Foto. Dorothy Stang Center.Ahora también la «teología de la creación» –aparecida recientemente en el índice de los estudios sagrados– tiene su primera víctima testimonial, como la define Valentino Salvoldi en su libro Prima martire del creato (Ed. Paoline), reconstrucción medio biográfica medio reflexiva de la vida de la hermana Dorothy Stang. La religiosa estadounidense, que habría cumplido 80 años este año, fue asesinada a manos de sicarios (pagados por algunos latifundistas) el 12 de febrero del 2005 en Speranza, Estado del Pará, en el Brasil profundo.

El asesinato volvió a encender los reflectores sobre la plaga de la deforestación en la Amazonía, en particular por sus efectos devastadores respecto a las poblaciones indígenas. Aún hoy el obispo de Xingú, dom Erwin Krautler (de quien Dorothy fue amiga y colaboradora), vive con escolta por su oposición a proyectos de explotación ambiental. El Pará, región donde trabajó la hermana, es reconocido como uno de los estados brasileños con mayor violencia contra los campesinos indefensos y de mayor impunidad de los violentos: el 40% de los 1.237 homicidios de trabajadores rurales en Brasil entre el 1985 y el 2001 se ha dado en esta zona; de estos 521 asesinatos, sólo trece han tenido un responsable condenado en tribunal.

La hermana Stang prevé su martirio. Había recibido advertencias durante los años en los que actuó en defensa de los campesinos amenazados por los hacendados, en el conflicto por la tierra. La primera amenaza es del 5 agosto de 1970: Dorothy trabajaba en Coroatá cuando un comando de hombres armados irrumpió en el centro parroquial amenazando a las hermanas que reunían a la gente para educarlas en sus derechos. En noviembre de 1987, en una carta expresa un presentimiento interior: “Nuestra situación aquí empeora día a día: los ricos multiplican sus planes para exterminar a los pobres, reduciéndolos a pasar hambre. Pero Dios es bueno con su pueblo”.

En el 2002 manda un mensaje explícito a sus amigos, a continuación el alcalde de Anapu, su última destinación misionera, sale con “tenemos que deshacernos de esta mujer si queremos vivir en paz”, “Sé que quieren matarme pero yo no me voy. Mi lugar está aquí, con esta gente continuamente humillada por los que se consideran poderosos”. Última, profética señal: en el 2004 –año antes de ser asesinada– la hermana Dorothy recibe la «Medalla de Chico Mendes» por parte de la Organización brasileña de los abogados por los derechos humanos. Casi como para reconocerla heredera -y trágicamente lo fue- del sindicalista, defensor de los últimos, asesinado en el 1988.

Pero ¿por qué considerar «mártir» a esta monja americana? Todo está en una frase que Dorothy dice a Ivan, un campesino que la acompañaba al encuentro con su destino, en Speranza, aquel febrero de hace seis años. Palabras que se sobreponen a las de otro gran testigo de la fe, Massimiliano Kolbe, el mártir de Auschwitz. La religiosa dijo: “Si hoy debe ocurrir algo grave, que me ocurra a mí y no a otros que tienen una familia.”.