La más rancia y ortodoxa doctrina sostiene que el santo no nace, sino que se hace, pero Tidad ya nació con el adjetivo pegado, como su propio nombre indica; en él, más que apócope era marca genética.
Ante bienaventurado tan fontal, averiguar lo que su propio nombre indique cae de su peso.

Y, ya que es fontal, vayamos a la fuente. El Diccionario de la Real Academia Española (DRAE), con su habitual concisión, nos encamina a lo obvio: santidad es “cualidad de santo”. Allá que vamos, para enterarnos de que santo significa “perfecto y libre de toda culpa”. ¡Cielos –valga la redundancia-! exclamo: ¡eso no está al alcance de bolsillo humano!
Lo conciso no quita lo prolijo (valga ahora la rima), así que el propio DRAE viene en mi ayuda. Como cualquiera de este mundo sabe, ‘santo’ tiene una larga lista de significados, y el en nº 7 aparece “sagrado, inviolable”. O sea, respiro, cualquier ser humano; para volver a sobresaltarme: ¿qué le queda entonces de propio a Tidad?

El propio sobresalto lanza mi pupila a la 8ª acepción: “Dicho de una cosa: Que trae al hombre (la Academia siempre tan sensible al tema del género) especial provecho”; descripción que aviva la sospecha de las inmensas posibilidades que encierra de hacer negocio (una cosa tan fea que hasta tiene nombre: “simonía”).

Tras resbalar por lo que queda de lista y tener un tropiezo en el 16 “coloq. esposa (mujer casada)”, decido huir de este coloquio y cambiar de catálogo. El diccionario de D. Julio Casares desvela que, junto al elenco académico, también “dícese del ladrillo que resulta parcialmente vitrificado”. Que este diccionario se llame “ideológico” no debe inducirnos a sacar conclusiones precipitadas ni jocosas, por más que den ganas (que dan).

A estas alturas, sólo se me ocurre encomendarme a Wittgenstein (“los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo”) y plantarme, perpleja, ante lo que vengo haciendo hace un par de años.
Puesto que, como dijo el que miraba la médula de la realidad, “de lo que no se puede hablar, hay que callar”, con éste me despido de los altares (en la medida que mi nombre me lo permite).