Barcelona, otoño 2013. Democracia es gobierno del pueblo; o sea, que el pueblo manda. Democracia representativa significa gobierno del pueblo; es decir, que el gobierno, los órganos que organizan y ejecutan, pertenecen al pueblo y sus decisiones responden a las necesidades y prioridades del pueblo.

En principio, así deberían ir las cosas, pero, ¿y si el Gobierno confunde derechos con mercancías, si reparte tortas en vez de panes, si invade decisiones privadas de la gente en lugar de garantizar libertades públicas, si usa servicios públicos para enriquecer manos privadas, si prostituye la legitimidad que le dio el pueblo convirtiéndose en la mano ejecutora de poderes ilegítimos? Pues pasa que la representatividad se trasviste en representación teatral, engaño, ficción, comedia que no produce catarsis, sino cabreo.

Sus prioridades no son las nuestras y así lo gritan hasta las paredes, con concisión y claridad que no admite exégesis. Hay que ver cómo fastidia, pero a veces es imprescindible recordar lo evidente. A ver si se enteran.