La cárcel de Navalcarnero tuvo un rey Baltasar muy especial. Como todos los años, nos hemos reunido en la cárcel de Navalcarnero en un día de familia y de esperanza para celebrar la fiesta de los reyes con los hijos de los muchachos que allí se encuentran presos. Ha sido un día muy especial de encuentro, de fraternidad y, sobre todo, de esperanza: de esperanza familiar porque, como nos decía Monasa, un muchacho somalí que sabe mucho de familia y de entrega, “esto ha sido una familia”.

Monasa descubrió este 29 de diciembre su familia en la cárcel de Navalcarnero. Un hombre con su familia desperdigada por la guerra, machacada por la fuerza de la violencia en un país donde, nos decía, “no hay de nada”, descubrió que en la cárcel donde cumple condena se puede vivir la experiencia de familia. Este hombre, alto, delgado, con una mirada que respira tristeza y nostalgia por la separación de sus hijos y por los asesinatos de muchos miembros de su familia, accedió enseguida a hacer de rey mago, “de Baltasar”, porque es de raza negra y seguro que cuando ponía en sus rodillas a muchos de esos niños, estaba también pensando en sus hijos, pero fue capaz de crear ilusión y esperanza en esos otros niños de compañeros que cumplían también con él condena.

Nos reunimos con más de cuarenta niños, hijos de los internos, que fueron con sus madres o con sus abuelas a visitar a sus padres; primero -y tras pasar todos los controles de seguridad- los niños fueron con sus madres hacia el polideportivo, que habían decorado por la mañana los padres, madres y personas voluntarias con cadenetas y las piñatas; el encuentro de los niños con los padres fue especialmente tierno, los niños llenos de emoción corrían a abrazar a sus padres y luego estuvieron jugando y merendando chocolate con roscón que los muchachos de la cocina de la cárcel también habían preparado con todo cariño.

Tras los juegos y la merienda, pasamos al salón de actos. Allí estaba nuestro payaso, un voluntario que hace de payaso en sus ratos libres y que cada año nos hace pasar un rato divertido; como siempre, llamó la atención la inocencia y espontaneidad de los niños. Después, el momento esperado: la llegada de los reyes magos de oriente, con sus respectivos pajes. Hicieron su entrada solemne por el pasillo central; se les iba nombrando y acudían ante los reyes los niños con los padres para recibir los regalos. Fue todo muy emocionante y especialmente tierno.

Pasadas las siete y media, el momento peor de la tarde: la despedida. Muchos mirábamos a otro lado, incluso una trabajadora social me confesó que no pudo resistir y se le escaparon algunas lágrimas, era como si se arrancara a los padres algo tan preciado como son sus hijos… Abrazos, lágrimas pero, a la vez, la ilusión y la esperanza de haber pasado una tarde muy especial en familia. El corazón se nos encogía a todos al ver la escena de la despedida.

Después de marcharse las familias, nuestros muchachos tuvieron que volver a los módulos para cenar y seguir la vida normal. De despedida a todos nosotros, una palabra: gracias, gracias por el día, por el encuentro, por haber hecho posible ese momento. Con el corazón en un puño y con la emoción contenida y, por supuesto, las lágrimas en más de uno, nos fuimos también nosotros marchando. Hacia las 20h salíamos de la cárcel todos los voluntarios. Había sido un día duro, de cansancio y emociones, de compromiso y, sobre todo, de Dios, de familia, de Evangelio. La familia de Navalcarnero nos reunimos el 29 de diciembre en la cárcel, lo que ya casi es nuestro hogar, donde compartimos eucaristías, enfados, llantos, sufrimientos, alegrías… Nos reunimos para celebrar que la familia es sentirse unido y quererse.

Mucha distancia de Belén a Navalcarnero pero mucha cercanía desde el corazón; el pesebre había sido ese día la cárcel de Navalcarnero donde todos habíamos adorado al niños Jesús en cada niño de los presos y en cada corazón de los que estábamos allí. Ojalá que voluntarios, presos, familias y trabajadores de la cárcel consigamos hacer cada día más humano aquel sitio de horror que, igual que un día se ha transformado en el mejor palacio, pueda también transformarse todos los días, si cada uno nos empeñamos en llenarlo de ternura y de fraternidad.

*Francisco Javier Sánchez González es el capellán de cárcel de Navalcarnero y párroco de la Sagrada Familia en Fuenlabrada (Madrid)