sé si los que recogieron el hecho entendieron bien el mensaje de Jesús, cuando la última cena se puso al servicio, lavando los pies y eliminando toda jerarquía. En el texto del Evangelio gastan un poco de letra describiendo quién corría más de prisa, quién se quedó en la puerta, quien tuvo el valor de entrar… ¿Será eso lo importante? No lo sé Magdalena… La tentación de lo visible sigue acechándonos en medio de estos tiempos de “semillas que germinan en lo secreto de la tierra”. El texto dice que Pedro y Juan creyeron y volvieron a su casa. Tú te entretuviste un rato llorando la pena. El dolor por la incertidumbre, la ausencia del Amigo, la perplejidad… Y entonces, allí se presentó, vivo, esperándote, nombrándote. Te reconociste y lo reconociste cuando te llamó por tu nombre: María. La vida que se hace presente en lo que somos cada una y cada uno. No en el ideal que soñamos ser, ni en el “debería”, sino en lo más íntimo y esencial de lo que somos. Otra vez se me viene a la cabeza la multitud de personas que hoy cuidan la vida titilante en camas de hospitales, en centros de acogida, en casas solitarias… Las y los que en estos días conviven con el sufrimiento, la muerte, el dolor, tal vez la decepción… ¿Se sentirán nombradas con el amor infinito de Dios Padre-Madre? Eso pienso cuando aplaudo a las 8 cada tarde: digo los nombres a mis amigas y amigos más cercanos y lejanos y los pongo en el abrazo del Dios Vivo. Ojalá te experimenten sitiándose enviadas, llamadas, sostenidas.

Porque, sigo leyendo y ahí estás, María Magdalena, en salida: Jesús te invita a “no retenerlo”, a comunicarlo, a compartirlo, a anunciar la alegría de que la muerte no ha tenido la última palabra. La Esperanza no desfallece porque Jesús sigue presente en medio de la comunidad. Y ahí vas, ¡a contarlo! María Magdalena, portadora de la Buena Noticia. Estos días muchas personas han sido para mí Magdalenas que han sostenido mi esperanza, mi fe en que la muerte no tiene la última palabra. Tengo escritos sus nombres en mi corazón. Solo por poner algunos ejemplos:

Altar doméstico en tiempos de confinamiento. Foto: Revuelta Mujeres en la Iglesia
Altar doméstico en tiempo de confinamiento. Foto: Revuelta Mujeres Iglesia
  • Una amiga, testimonio vivo de resistencia, lucha y alegría, me manda sus audios de canciones cantadas por ella misma
  • Otra amiga me manda un audio sobre la distancia y el amor, con inspiradoras frases de Simone Weil y Etty Hillesum
  • Unas monjas han abierto la intimidad de su comunidad y han sido polo de paz, de liberación y de encuentro con la Ruah
  • Mi comunidad cristiana, cuya amistad, cercanía y fraternidad experimento como presencia misteriosamente cercana en momentos de dolor
  • El dolor compartido, tan universal, me une con hermanos y amigos de Latinoamérica de forma que jamás había imaginado
  • La belleza que se hace presente en el silencio de un Madrid vacío de personas, en el que la vida bulle dentro de las casas y una fina lluvia empapa la tierra
  • Los nombres de cada vecina y vecino mirándonos con afecto en los aplausos de las ocho
  • Las personas que nos recuerdan a través de redes de solidaridad que siempre hay alguien más vulnerables a quien dar una mano
  • La presencia misteriosa de los que nos han dejado
  • Incluso el miedo de algunas personas que desconfían y vigilan a sus propios vecinos erigiéndose en policías, me hace pensar y me invita a cultivar la confianza
  • Las personas que nos sensibilizan invitándonos a preguntarnos ¿en qué mundo queremos vivir cuando pase el virus?

Estos días he tenido tristezas, como muchos. Miedos, como casi todos. Estos días me ha preocupado la soledad de familiares, el agotamiento de amigas y amigos sanitarios,  la desigualdad con la que se enfrentan a los retos educativos niños y jóvenes sin colegio en tantos lugares del mundo, la falta de trabajo y comida de muchas personas que viven al día, la situación ya antes tan dolorosa de personas en campos de refugiados y en asentamientos, en cárceles y centros de internamiento, la situación de quienes tienen que vivir el confinamiento en una chabola sin agua y ni comunicación. Mi dolor ha ido dando paso al deseo urgente de un mundo mejor. Esta Pascua que estamos viviendo es una invitación a cuidar la vida. A cambiar las prioridades y ser más hermanas y hermanos entre todos los seres humanos y con nuestra casa común. Como tú, María de Magdalá, quisiera salir corriendo a ser portadora de la gran noticia de que la vida ha vencido a la muerte. Quisiera ser portadora de ánimo, solidaridad, acogida, esperanza, sanación… portadora de resurrección.