Un buen amigo en común me contó hace tiempo que, cuando le llegó la noticia de que lo iban a nombrar obispo, Antonio Algora le preguntó al cardenal Tarancón: “Don Vicente, y a mí, ¿por qué me hacen obispo?”, a lo que el cardenal respondió entre risas: “¡Ay, hijo mío! porque no te conocen….

Don Antonio Algora acompañando a los movimientos especializados de Acción Católica

La anécdota me parece una descripción preciosa y acertada del tipo de sacerdote y de persona que ha sido. En efecto, don Antonio tenía muy poco de la hechura de ese episcopado autocrático y con amnesia del Concilio Vaticano II que, durante muchos años, ha campado a sus anchas dirigiendo nuestra Iglesia, y mucho del “pastor con olor a oveja” del que habla continuamente Francisco. Parece ser que, cuando lo hicieron obispo de Teruel, sustituyó el báculo habitual del cargo por otro de madera. Todo un gesto de sencillez que se anticipaba, por muchos años, al pontificado de Bergoglio.

Durante mi etapa en el Equipo Permanente de la JEC y los años que llevo viviendo en Madrid, he coincidido con él en muchas ocasiones (con ternura recuerdo la celebración de su 75 aniversario en el Seminario de Ciudad Real, hace cinco años, en un encuentro de la pastoral juvenil). Especialmente vinculado a la pastoral obrera y la pastoral del trabajo, y padre espiritual de movimientos como Hermandades del Trabajo, HOAC y JOC, no le ha temblado la voz para defender, hacia el interior de la Iglesia, y con muchos vientos en contra, la labor que los movimientos especializados de Acción Católica venimos décadas realizando en los espacios de la vida social y política, tantas veces puesta en entredicho por la propia jerarquía eclesiástica. Antonio estaba convencido de que la nuestra es una mediación necesaria y la expresión de una Iglesia que se mancha las manos en la militancia por el Reino de Dios en los ambientes y en favor de los empobrecidos.

Decía un compañero nuestro hace una semana que a Antonio le gustaba hablar del papa Francisco como una “lluvia fina”. Desde su retirada, nos seguía acompañando de manera silenciosa pero siempre fiel, aportando su voz serena, aunque firme, en reuniones, eucaristías y actos conmemorativos. En el 50 aniversario de la muerte de Joseph Cardijn, el fundador de la JOC, defendió la necesidad de actualización del “pacto social” en nuestro país, y volvió a animar y reconocer la tarea de quienes, desde nuestra debilidad y pobres recursos, intentamos subvertir las dinámicas de un sistema inhumano a través de nuestro compromiso para transformar las estructuras y acompañar a quienes siempre quedan en las cunetas. Antonio era “lluvia fina de Dios”.

Ayer partiste a la Casa del Padre y agrandas todavía más la orfandad de referentes en que nos sume esta maldita crisis: un mundo desorientado que nos deja la responsabilidad, a los que nos quedamos, de continuar el legado de los que nos ayudasteis a marcar el rumbo.

Descansa en paz.